26 de mayo de 2019
26.05.2019
análisis

Minimizar la magnitud del cambio

25.05.2019 | 21:38

La actividad humana y su traducción en la emisión y acumulación de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmosfera genera un calentamiento global de la Tierra que está alterando la dinámica atmosférica y marina y a sus ecosistemas. Por ello también influye e influirá cada vez de forma más importante las actividades humanas. Entre las modificaciones que más impacto están teniendo sobre la actividad humana se encuentra la elevación del nivel del mar. Se estima que desde la época preindustrial ya se elevó 28 cm, y que el proceso se está acelerando desde los 0,6 mm/año que se elevaba entre 1900 y 1930 hasta los 4,4 mm/año en el intervalo 2010-2015.

Las proyecciones más recientes hasta el final del siglo indican que podría alcanzar una subida entre 0,3 y 1,2 m en el mejor y el peor escenario; algunas proyecciones, que consideran la aceleración del deshielo de la Antártida, indican subidas de hasta 2,5 m para ese año. De los dos componentes que provocan esta elevación, la dilatación térmica continuará con parsimonia, mientras la pérdida de hielo continental se está acelerando en sus dos principales fuentes: Groenlandia y la Antártida.

¿Cómo podremos responder al reto que supondrá? Dado el enorme impacto que generara en todas las áreas costeras de la Tierra, que afectará directamente a zonas con elevada densidad de población y costosas infraestructuras, así como a zonas de intensa producción agrícola, como son los deltas y zonas bajas e islas coralinas, prácticamente llanas y de baja altitud, que pueden desaparecer. También se verán afectadas las playas: 1cm de subida produce el retroceso de 1 m de playa, y la actividad turística asociada.

La respuesta siempre debe ser minimizar la magnitud del cambio y retrasar su avance, reduciendo nuestras emisiones de GEI. En pocos años, veremos si la Humanidad lo consigue.

Y, desde luego, habría que planificar la actividad de las zonas costeras de una manera robusta, minimizando la posibilidad de daños a futuro. Por ejemplo, los planes de ordenación urbana deberían limitar las infraestructuras fijas en zonas que serán inundables de forma repetida en un próximo futuro, si no lo son ya.

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