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Un Papa grande

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Javier Morán

Benedicto XVI ha sido un Papa grande con un final que le engrandece aún más. El pánico a la renuncia papal ha sido vencida de un tajo por este Pontífice teólogo admirador de la razón griega que se fusionó con la fe cristiana y dio lugar al sistema de pensamiento y creencias que ha moldeado el mundo civilizado.

Pero ya antes de la renuncia comunicada ayer, Joseph Ratzinger había realizado gestos inéditos en la cátedra de Pedro. Por ejemplo, publicar tres libros sobre Jesús de Nazaret apeándose de su condición magisterial y abriendo sus ideas a un debate constructivo con otro teólogos. Por ejemplo, publicando cartas en las que explicaba sus errores de gobierno, por ejemplo, al omitir el peligro andante del obispo cismático y negacionista Willianson. Por ejemplo, al reconocer que había aprobado nombramientos equivocados de obispos. Por ejemplo, admitiendo, aunque fuese levemente, que el preservativo puede tener una función preventiva en determinadas circunstancias.

Pero, ante todo, ha sido un Papa teólogo cuya producción pasada y presente abre los ojos por la limpieza y honestidad de sus escritos.

Tal vez la Iglesia no estaba prepara para este Papa y, desde luego, la curia vaticana, que es una maquinaria inmensa, compleja y trufada de ambiciones, lo estaba mucho menos. Este Papa se va en paz y ahí se queda la máquina indomable.

Ahora mismo se inicia una transición papal en la que es difícil vislumbrar un sucesor. Siempre lo ha sido, pero los malos tragos de Benedicto XVI no hacen sino anunciar que la Iglesia y su puente de mando se insertan y se adentran en un mundo cada vez más difícil de entender y de abarcar. El sucesor de Ratzinger habrá de ser el Papa mejor preparado de todos los tiempos.

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