08 de noviembre de 2012
08.11.2012

Cuando la peste llamó a las puertas de A Coruña

El auge del comercio marítimo a principios del siglo XIX, que impulsó el rápido crecimiento de la ciudad, trajo consigo el reto de enfrentarse a las grandes epidemias que azotaban el planeta

09.11.2012 | 04:49
Cuando la peste llamó a las puertas de A Coruña

Llevaba tres décadas A Coruña hecha una liebre del desarrollo económico. Una señora ciudad de quince mil habitantes. El punto de partida fueron los Correos Marítimos, una gracia de Carlos III (1764) que otorgaba en exclusiva al puerto coruñés las líneas a La Habana, Montevideo y Buenos Aires. Luego vendría (1778) otro premio gordo: ser una de las 13 ciudades costeras con patente de libre comercio. Con el Real Consulado de Comercio (1785), la ciudad entró en la era de Jauja: al abrigo de sus fondos económicos, nacen plantaciones industriales de lino, cáñamo y moreras y se impulsa la industria textil; se amplían las instalaciones portuarias y se financian fábricas de salazón; se promueven escuelas de náutica, de artesanía y hasta academias de francés e inglés. Los comerciantes locales se hacen armadores o consignatarios. Abren tienda sombrereros franceses, tejedores holandeses, confiteros noruegos, sastres italianos y ex arrieros maragatos se especializan en productos coloniales y ultramarinos. Había trabajo y salarios: en los Correos Marítimos -mil tripulantes-, en las fábricas de hilo, de manteles y de "sombreros finos" -157 obreros, 45 aprendices y 20 maestros franceses-, en Aduanas, Hacienda y Audiencia. Consumidores todos de una incesante demanda de productos agrícolas y pesqueros. Y se desboca la hostelería y el ocio.


En 1793, el Rey concede a la Congregación de los Dolores el fruto íntegro del arrendamiento -a una compañía italiana- del Coliseo Municipal de Comedias y la cuarta parte del precio de cada entrada. La Congregación, que está construyendo un Hospital de Caridad, con piezas para partos secretos e Inclusa de expósitos, intuía que "aun siendo corto el arriendo de la Casa de Comedias, el de un cuarto por persona puede ser de consideración, por el aumento que va tomando la ciudad con el establecimiento del Consulado y por ser un puerto donde continuamente desembarcan gentes de todas las Naciones que, fatigadas del viaje, desean a su descanso alguna recreación y la que toman siempre son las públicas, por lo que nunca faltarán a la Casa de Comedias". Bien cierto era: de Rusia, Suecia, Dinamarca, Prusia, Holanda, Irlanda, Gran Bretaña, Francia, Portugal, Senegal, Orán, Egipto, Grecia, Italia y Estados Unidos. Venían a bordo de bergantines, fragatas, goletas y queches, para descargar sal, trigo, maíz, harina, arroz, azúcar, cacao, tabaco, aceite, carnes saladas, bacalao, queso, vino, aguardiente, cuero, tejidos, lencería, lino algodón en rama y vidrio.

Negra sombra

Con esta apoteosis de gentes y géneros viajaba, también, la peste. Los representantes consulares de la Corona transmitían mensajes para ser leídos con guantes. Propagación por el Rif de peste "de la clase más maligna, pues al que toca no le deja vida sino por pocas horas". Fiebre amarilla en Filadelfia, en Norfolk, en Nueva York. Epidemia en Charleston y Savanna. Peligro de contagio en las colonias francesas. Fiebre pútrida en Suecia. Peste en Corinto. "Se avisa de fiebre amarilla en Alejandría y del peligro que se haga endémica por la barbarie de aquellas gentes y la ninguna preocupación que tomaron para abortarla".

Cuando la epidemia recorría el Mediterráneo peninsular, desde Barcelona a Cádiz, los ecos de los afligidos resonaban en San Nicolás. La imagen de Nuestra Señora de los Dolores saldrá en rogativa (noviembre de 1800) para "contener el azote de la peste en los Reinos de Andalucía" -siete mil muertos de vómito negro, en Cádiz- y para suplicar (septiembre de 1804) "el cese de las epidemias que padecen varios pueblos vecinos". La Dolorosa salía de San Nicolás, se dirigía por la plaza de San Jorge, Riego de Agua, Puerta Real, calle de Santiago, plaza de la Harina, calle del Príncipe y Santo Domingo hasta Santa María; volvía por Damas, Puerta Real, Franja, Barrera, San Andrés, Rúa Nueva y calle Real para retornar a su capilla privada en San Nicolás. "Concurría tanta gente que, por ser tan larga la procesión, era preciso dividir, en tres coros, los cantores que entonaban la letanía".

A la madre de Dios rogando que de darle al mazo de los azotes y presidio se encargaba el presidente de la Junta de Sanidad, don Antonio de Alcedo, un señor de armas tomar: también era capitán general del Reino de Galicia, mariscal de campo y gobernador de la plaza. Los edictos de 1800, 1801 y 1804 contenían "las medidas que se deben cumplir inviolablemente, para precaverse de las acometidas del funesto brote de enfermedades contagiosas".

Por tierra, el primer control estaba a cargo de una guardia avanzada de tropa, destacada en el Portazgo. La muralla que rodeaba la ciudad solo era franqueable por las puertas de Torre de Abajo, Torre de Arriba, Cantón Grande y Aduana, donde milicias de vecinos examinan con rigor y sin límite personas, efectos y comestibles. Selladas y precintadas estaban las puertas del Parrote, San Miguel, Cantón Pequeño, Caramanchón, Praderas, Pelamios, Orzán, Oza, Pasaje, Santa Lucía, Palloza, Puerto Piojo y Riazor.

"No se permitirá entrar a nadie, venga a pie, a caballo o en carruaje, procedente de provincias contaminadas, aunque traiga pasaporte de buena salud y cuarentena pasada; en el primer caso, sufrirán personas y caballerías una cuarentena rigurosa y en el segundo, guardará una de observación de 15 días. No se franqueará el paso a personas cuyo semblante infunda sospecha alguna. No se permitirá la entrada de mendigos, pordioseros, licenciados de presidio ni a personas sospechosas de falta de oficio que no acrediten la necesidad de su venida a la ciudad".

Los géneros conducidos desde o a través de pueblos contagiados, sufrían fumigación y oreo rigurosos y "solo se limitará a 15 días la ventilación de frutos y líquidos difíciles de contagiarse como son granos, vinos, aceites o jabón".

Caso de no tener buena cara, mejor no acercarse mucho a las puertas. El primer detenido por "semblante sospechoso" aún estará acordándose de la minuta: "por su manutención, su compañero y la caballería, 18 reales. Por un ciento de sarmientos para quemar su equipaje, 14 reales. Al hombre que asistió a la quema de la ropa, 8 reales. A una mujer que prestó los utensilios para templar el agua y vinagre necesarios para el lavatorio y expurgación de este interesado, que rompió una cazuela y una olla, 9 reales. Por el vinagre, 7 reales. Por luces, 16 maravedíes. Por papel para oficios y para cartas, por 4 escribanías incluyendo polvo y plumas, 190 reales. Por los 5 días que estuvieron trabajando dos escribientes, 100 reales. Total, 347 reales". 80 reales al mes cobraban los marineros de los Correos Marítimos.

Por mar, los controles no eran agua de borrajas. A los buques se le exigía Patente de Sanidad, un documento con el que las autoridades del puerto de procedencia certificaban que "este pueblo y toda su comarca se hallan libres de peste y mal alguno contagioso". Aun con patente de sanidad limpia, "a cualquier embarcación que proceda de países infestados -o que hubiese tenido roce con personas de ellos-, se le impondrá cuarentena de 40 días, excepto si se le hubiese habilitado en algún puerto de España; de haber sido admitida en reinos extranjeros, se le visitará con escrupulosidad y se le detendrá lo menos 15 días. A todo buque que no traiga Patente de Sanidad, aunque no proceda de los países infestados, se le impondrá cuarentena de 20 días. Si hubiese defecto del número de tripulantes o de pasajeros declarados en la Carta de Sanidad, no se admitirá a libre plática y comercio hasta averiguar si la muerte fue por enfermedad contagiosa".

"Para suministrar víveres y demás auxilios a los cuarentenarios, se pondrá todo en el bote de la embarcación, que estará amarrado al ancla. Se rociará antes su borda con vinagre y no se recibirán cestas, vasijas o cosa equivalente, ni entrará en el bote persona alguna de la embarcación. Dichos socorros los satisfará el consignatario y, si no lo hay, el capitán, recibiéndose el dinero dentro de una vasija con vinagre. No será admitido ningún buque que arribe en estado de epidemia, obligándosele por la fuerza, si fuese necesaria, a que tome otro rumbo, pero antes se le facilitarán los auxilios que haya menester, poniéndose los tales socorros en un islote, peñasco o sitio solo, al que concurrirán a recibirlos los individuos del buque contagiado".

"Durante la cuarentena permanecerán el buque, la tripulación y pasajeros separados del roce con las demás embarcaciones y gentes. Se impone irremisible pena de 200 azotes y 10 años de presidio a las personas de los barcos puestos en cuarentena que la quebranten, a los que atraquen a su bordo, a los que los conduzcan a tierra y a los que los encubren y disimulen en ella".

Alivio y refresco

Las cuarentenas eran aceite hirviendo sobre tripulaciones y pasajeros ya bien quemados por las incomodidades de la navegación. Con razones fundadas o con ardides bien tramados, consignatarios, armadores y ministros extranjeros buscaban grietas para ayudarles a pisar cuanto antes tierra firme.

En enero de 1801, a la Junta de Sanidad se le hacía saber que "en reclamación del ministro de los Estados Unidos de América, ha resuelto el Rey que no se impida su salida a ningún buque de aquella nación que quiera irse de nuestros puertos por no querer sujetarse a cuarentena". Comunicación suavizada nueve meses después: "ha resuelto el Rey que la cuarentena impuesta a los buques procedentes de Estados Unidos de América se reduzca a 10 días de observación".

Requintado conocimiento del castellano mostraba Joseph Opitz, vicencónsul de Suecia y Dinamarca, cuando defendía los intereses de una fragata dinamarquesa "procedente de Emden, Holanda, con fardería y víveres para Surinam, con 32 días de navegación, en los que no comunicó con ningún buque; arribó por las averías que padece. Aunque los 12 tripulantes y los 14 pasajeros vienen sanos, se les impuso cuarentena". Al saberse, por averiguaciones del capitán del puerto, que el buque había parlamentado con un barco de guerra inglés -susceptible de padecer enfermedad contagiosa-, así se explicaba el vicecónsul ante la Junta de Sanidad: "aunque a primera vista es notoria contradicción, realmente no lo es, pues por parlamentar entiendo únicamente que se habla a una distancia proporcionada y comunicar es pasar a bordo recíprocamente la tripulación de sus buques o sus efectos".

En marzo de 1804, José Becerra, representante comercial de EEUU, se sacude el polvo de las recriminaciones de la casa armadora de las goletas Richemont y Abigail, reclamando de la Junta de Sanidad "se me dé certificación que acredite el celo y exactitud con que he solicitado el alivio de los infelices americanos que han tenido que hacer cuarentena rigurosa, a fin de ponerme a cubierto de cualquier cargo".

Manuel Díaz Tavanera, armador de la María Pita (había llevado, en noviembre de 1803, a América a los integrantes de la Expedición de la Vacuna,) solicitaba, en enero de 1805, que la corbeta fuese admitida a libre plática, sin guardar cuarentena "lo que proporcionará a la tripulación el alivio y refresco que necesita, después de navegar 76 días en estación tan cruda del invierno y por lo que han sufrido a causa de los temporales y del mal estado del buque".

La visita del médico

Por las investigaciones de J. Pedrido y A. López (en un trabajo para la Fundación Paideia) es posible conocer el protocolo de las visitas que los médicos municipales -Nicolás Tixera López y Vicente Antonio Posse y Roybanes- efectuaban a los barcos.

"Preguntaron si había inconveniente en recibirle la Carta de Sanidad, respondiendo el médico que no lo había, siempre que se verificasen las precauciones correspondientes, a saber: se recogerá a distancia proporcionada y por barlovento, en la vara, caña o tenaza destinada a este fin y que, antes de leerla, se pasará por en vinagre. Que leída la Carta, si se encontrase limpia, el facultativo verificará la visita". "He pasado al costado de la goleta e hice que el capitán mandase poner toda la tripulación a la borda. Les hice pasar de popa a proa saltando y todos lo han ejecutado con agilidad y alegría; de lo que debo colegir gozan de una robustez nada sospechosa".

"Hallándose la Carta de Sanidad certificada por el cónsul en Boston, sin notarse en la tripulación vicio alguno de indisposición y sin haber parlamentado en su travesía con buque alguno, teniendo por suficientes los 8 días que lleva de cuarentena, no se ponga óbice a su admisión".

"Por proceder de país sospechoso, para los cuarentenarios que quieran salir a tierra no me parece impertinente un general lavatorio de sus cuerpos desnudos con agua y vinagre o con ácido muriático dilatado en agua antes de vestirles, en el bote del buque, con ropas nuevas. Para la purificación de las ropas usadas no es desarreglado tres o cuatro fumigaciones con polvos anticontagiosos adicionados en las ropas. Para purificar el navío no se ha encontrado mejor medio que los vapores que resultan de la mezcla del aceite de vitriolo o ácido sulfúrico y del salitre".

"Se hizo entender al capitán, por intérprete, que el cónsul de Estados Unidos facilite almacén para ventilar los géneros. Se colocarán a costa de su dueño en un almacén separado de la población, a la orilla del mar -entre la Palloza y Puente Gaiteira, término de la feligresía de Oza-, en el que subsistirán de 10 a 15 días, abiertos los fardos o cajas en que vengan, expurgándose con la mayor exactitud, de modo sea verdadera ventilación y se asegure no haber el menor riesgo en que se admitan a libre comercio. En la descarga, se ocupó seis tardes y 18 días en el reconocimiento y separación de los quesos buenos y malos y 1 día en su arrojamiento al mar".

El Mexillón de Roybanes

En el estado de permanente alerta sanitaria que vivía A Coruña, "es infinitamente mayor la fuerza que me estrecha a no cometer la más leve omisión en poner en su noticia un acontecimiento del que se pueden recelar graves prejuicios en la salud pública".

En octubre de 1804, el médico municipal Vicente Antonio Posse y Roybanes enviaba, a la Junta de Sanidad, una comunicación de histórica trascendencia. Con 200 años de adelanto sobre su tiempo.

"De quince días a esta parte, se me han quejado varios vecinos que, poco después de haber comido mexillones, se habían sentido acometidos de fuertes dolores en el estómago y vientre, grave congoja interior y un malestar general tan considerable que se creían en el mayor riesgo. Eran tan graves y tan desconocidos los síntomas que se confundieron con envenenamientos y esta equivocación ha preparado la tortura a una infeliz viuda, por la sospecha que le creció de haber envenenado a su marido. Es indubitable que este artículo, que hace una gran parte del alimento ordinario, en la sazón actual contiene alguna circunstancia nociva a la salud. Aunque en el país se pueda tener por desconocida, esta circunstancia no carece de ejemplares en la historia médica. Citaré la disertación Tractatus varii que escribió Paulo Werlhof, médico inglés, de la cual resulta que ni la podredumbre, flacura y falta de sazón de este testáceo, ni el influjo de la luna, ni la disposición particular de quien los come pueden señalarse por causas de esta cualidad venenosa, concluyendo que es inaveriguable por nuestros sentidos. Bajo este dato y el de que acabar por mi cuenta una indagación de esta clase sería una dilación muy expuesta, debo apresurarme en no sustraer al público así la noticia del escollo que los mexillones son para la salud como la de su remedio, que consiste en solicitar el vómito por los medios de beber mucha cantidad de agua tibia, sola o con aceite o de té con leche o leche aguada; irritar las fauces metiendo los dedos o las barbas de una pluma, untadas con aceite, en su gaznate; el uso de solo caldos por algún que otro día y el uso de lavativas para mover el vientre".

En octubre de 2012, desde el Centro Oceanográfico de Vigo consideran que "a aparición deste documento é de interese para a comunidade científica internacional que traballa neste tema pois, que saibamos, é a descripción máis antiga deste tipo de intoxicacións no mundo. Tamén que fale de veleno pois, ata hai moi pouco, moitas das intoxicacións de toxina diarreica atribuíronse a infeccións bacterianas. Ata os anos 80 en Galicia se pensaba que cando uns mexilóns causaban diarrea era por bacterias. A identificación química das toxinas por científicos xaponeses permitiu identificar as causas do síndrome como de intoxicacións e non de infección bacteriana. Mira se este médico estaba adiantado!".

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