No hay nadie en el cine español como el gallego Oliver Laxe. El que es quizás el autor cinematográfico patrio de mayor proyección internacional desde Víctor Erice está bastante más pendiente de sus cabras que de cuándo han sido los Óscar. Dice que es “cineasta y campesino activista” y lleva muchos meses empeñado en levantar un proyecto en la comarca gallega de Os Ancares, rehabilitando una antigua casa familiar para crear una asociación que impulse actividades socioculturales. El Festival de Málaga premia la obra comprometida y humana de este gallego.

¿Qué le queda por hacer?

Con los años uno va cogiendo más oficio, se va desacomplejando, cogiendo seguridad, control de sí. Entro en la década de los 40 años y si analizamos a los mejores autores de la historia del cine sigue siendo una década imberbe, de juventud, digamos; el periodo más fértil de un autor son los 50 años, cuando la mirada es ya muy decidida. Ahora mismo tengo la sensación de que he perdido la ambición mala y he ganado la ambición buena. Como persona me veo bastante pleno, el arte me ha permitido emanciparme y observarme a mí mismo y por lo tanto ser una persona libre; pero como autor, como cineasta y como servidor, lo tendré que ir viendo película a película. Y no sé si haré muchas más, la verdad, porque si uno no tiene verdaderamente la necesidad de hacer una película es mejor que no la haga. Es uno de los problemas del cine actual: hay muchas películas pero pocas son necesarias para sus autores.

A propósito de los recientes Óscar y del triunfo de Nomadland, me gustaría conocer su opinión, como realizador que suele contar historias de outsiders o gente rota, como usted dice, al respecto. ¿Es un cambio de paradigma o, simplemente un método de Hollywood para no perder comba?

No sabía ni siquiera que habían sido los Óscar... No tengo tele desde hace ya 20 años. Aunque creamos lo contrario, aunque psicológicamente necesitemos crear una imagen ideal de nosotros mismos, estamos todos rotos, por lo tanto ese me parece el tema [Sonríe]. La poesía es eso, mostrar lo más ridículo y absurdo del ser humano y también lo más heroico. No sé quién decía que los corazones rotos son los más hermosos porque dejan pasar la luz a través de sus fisuras.

Tenemos un amigo en común, el poeta Alejandro Simón Partal. Una vez me dijo: “La noción finita de la existencia ha derivado en nuestro infantilismo contemporáneo, y eso ha traducido la noción de felicidad en consumo y rendimiento. Vivir es autolimitarse, amar y tener un compromiso ético con el mundo, que es el compromiso de ir hacia la bondad”. Creo que usted sigue esto al pie de la letra.

Igual que Alejandro vivo bajo un cielo estrellado, lleno de mitos... Somos unos believers. Eso hace que haya menos miedos, menos angustias y que nuestro arte esté menos conectado con nuestro ego y más con nuestra esencia, aunque es inevitable tener ego. Si pusieras todo el cine que se produce en una máquina, el noventa y mucho por ciento lo podrías meter en una cajita con el rótulo distracción y en otra con el cartel destrucción; casi todo el cine evoca una cosa u otra. Yo soy el primero que necesita entretenerse, por el tipo de vida disociada que tenemos, pero hay que intratenerse, y es algo que no hacemos. No hacemos más que distraernos. ¿Sigo yo esto al pie de la letra? Podríamos definir un poco mi manera de estar en el mundo: aceptar lo que me da la vida de manera agradecida incluso si se expresa bajo la forma de obstáculo, accidente o desgracia; incluso, sentir mayor proximidad con la vida y su misterio cuando hay vicisitudes, cuando hay curvas.

¿Qué tiene Os Ancares para sentir esa obsesión por la aldea?

No es obsesión; es la plenitud que te da saber que estás en tu casa. Me ha costado tiempo volver a casa, sé que pertenezco a este valle, a esta aldea donde nació mi madre. Noto dentro de mí más calma, menos necesidades... Pertenezco a este sitio, insisto.

¿Y cómo va el proyecto de la asociación?

Se están haciendo cosas, trabajando con productores locales, con una oficina de nuevos pobladores de la zona, haciendo interlocutores con las administraciones públicas para atraer inversiones, hemos empezado a realizar actividades culturales... Las obras no están acabadas pero hay horizontes bonitos. Creo que estamos en un momento de incertidumbre pero es un momento de verdad. No me gusta hablar de esperanza, porque la esperanza es una proyección que te puede frustrar; me gusta más hablar de optimismo, que es un estado del ser.

Estos tiempos son los de la pandemia. Usted lo vive y lo observa desde el campo.

Hemos estado en un invernadero durante muchas décadas, siendo plantitas bien regaditas y cuidaditas al margen de las condiciones externas, pero se ha fisurado el plástico, creíamos que era súper sólido y han empezado a entrar las bacterias del mundo, ha empezado a entrar verdad y realidad, y hay muchas plantas que no están acostumbradas a los vientos huracanados, a las heladas o al sol. El campo lo que te da es precisamente que desde pequeño los troncos de los árboles y de las plantas sean robustos, duros y acojan con más dexteridad la realidad de la vida. Por eso quiero pensar que estamos en un buen momento. Es cierto que hay gente que ha sufrido mucho, que hay gente cuyo nivel de angustia ha crecido, pero también es cierto, y lo veo en niños, para quienes estos tiempos están siendo muy exigentes, que esto les va a hacer madurar y no participar en el infantilismo en el que hemos estado instalados como sociedad durante tanto tiempo. Lo digo, obviamente, con toda la solidaridad hacia la gente que está sufriendo. Muchas veces la libertad es aceptar que no somos tan libres, aceptar que estamos sometidos a cosas que nos trascienden.

¿Nota cambio en la gente?

Estoy haciendo talleres de grupos, trabajando en la universidad, dando clases y veo a la gente muy humilde gracias al coronavirus; noto que ha renovado la piel, la sensibilidad, veo a la gente más necesitada, escuchando más al otro.

Se habla ahora mucho de la vuelta a la raíz, al pueblo, de revertir eso de la España vaciada. ¿Qué nos enseña el pueblo?

Soy escéptico con el fenómeno del neorruralismo, que es llevar la ciudad al campo, cuando en el fondo es lo contrario. El rural está mucho mejor, hay poca gente pero tienen unos valores que nos faltan a nosotros, con todas las contradicciones que tiene el rural. El campo ya no es tan duro como antes pero algo de su dureza es imprescindible para crecer como seres humanos. El pueblo trabaja un poco como la pareja o los hijos: te enseña tus límites, tus sombras. En la ciudad, uno no depende del vecino, no lo necesita; en el pueblo, sí, lo que hace el vecino te afecta. De manera diáfana, tu ego es provocado, excitado en el pueblo. Es interesante porque así puedes observarte, vigilarte, conocerte y, por tanto, como todos bien saben, el que se conoce a sí mismo es libre. Vemos a muchos neorurrales o nuevos pobladores, como me gusta llamarlos, que vienen con mucho paternalismo. Insisto, el campo es como la pareja: te lo que no quieres ver de ti. Por eso también duran poco las parejas: estamos tan identificados con la imagen ideal de nosotros mismos que cuando hay una persona a tu lado que te dice que no eres lo que tú crees que eres resulta duro.

Seguro que está rumiando alguna nueva película...

Estoy en un momento de transición entre mi realidad como cineasta y mi realidad como campesino activista en Galicia. Y en el peor momento, porque tengo esos dos roles conviviendo, por lo que tengo el doble de trabajo. Entre las cabras, la programación del centro y los proyectos de desarrollo rural hay un par de guiones en los que estoy trabajando en el poco tiempo que tengo. Pero que mi ser me lleve a otras cosas me parece sano para mi cine. Ahora estoy empezando a financiar un proyecto de largometraje, pero no me ha llegado la vitrocerámica, estoy con una cocina de leña y otra de gas, así la comida se hace a fuego lento...