22 de mayo de 2019
22.05.2019

'Juego de tronos', sin sucesión a la vista

La serie más seguida y premiada llegó al final con un episodio que enervó a muchos fieles en plena ofensiva para reclamar que se rehaga la última temporada a su gusto

21.05.2019 | 20:14
Fotograma del capítulo final de 'Juego de tronos'.

Se acabó lo que se daba. Un último episodio con más verbo que acción dedicado a atar y desatar cabos puso fin a una serie que hace historia. Juego de tronos se despidió en pleno invierno del descontento que ha supuesto para muchos seguidores esta octava temporada tan esperada. Tan desesperante para quienes han unido sus firmas a una intolerante petición internacional para que se tire a la basura lo emitido y se ruede todo de nuevo. Un millón, de momento. Un potente ejército que se quedó ojiplático con un episodio que prometía ser el no va más de las batallas y que resultó que no se veía casi nada. Plena oscuridad. Que no dio crédito a lo que sí vio en el capítulo siguiente, cuando la reina de los Dragones se convertía en una genocida capaz de exterminar a un pueblo entero a lomos de su hijo lanzallamas. En España hay 57 niñas bautizadas como Daenerys, en homenaje a quien al principio era más buena que mala. Algo olían a chamusquina los padres que pusieron a 279 niñas el nombre de Arya, sin matanzas aunque también de dagas tomar.

La serie más premiada de la historia de los Emmy, cuya onda expansiva de influencia se extiende incluso por los países donde se ha rodado (España, sin ir más lejos) y que disfrutan de los beneficios de un turismo llegado para hacerse selfies en los escenarios que acogieron numerosas escenas, no parecía que iba a dar tanto que adorar u odiar aquel 17 de abril de 2011 en el que sonó la pegadiza música de Ramin Djawadi y aparecía un título que se haría frase hecha ( Winter is coming). La serie se inspiraba en una notable saga literaria de culto y nadie sospechaba que 72 capítulos después llegaría a convertirse en un fenómeno social, hasta el punto de dar origen, incluso, a una extravagante modalidad de opinante: el que se asoma iracundo a las redes sociales para afirmar que odia la serie y advierte de que nunca la verá. Pues vale.

No eran entonces las plataformas como HBO y Netflix los imperios audiovisuales que son ahora. Los pirateos eran despiadados. Vista ahora, la primera y estupenda temporada resulta entrañablemente humilde, sin los despliegues de efectos digitales y cascadas de dólares que vinieron luego. Vino a ocupar el trono televisivo que había dejado vacío Perdidos, con la que, por cierto y no por casualidad, Juego comparte esa sensación final de desilusión y desconcierto por las decisiones de sus creadores. Con permiso de Los Soprano y Mad men. Sin duda, al auge de la ficción de HBO contribuyó su mejunje de sexo, violencia, incesto y abusos de todo tipo que llenó las redes (claves en este fenómeno) de ecos, ecos y más recovecos, con polémicas encadenadas y hostilidades desencadenadas: muertes inesperadas de personajes esenciales, diálogos de urdidumbre shakesperiana entre decapitación y violación, mucha teta sin venir a cuento y mucha treta que los detractores consideran inaceptables por convertir a la mujer en objeto de morbo. Hay quien compara las reacciones de un sector de los seguidores con el hooliganismo futbolero: se es del Madrid o del Barça lo mismo que se es de los Stark, de los Targaryen o de los Lannister. Y no hay moderación en las gradas.

Las cinco primeras temporadas aún mantuvieron las co(mp)osturas porque seguían, con más o menos licencias, los libros de George R.R. Martin. Luego, las cosas cambiaron y muchas cañas se tornaron lanzas. Hubo menos sexo pero la violencia siguió siendo impactante. Hubo menos filosofía política (se echó de menos mucho a Meñique), desaparecieron personajes que daban mucho ju(e)go y se hincharon subtramas insípidas. Un gran abanico de personajes a los que amar y odiar, mimbres de culebrón con dragones y brujas, y trampas argumentales tan monumentales que incluso resucitaban algunos muertos. Momentos álgidos como La boda roja marcaban a fuego una realidad: aquí puede morir cualquiera. O casi. A unos se les despedía con llanto, a otros con aplausos (y más si eran unos malísimos que palmaban de un ballestazo en el retrete o se lo zampaban los perros).

Adiós, Juego de tronos. No hay sucesión a la vista. Y no la habrá en mucho, mucho tiempo.

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