08 de julio de 2018
08.07.2018
La mirada femenina

Mi primer vuelo

08.07.2018 | 02:04
Mi primer vuelo

Despierto aturdida. El sueño era tan real. Volaba. No porque fuera un ser mágico y tuviera grandes alas. Tampoco volaba en un avión. Lo hacía con mis propios brazos y con el mismo aspecto físico de siempre.

El mismo sueño se me había repetido otras veces. Aún así, me desperté y por unos minutos pensé que era sorprendentemente real. Lograba batir los brazos con rapidez y alzaba el vuelo con relativa facilidad. No muy alto, a penas unos metros. Lo suficiente para despegar y volar con solvencia durante un buen rato.

Me preparo un café y busco el libro de los sueños de Sigmund Freud. Lo que faltaba, Freud relaciona el volar con el sexo, cómo no. No seré yo quien contradiga al gran maestro. Pero algunos de sus discípulos ya apuntaban que, a veces, pecaba de reduccionista. Otros interpretan el sueño de volar como liberarse de una carga pesada y lo relacionan con el poder personal de cada uno, otorgando importancia a los matices.

En cualquier caso es paradójico que volar sea mi sueño recurrente y sin embargo aún tenga pánico a subirme a un avión.

La primera vez que me obligaron a subir a un avión, no lo olvidaré en la vida, tenía cinco años. A pesar de mi corta edad recuerdo con total nitidez todo lo que sucedió. Estaba aterrorizada y dos azafatas tuvieron que meterme en el avión en volandas porque me negué a entrar por mi propio pie. Yo quería estar en mi casa con mis hermanas y no encerrada en aquel lugar estrecho y claustrofóbico.

Cuando la azafata mostró cómo debíamos utilizar los chalecos salvavidas, yo era de las pocas que la miraba atentamente, se me secaron las lágrimas de golpe y tuve unas tremendas ganas de orinarme encima. Y cuando vi aquellas máscaras que debíamos utilizar en caso de despresurización en cabina? Menos mal que las puertas ya estaban cerradas..., sólo pensaba en cómo salir corriendo.

Pero allí estaba yo atada y aferrada a mi asiento como si fuera una balsa en medio de un océano lleno de tiburones.

Cuando una tiene miedo a volar los ruidos cobran vital trascendencia. Te cambia el pulso en función de si dejas de oír los motores, o si suenan más fuerte. Cualquier cambio sonoro produce auténtico sudor frío. Por no hablar de las turbulencias, ¡qué horror!

Por más que trataban de convencerme de que eran como los baches del camino, yo las vivía con auténtica angustia.

Afortunadamente aquellas azafatas elegantes no perdieron su sonrisa y eso me proporcionaba cierto oxígeno. No creo que fuera la única asustada. Lo que sí recuerdo es que mis hermanas estaban tan campantes, encantadas y que yo envidiaba su inconsciencia.

Me dieron unas pinturillas y por un rato me despisté coloreando.

Luego, sirvieron el almuerzo. Ya estaba más relajada y devoré los quesitos de la vaca que ríe con doble de pan. Cuánta hambre daba el miedo, pensé.

Al cabo de tres horas volví a palidecer. Algo terrible estaba sucediendo. Descendíamos sin control. Me santigüé. (A los cinco años era muy creyente). Ahora sí, nos estrellábamos sin remedio y yo me encomendaba a Jesusito y aceptaba que mi vida había sido terriblemente corta.

Entonces, mi madre, que se sentaba con la más pequeña de mis hermanas, me aclaró que no pasaba nada, que sólo estábamos aterrizando.

Cerré los ojos y los apreté con fuerza. Noté el contacto brusco con la tierra, a toda velocidad. El pajarraco rugía con fuerza. Algo trataba de frenarlo. Todos aplaudieron como si hubiéramos asistido a una gran obra de teatro. Yo no. Me limité a respirar profundo y seguí un rato aferrada a mi asiento. Cuando por fin nos indicaron que podíamos desabrocharnos los cinturones de seguridad, sentí un gran alivio. La sensación era, y no exagero, de renacimiento. Me habían dado una nueva oportunidad.

Como dije antes, juré y perjuré que no volvería a subir a ningún otro pajarraco mecánico en la vida pero al cabo de pocas semanas tuve que hacerlo de nuevo. Así que no me quedó más remedio que asumir que aquello formaría parte de mi vida tanto si me gustaba como si no. Al menos había quesitos y pan, y azafatas sonrientes y elegantes que me daban pinturillas.

Desgraciadamente ya no queda nada de todo eso.

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