Asegura que a los problemas comunes de cualquier investigador —como la contratación temporal o la falta de financiación que a veces impide finalizar proyectos tras años de dedicación—, quienes trabajan en los hospitales suman un hándicap extra: no forman parte de la plantilla de estos centros, lo que se traduce en mayor precariedad e inestabilidad laboral e incluso en grandes diferencias de salario entre miembros del mismo hospital. Con el fin de que la futura ley de ciencia que prepara el Gobierno acabe con estos problemas e incluya las reivindicaciones del colectivo, el vicepresidente de la Asociación Nacional de Investigadores Hospitalarios, Antonio Martínez, participó la semana pasada en la subcomisión de Ciencia del Congreso de los Diputados. Allí recordó la importancia de apostar por la investigación. “Hay estudios que demuestran que los hospitales mejoran la asistencia a sus pacientes si mejoran la investigación y que los avances científicos se trasladan antes”, sostiene este investigador que trabaja en los hospitales Princesa y Santa Cristina de Madrid y además es profesor de la Universidad Complutense.

¿Cuál es el principal problema laboral de los investigadores que trabajan en hospitales?

El problema fundamental es que no se han creado las categorías profesionales para el investigador sanitario, es decir, el personal de investigación no está integrado en los hospitales. No forma parte de ellos ni está regulado cómo hacerlo.

Esto en la práctica, ¿en qué se traduce? ¿No se crean plazas para estabilizar a estos profesionales, hay diferencias entre los contratos, son puestos temporales...?

Un poco de todo eso. Por ejemplo, los investigadores sénior —a los que se les exige tener el doctorado, una trayectoria investigadora de un mínimo de 8 años de experiencia y el más alto nivel de formación— entran con programas como el Miguel Servet, Ramón y Cajal o Juan Rodés que son programas de contratación temporal, normalmente por cinco años. Tras ese periodo hay una evaluación y se debería acceder ya a un puesto estable, pero no es así porque no se deja ni siquiera hacer una contratación indefinida por las limitaciones que hay impuestas en las leyes de presupuesto desde 2012. Esto es una de las primeras cosas que hay quitar para que esto funcione, sobre todo cuando se hacen estas contrataciones en unas organizaciones externas que son jóvenes y no tienen jubilaciones. Pero además, el problema es que en el caso de lograr un contrato indefinido, está totalmente desregulado, no significa que esa persona se incorpore al hospital y esto supone que no tiene perspectiva de desarrollo profesional ni una evaluación de la labor investigadora como tienen el resto de investigadores estables que hay en España.

¿Qué suele ocurrir con quienes finalizan estos programas y no logran contrato indefinido, reenganchan temporales?

El mecanismo suele ser la chapuza de contratos temporales, pero algunas comunidades autónomas empezaron a despedirles diez años después de estar en el centro o después de un millón de euros invertido en una línea de investigación que de repente deciden cerrar.

Y esto en investigadores de alta excelencia...

Sí, hay una exagerada precariedad. Para el resto de personal investigador, para técnicos o titulados en Formación Profesional no se establecen puestos al ser algo nuevo en los hospitales y la precariedad es mayor. Y la realidad es que quizás no haría falta ni establecer nuevas categorías sino recurrir a las ya existentes, pero no se usan y el personal investigador se queda fuera, sin contratos indefinidos ni condiciones reguladas.

El investigador Antonio Martínez.

El investigador Antonio Martínez. L.O.

En el Congreso también arremetió contra las fundaciones sanitarias en las que se integran parte de los investigadores hospitalarios...

Sí, el problema es que no se ha desarrollado un marco para integrar al personal investigador en los hospitales. Se crearon la fundaciones de investigación que gestionan el dinero para investigar y para eso sí son eficaces, pero que también han pasado a gestionar los recursos humanos y ahí se ha visto que no han sido nada eficaces.

Aseguraba en la subcomisión que hay grandes diferencias de contratación entre el personal de las fundaciones y del hospital.

E incluso dentro de las propias fundaciones. Se han dado casos en donde investigadores sénior que habían accedido por el mismo programa en una entidad, los más veteranos cobraban hasta un 50% menos al año que los más jóvenes.

¿Por qué sigue sin regular la labor de estos investigadores y no se integran en los hospitales?

Porque no se cumple la ley de investigación biomédica de 2007, reformada en 2011 que decía que había que incorporar al personal de investigación en categorías estatutarias en los propios hospitales. Realmente estamos en tierra de nadie, el Ministerio de Ciencia dice que son las comunidades autónomas, pero allí no depende de las consejerías de Ciencia sino de sanidad, en el Consejo Interterritorial de Salud no se habla de esto y la pelota de un lado para otro.

¿A qué creen que se debe?

Quizás no se sepa gestionar o valorar la investigación en los hospitales, pero también es cierto que las plantillas de los hospitales están cargadas de personal temporal. Creo que solo se mira lo que es rentable a corto plazo y ahí entraría la asistencia sanitaria aunque también vemos que la Atención Primaria está manga por hombro. Las declaraciones son de que hay que potenciar la Atención Primaria y la investigación, pero los hechos son otros. No se ha hecho nada, somos pocos y no tenemos la misma capacidad de movilización que otros profesionales.

¿Los hospitales que apuestan por la investigación ofrecen una mejor calidad asistencial a los pacientes?

Sí. Hay estudios que demuestran que los hospitales mejoran la asistencia si mejoran la investigación y que indican que los avances de investigación se trasladan antes. Es verdad que lo que investigamos se puede usar en el hospital en el que yo trabajo, en el de al lado, o en Nueva Zelanda. Pero aquellos hospitales que tienen una cultura y una estructura de investigación incorporan más rápido los avances, primero los suyos propios y después los del resto del mundo. Ahora, por ejemplo, tenemos terapias avanzadas como el tratamiento CAR-T para el cáncer que se hacen a través del sistema público a un coste muchísimo menor que si viniesen desarrollados por una empresa farmacéutica.

Es decir que hay ventajas para el paciente pero también para el propio sistema sanitario desde el punto de vista económico.

Claro. Es verdad que en investigación hay que invertir en muchas cosas para que alguna llegue a la práctica clínica. Tenemos que invertir en la parte básica, traslacional y estudios más clínicos sabiendo que muchos fallarán. Pero hay que invertir en la investigación básica porque si no, no vamos a poder hacer el resto.

El déficit de financiación siempre ha sido una reivindicación del sector. ¿Cree que a partir de la pandemia de coronavirus, que se ha visibilizado más la labor científica, aumentará la inversión?

Somos pesimistas. Está llegando algo más de dinero gracias a los fondos europeos pero no se está dedicando a la base del sistema de investigación que ya estaba tocada desde el año 2009, no se están superando los recortes en la parte básica y ya se está metiendo dinero para intentar unas traslaciones que sin base no se pueden hacer. Lo que hay que hacer es recuperar los cimientos, para tener raíces fuertes y así poder echar ramas.

¿Qué soluciones proponen desde la Asociación Nacional de Investigadores Hospitalarios para solucionar la precariedad del colectivo?

En primer lugar, hay que rehacer el artículo de la ley de investigación biomédica 85.1 para que claramente desarrolle incorporar personal investigador en la plantilla de los hospitales, principalmente con categorías estatutarias. Si hay categorías para ingenieros, albañiles o peluqueros porqué no va a haber para investigadores. Hay que hacerlo para favorecer el desarrollo profesional, que no sea solo llegar sino que se pueda promocionar. Además hay que crear plazas suficientes, quitar esa prohibición de hacer contratos indefinidos asociada a una tasa de reposición que ha matado al sistema en este tiempo, integrar al personal investigador en las plantillas e incrementar los puestos estables.

¿Se conseguirá con la nueva ley de ciencia? ¿Son optimistas?

Creemos que hay opciones. Es cierto que cuando vimos el primer texto del anteproyecto de ley el pesimismo fue muy grande pero el equipo ministerial ha cambiado y ha cambiado muchísimo el talante. Tenemos una esperanza aunque no es tarea fácil porque hay que hacerlo bien y no sirve solo con ponerlo en la ley sino conseguir que se lleve a la práctica.

“Investigar es una carrera de resistencia, pero es apasionante”


¿La problemática que vive el sector hace que muchos se vayan a otros ámbitos?

La investigación es una carrera de resistencia. A la gente nueva hay que plantearles la realidad, es decir, puedes hacer aquí la tesis pero después ya no es que no pueda darte un puesto es que hay un valle de la muerte porque el que debes pasar y después de 10 o 15 años igual puedes trabajar ya en esto. Los investigadores sénior, por ejemplo, entran ahora a partir de los 40 años. Esto hace que cada vez menos chicos se interesen por la vía hospitalaria y que al final se contrate a aquellos que más capacidad de aguante tienen cuando lo normal sería dar unas buenas condiciones de trabajo y coger a los mejores.

¿Qué consejo da entonces a un adolescente o universitario que tuviese la investigación sanitaria como objetivo?

Sigue siendo un camino apasionante el poder generar conocimiento y que sirva para mejorar la salud de las personas. Los que estamos ahora y ya tenemos cierta edad ya no sé si lo veremos pero quienes están ahora en la carrera con un poco de suerte van a tener ya unos itinerarios y una carrera profesional seria, atractiva para después de la etapa predoctoral.