Han tenido que pasar casi dos décadas para poder decir que la investigación del caso por la muerte de la gallega Déborah Fernández-Cervera entra en su momento clave. Todos los pasos que se tenían que haber dado cuando su cuerpo fue hallado desnudo diez días después de su desaparición en un cuneta de O Rosal (Pontevedra) —a 40 kilómetros de su domicilio— se concentrarán en las próximas 72 horas. Para ello, su familia tuvo que enfrentarse ayer a uno de los peores momentos en todos estos años: la exhumación de sus restos.

Los médicos forenses realizaron ya radiografías de los huesos que estudiarán en busca de signos de violencia y tratarán a lo largo de los próximos días de extraer ADN de las uñas y otros vestigios biológicos con el fin de aclarar las circunstancias que rodean la muerte de la joven. La Policía Nacional custodió el cementerio de Pereiró desde las 09.30 horas, para salvaguardar la intimidad del proceso. Solo la comisión judicial; su madre Rosa Neira y sus hermanos Rosa y José Fernández-Cervera, el equipo legal que asiste a la familia y el equipo de investigación policial de Madrid pudieron acceder al interior del recinto para la práctica de la retirada del cuerpo de la joven.

El “buen estado” de conservación del ataúd motivó no solo que fuese necesario la presencia de un vehículo de mayor tamaño para el traslado al completo, sino que animó las esperanzas de la familia en aras de arrojar luz sobre lo sucedido el pasado 30 de abril de 2002. “Esperamos poder encontrar algo aunque sean 19 años después. Si estamos aquí es porque se han hecho mal las cosas, tenía que haber sido 2002 y no ahora”, lamentaba uno de los abogados de la familia. La madre agradecía la “presión mediática” que permitió llegar hasta aquí.