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Diego Díaz AlonsoHistoriador

"España, como Alemania, es una patria difícil para reivindicar desde la izquierda"

"La radicalización del 'procés' deja enfuera de juego posiciones bisagra entre bloques como la de los Comunes"

Diego Díaz Alonso.

Diego Díaz Alonso. / carolina díaz

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Marcos Palacio

En el párrafo final de Disputar las banderas, Diego Díaz (Oviedo, 1981) llama "disconfort nacional" a la incomodidad patriótica de la izquierda española, a su asunción desapasionada, a ratos fría e indiferente, del concepto de España que moldeó la Transición. El subtítulo del libro que publica la tesis con la que se doctoró en Historia aclara que ha puesto la luz sobre "los comunistas, España y las cuestiones nacionales", sobre el hecho diferencial muy español de la convivencia conflictiva entre las izquierdas y las banderas

¿Qué quiso entender?

Quise enfrentarme a la cuestión probablemente más conflictiva que ha afrontado la izquierda en España, a un dilema que no se plantea en otros países con construcciones nacionales más homogéneas... Hay algo en lo que España se parece a Alemania, es una patria difícil para reivindicar desde la izquierda. Aunque en determinados momentos históricos sí se ha abanderado un cierto patriotismo español desde estas posiciones, después de cuarenta años de nacionalismo español franquista, en los que la idea de España quedó muy patrimonializada por la derecha, la democratización del imaginario de lo español está todavía pendiente de resolver.

Habla de un "desapego", de un "extrañamiento", de la "relación difícil" que la izquierda española ha mantenido con su propio país.

Yo planteo que las identidades nacionales siempre están en disputa, que las banderas no tienen dueños, o más bien que no los tienen para siempre. Ha habido momentos de un cierto enamoramiento de la izquierda con la idea de España, pero han sido breves. La izquierda francesa siempre va a tener el precedente de una tradición revolucionaria; nuestro equivalente, que sería la revolución liberal, es muy errática, con periodos de triunfo sucedidos por grandes reacciones y dos repúblicas que fueron muy breves. No hay en la España contemporánea lapsos muy largos o exitosos en los que la izquierda tenga el poder y pueda producir un relato nacional propio.

¿Qué papel desempeña la fórmula elegida para hacer la Transición?

Por las correlaciones de fuerzas que se articulan en ese momento, la izquierda tiene que abandonar su imaginario patriótico español, que era la república, en aras de conseguir las libertades democráticas. Para lograr la democracia tiene que aceptar unos símbolos que no son suyos, la bandera monárquica y la propia monarquía, y que asume sin demasiado entusiasmo. Después del 23-F, trata de generar un patriotismo constitucional, un nuevo imaginario democrático de España en torno a la Constitución y a los estatutos de autonomía, pero esos son elementos demasiado fríos para generar adhesiones emocionales fuertes. La derecha lo tiene más fácil. Tiene un relato nacional que va de Pelayo y Covadonga hasta "Gibraltar, español", la izquierda se ve obligada a buscar episodios aislados como las dos repúblicas, cuya memoria es también conflictiva, y una Constitución que pudo haber sido la mejor posible pero no es el fruto de un éxito enorme como las que hace la izquierda en Europa tras vencer al nazismo. Nosotros tenemos una Transición fruto de pactos y consensos, y eso es mucho más frío, emociona menos.

La izquierda se deja arrebatar la bandera. ¿Pudo haber hecho algo más o todo pasó como debió haber pasado?

Cuando en torno a 1976 o 1977 se impone lo que Vázquez Montalbán llamó "la correlación de debilidades" y se ve que ni la oposición tiene fuerza para imponer la ruptura ni el régimen para prolongar un franquismo sin Franco se plantea una negociación desigual en la que una de las primeras cosas a las que tiene que renunciar la izquierda es la forma de Estado. Y el republicanismo es históricamente la forma de patriotismo de la izquierda española. Si la izquierda hubiese ganado abrumadoramente la Transición, habría habido un orgullo patriótico.

¿Hasta qué punto ha sabido convivir en democracia con ese alejamiento simbólico del relato nacional?

Ha tenido una convivencia fría. En la etapa de Felipe González, por ejemplo, sí hubo un intento fuerte de disputar la bandera rojigualda o de apropiarse de los símbolos nacionales españoles. En 1992, el gobierno socialista se vuelca con las celebraciones del quinto centenario del descubrimiento de América y es el PSOE el que convierte por ley el 12 de octubre en fiesta nacional, algo un poco chocante, porque está muy ligado a tradiciones nacionales conservadoras.

La izquierda se entusiasmó más con los nacionalismos periféricos.

Esa ausencia de símbolos nacionales españoles que generen adhesión se cubre con los autonómicos, que están totalmente relacionados con el periodo democrático y de algún modo parten de cero. Un caso paradigmático es la bandera asturiana. Pocas generan tanto consenso: puede estar en una manifestación de la oficialidad, en la Vuelta a España o en un mitin de Vox. En las regiones con más sentimiento nacional, el hecho de que haya existido una derecha muy enemiga de la plurinacionalidad ha terminado acercando a nacionalismos periféricos e izquierda frente a un enemigo común. Eso es una tónica que se mantiene casi hasta ahora y que puede ser la razón de que fuerzas tan dispares como Podemos, IU, el PDeCAT o el PNV acaben apoyando la moción de censura de Pedro Sánchez.

Su libro está pidiendo una secuela con el modo en el que la progresía se ha enfrentado al desafío catalán. ¿Les ha cogido con el paso cambiado?

El procés es una gran convulsión y nadie esperaba que fuera a acabar así. Pero ese marco es muy cómodo para la derecha y el enconamiento del conflicto ha dejado en fuera de juego a los Comunes después de ganar la Alcaldía de Barcelona y dos generales en Cataluña. Cuando la cuestión se radicaliza, las fuerzas que tratan de defender una posición de bisagra entre bloques salen muy mal paradas. Una parte de la sociedad considera que los independentistas han dado un golpe de Estado, otra entiende que España es un país con la calidad democrática de Turquía y quienes están en medio salen perjudicados porque se produce una voladura de puentes.

¿Cómo se sale de ese atolladero?

El proyecto de los Comunes debe optar por ir haciendo horizonte de un nuevo tripartito en el que el eje social vuelva a prevalecer sobre el nacional. Que ERC, los Comunes y el PSC se entiendan en torno a políticas sociales y a una solución federal de la cuestión catalana, pero el problema es que eso va a tardar bastante porque entre medias hay algo que dificulta mucho cualquier entendimiento, que es el de los presos.

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