12 de junio de 2019
12.06.2019
Álvaro Fernández-Pulpeiro

"Occidente no es un lugar geográfico, sino un estado mental de privilegio"

"En los festivales de cine hay muchos intereses involucrados, no solo de las grandes productoras, también de ideologías específicas"

11.06.2019 | 22:22
El director de cine gallego Álvaro Fernández-Pulpeiro.

Tras la buena acogida de su ópera prima, Nocturno. Fantasmas de mar en puerto, el cineasta gallego Álvaro Fernández-Pulpeiro (Foz, 1990) regresa a la gran pantalla con La jovencita no envejece, se descompone, un cortometraje "muy diferente" a su anterior trabajo, en el que retrataba la vida a bordo de un barco pesquero durante los días que está en puerto. La cinta, rodada en el desierto de La Guajira, en el extremo norte de Colombia „país donde reside Fernández-Pulpeiro„, es la única representante española que compite estos días en la sección oficial del Festival Internacional de Cine Filmadrid.

El cortometraje arranca con un primer plano anegado por una ola que zarandea la cámara. ¿A partir de ahí qué le espera al espectador?

El filme muestra a una joven que deambula por el desierto de La Guajira, bajo el crepúsculo. No importa su pasado, ni el motivo de su viaje, sino su huida hacia el horizonte. No hay guión y el sonido juega un papel fundamental. Es un trabajo muy emocional, aunque diferente a Nocturno. De hecho, al principio estaba concebido como un fashion film. Pero su rodaje fue también una experiencia bonita, que nos sirvió para coger ritmo de nuevo para nuestro actual proyecto: un largometraje sobre el contrabando de gasolina en las fronteras de Venezuela. Un tema clave para entender todo lo que está pasando en ese país.

¿Cómo surge este último proyecto?

La idea era hacer una película que fuese una adaptación libre, del siglo XXI, del libro Nostromo, la gran novela de Joseph Conrad, donde cuenta los devaneos políticos de Costaguana, un estado inspirado en la Nueva Granada, sobre todo en Venezuela y en la parte situada hacia Santa Marta, en Colombia. Para mí es una de las mayores obras de ficción política, no militante, para entender a la sociedad sudamericana, sus furias, sus pasiones y su tragedia inherente. Me fui a Sudamérica con este libro debajo del brazo, porque tenía claro que quería hacer esa película. Era mi sueño, y lo estoy llevando a cabo.

Rodar en Venezuela debe ser muy complicado...

Más que complicado, yo diría imposible.

¿La imagen que nos trasladan los medios internacionales de lo que está sucediendo en ese país se corresponde con la realidad que se vive en sus calles?

Ningún medio internacional está cubriendo realmente lo que pasa en Venezuela, porque para entender la magnitud del problema no te puedes quedar en Caracas o en Cúcuta. Allí grabas una imagen o escribes una palabra e instantáneamente se absorben o se instrumentalizan para darle estopa a un bando o al otro. Por eso nunca me interesó rodar allí. El interés internacional que existe en el territorio venezolano, sobre todo por parte de Estados Unidos, es el petróleo, pero también la cuenca industrial. Venezuela es el tercer complejo de refinerías del mundo. Tú vas por Maracaibo y huele a gasolina y a metal.

Y en ese contexto es donde desarrolla su largometraje.

Sí. En la primera parte del rodaje nos fuimos veinte días a Pacaraima, entre el sur de Venezuela y el norte de Brasil. Lo que me interesaba allí era la condición de la carretera que hay entre los dos puestos fronterizos. En teoría una zona neutra, muy banal, pero tuvimos problemas...

¿Qué problemas?

Grabábamos solo al atardecer, unos 35 minutos diarios. Pero nos interceptó el ejército bolivariano, acusándonos de espionaje y complot, y nos trasladó a la base militar de Escamoto, donde estuvimos retenidos unos 30 horas, interrogándonos. En ese momento nos quedó claro que alrededor de cualquier tipo de imagen que grabes, ellos van a construir una narrativa.

¿Este incidente le hizo replantearse el proyecto?

Replantearme el proyecto no, pero me hizo ver que hay que hacer las cosas mejor. No puedes ir de cowboy, por muy valiente que seas. Trabajo sin miedo, pero sabiendo que una bala quema. En Venezuela todo el poder político está en manos de los militares. Ese es el principal problema, y que la ideología sea una excusa para no afrontar responsabilidades civiles.

¿En qué punto se encuentra el rodaje?

Llevamos un cuarto de largometraje filmado, y mi idea es tenerlo listo el año que viene, antes del festival de Cannes. Las cosas están pasando tan rápido en Venezuela que no podemos esperar a disponer de más fondos para sacar adelante el proyecto. No nos daría tiempo a recoger lo que está sucediendo.

¿Dedicarse al cine, sobre todo como usted lo hace, es lanzarse al vacío?

Es agotador. Una vez que te liberas de la presión social y familiar, te encuentras con que estás solo. A veces, las personas que más te pueden ayudar lo hacen de una manera muy jesuita, solo dando consejos. Hay muchos momentos hambre de ambición, sobre todo cuando ves que una película que realmente lo merece no entra en un festival.

¿Es posible colar una película en el circuito de los festivales sin arruinarse en el intento?

En los festivales de cine hay muchos intereses involucrados, no solo de productoras grandes, también de ideologías específicas. Con ciertos temas vas a llegar más lejos que con otros, y con ciertos pasaportes también, esto es indudable. A mí, sin embargo, me resulta muy frustrante tener que cumplir unas expectativas de antemano.

¿Hacer cine en Sudamérica lo dificulta todavía más?

El problema es que en Sudamérica siempre estamos proporcionando emociones pero, al mismo tiempo, nos estamos adaptando al ritmo que determina el mercado europeo, y sobre todo los festivales de serie A. Yo creo que hay que rebelarse de forma activa contra el dominio temático y moral que nos están imponiendo, y allí todo el mundo se mueve alrededor de eso. Occidente no es un lugar geográfico, sino un estado mental de privilegio. De hecho, en Colombia tengo amigos mucho más occidentales que yo.

Implicado de lleno en su actual proyecto en Venezuela, imagino que la posibilidad de rodar en Galicia, a corto plazo, no se le pasa por la cabeza...

Las imágenes más oníricas de Nocturno las filmé en Burela y en la costa de Foz. Yo sueño en Galicia, pero no la habito. Me interesa más el gallego de ultramar. No conecto con los colores de la bandera, con el himno o la poesía... Para mí Galicia es el olor a mar, el tacto de las rocas, el gallego que habla mi abuela, A Mariña lucense... y si tengo que reivindicar algo, reivindico eso.

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