14 de octubre de 2018
14.10.2018
La mirada femenina

Conócete a ti mismo

14.10.2018 | 01:04
Conócete a ti mismo

Siempre escuché que los ojos eran el reflejo del alma pero nunca creí que esta frase pudiera ser algo real. Me parecía más bien una construcción poética.

Sin embargo, hace unos meses alguien me regaló un estudio de morfopsicología y me quedé bastante alucinada.

La persona en cuestión cuya identidad prefiero no desvelar era de los que aparenta tenerlo todo bajo control. Y lo cierto es que nuestra relación no fluía ni a tiros.

Me había vendido lo del estudio con gran entusiasmo. Él mismo lo había experimentado años atrás. De hecho, recuerdo que lo primero que hizo al conocerme, lo cual me pareció muy curioso, fue enviármelo por email.

Yo lo ojeé por encima pero no quise darle demasiada importancia al asunto. Ni siquiera al detalle que más me llamó la atención en el que explicaba que era una persona a la que le costaba empatizar con los demás. Empatizar es algo tan básico como tener la capacidad de comprender la realidad subjetiva del otro sin perder la propia identidad.

Pasé por alto este hecho fundamental y luego resultó ser determinante en nuestra relación. Él no era capaz de ponerse en mi lugar así que no podía compartir mis sentimientos, y yo me sentía completamente fuera de juego. Ahora comprendo que al enviarme el estudio trató de ser honesto. Era su manera de decirme algo así como esto es lo que soy, no quiero engañarte. Agradezco también que fuera generoso porque me abrió una puerta que me está resultando útil y a la vez inspiradora.

La morfopsicología, fundada a finales del siglo XX por el médico siquiatra francés Louis Corman, es mucho más que una disciplina pseudocientífica. No me cabe la menor duda de que algún día será ampliamente aceptada y considerada como una ciencia en mayúsculas porque es una herramienta súper útil que puede mejorar nuestra vida personal y laboral sustancialmente.

El código deontológico de Corman era, no juzgar sino comprender. Todos somos únicos e irrepetibles pero sólo si nos conocemos bien podemos llegar a desarrollarnos plenamente.

Todo lo que somos y lo que hemos vivido puede verse reflejado en nuestro rostro. Como decía la actriz Ángela Molina, que no me quiten mis arrugas que son mis experiencias vividas. La morfospicología nos habla de la genética, con lo que venimos al mundo, y de la epigenética, lo que vivimos, nuestro entorno, etc.

Un estudio de morfopsicología engloba el análisis minucioso de nuestra estructura ósea, de nuestros receptores (boca, nariz, ojos y orejas), de la simetrías y asimetrías de nuestro rostro, de cada una de nuestras arrugas, del estado de tonicidad de nuestros receptores, de nuestra piel. Son muchísimos los detalles que se estudian en profundidad.

Cuando hablo de este asunto con la gente, cuando comento sobre la morfo en general, algunos ponen peros. Tal vez sea porque nos da miedo que los demás, al mirarnos, puedan descifrar cosas que tratamos de ocultar. A veces nos viene bien esa separación entre dentro y fuera, como si de una especie de protección se tratara.

Pero insisto en que en ningún caso se trata de culpabilizar a nadie, más bien todo lo contrario. Se trata de conocer y comprender. Además de que para poder llegar a leer la cara de alguien hay que estudiar muchísimo. No es nada sencillo.

Recordemos el aforismo griego del templo de Apolo en Delfos, conócete a ti mismo. Ese es el verdadero punto de partida de la sabiduría. Saber quién eres, aceptarlo, y conocer tus puntos perfectibles es el único camino posible para poder llegar a desarrollarte plenamente. Y cómo no, para ser hay que tener cierta dosis de valor.

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