06 de agosto de 2018
06.08.2018

Cuando la realidad parece ficción

El documental 'Wild wild country' de Netflix es un filme perturbador sobre la comuna de un gurú indio que plantó cara al Estado

06.08.2018 | 00:35
Fotograma del documental ´Wild wild country´.

Lo tremendo de Wild wild country es que parece pura ficción pero no lo es. Su demencial historia y sus imprevisibles personajes tienen todas las papeletas para haber surgido de la mente dislocada de algún guionista pasado de rosca pero la realidad es que se trata de un documental. Una miniserie que hay que tomar muy en serio y que deja bien claro que tiene pruebas de sobra para demostrar que no se inventa nada, que todo lo que cuenta sucedió, que cada episodio se alimenta de imágenes auténticas: pocas veces un material tan incendiario tuvo tanta gasolina con testimonios audiovisuales grabados en vivo y en directo. Pocas veces, o tal vez nunca, un documental estuvo tan documentado con filmaciones hechas por los protagonistas, incluidos los momentos más impactantes, escabrosos y perturbadores.

Recordemos: estamos en 1981 y el idolatrado gurú hindú Osho (o Bhagwan Shree Rajneesh), el más que polémico líder espiritual de la secta Rajneeshpuram -adorador él mismo de los Rolls Royce-, inicia junto a sus irreductibles seguidores el levantamiento de una ciudad utópica en el centro de la nada junto a la diminuta población de Antelope, en el estado de Oregón. Una comunidad intrusa en la América más profunda de la era Reagan. Lo que en un principio parecía limitarse a un conflicto de convivencia con los vecinos se convertirá de pronto en un asunto de emergencia nacional cuando se sabe que algunos habitantes han conspirado para matar policías federales, envenenado al pueblo vecino y urdido un plan ilegal para ganar las elecciones y apoderarse del territorio. Tal vez a muchos espectadores norteamericanos aquel episodio tragicómico de la historia les resulte familiar pero en Europa es prácticamente desconocido para una gran mayoría.

De ahí su capacidad para generar sorpresas en cadena. Con personajes tan asombrosos como Sheela, la inquietante mano derecha del líder que terminaría siendo su gran enemiga, el documental de Netflix es, sobre todo, una radiografía precisa y esclarecedora del engranaje que mueve internamente una comunidad que rinde culto a un líder con un grado de manipulación extremo y una maquinaria perfecta para guiar cerebros. Y cerebros que, en principio, no son presa fácil, como dejan claro entrevistas grabadas en la actualidad con algunos protagonistas de aquellos hechos, y que argumentan sus decisiones -casi siempre alimentadas por un demoledor vacío existencial- con aterradora convicción: no son monstruos, son gente de apariencia normal que aceptaron entrar por propia voluntad en un escenario preparado para dejarla sin ella. Es precisamente el asunto de las técnicas empleadas el que información menos completa ofrece, y es de las cuestiones menos documentadas dentro de una producción robusta y escrita con endiablado sentido del ritmo que logra, con un sentido muy cinematográfico de la intriga, construir un implacable andamiaje de conflictos personales y sociales en el que los buenos también cometen maldades y los malos tienen una parte de víctimas.

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