Cuarenta millones de muertos en todo el mundo, unos 60.000 en España, es el dramático balance que dejan tras de sí cuatro décadas de VIH. Aquella enfermedad causada por un virus desconocido que a principios de los años 80 atacaba a toxicómanos y homosexuales es hoy una dolencia crónica que, bien tratada, permite llevar una vida normal, aunque continúe sin tener cura. Tampoco se ha logrado una vacuna eficaz y sobre los afectados todavía pesa, de forma cruel, la losa del estigma.

El VIH dio la cara en España en octubre de 1981, cuando un equipo de internistas del Hospital Vall d’Hebrón de Barcelona diagnosticó el primer caso de sida, la fase final de la infección por VIH. El médico coruñés José Domingo Pedreira fue testigo y parte de ese capítulo de la historia de la medicina española, no obstante, en aquel momento era adjunto de Medicina Interna en el centro hospitalario barcelonés, donde ya había realizado la residencia. “Recuerdo perfectamente a aquel paciente. Era un hombre homosexual, consumidor de drogas y, aunque era español, procedía de Nueva York, donde se acababa de descubrir el VIH. El enfermo sufría toxoplasmosis, un proceso que antes era muy habitual en el sida, y presentaba, entre otra sintomatología, un trastorno de conciencia y parálisis. No sabíamos muy bien a qué nos enfrentábamos hasta que, revisando los pocos datos que había publicados, llegamos al diagnóstico de sida”, recuerda el doctor Pedreira, quien asegura que la comunidad médica ya venía advirtiendo, desde finales de los años 70, de que “el consumo de drogas iba a derivar en una patología importante”.

“Aún así, cuando apareció el sida nos llevamos una gran sorpresa, porque la enfermedad era muy fulminante. De hecho, ese primer paciente falleció muy pronto, porque tampoco había tratamiento. Aquellos momentos los vivimos con mucho miedo, pues pensábamos que los contagios iban a ser más intensos de lo que eran. Había muy poco casos descritos, veíamos que unos eran por adicción a drogas por vía intravenosa y que otros se daban entre personas homosexuales, pero no sabíamos casi nada sobre el virus y no había más remedio que esperar. Fue bastante angustioso”, reconoce.

Pocos meses después de ese primer diagnóstico de sida en España, el doctor Pedreira se trasladó del Vall d’Hebrón a su ciudad, A Coruña, para ponerse al frente del Servicio de Medicina Interna del actual Hospital Universitario, entonces Juan Canalejo. “Ya conocía la enfermedad, porque habíamos visto ese caso en Barcelona. No obstante, los sucesivos diagnósticos, en España, fueron llegando muy poco a poco, e inicialmente no hubo, por así decirlo, una explosión de contagios. En A Coruña, de hecho, no detectamos el primer caso de sida hasta el 4 de diciembre de 1984, y fue también el primer diagnóstico en Galicia. El paciente era un joven de Os Mallos, consumidor de drogas, que ingresó en nuestro hospital con una tuberculosis diseminada y muchas adenopatías (ganglios inflamados) en el abdomen. Su sintomatología nos sorprendió bastante, y al principio nos costó interpretarla. Yo recordaba el caso de Barcelona, pero en aquel momento las pruebas del sida eran muy difíciles de hacer, pese a que ya habían pasado tres años de la aparición de los primeros casos. No había un test sistematizado en los laboratorios, como ahora, y la única opción que teníamos era enviar el suero del paciente al Instituto de Salud Carlos III de Madrid. Fue lo que hicimos, y allí nos confirmaron el positivo”, refiere.

Tras ese primer diagnóstico gallego e igual que sucedió en Barcelona, de nuevo, el miedo. “Había mucho temor a los contagios, incluso entre los compañeros del hospital. Nadie quería trabajar con pacientes con sida. Estaban muy relegados, pese a que ya se conocían algunos datos más sobre una enfermedad que, en aquel momento era una condena de muerte y que, además, se relacionaba con colectivos que sufrían una gran discriminación, como los adictos a las drogas y los homosexuales. Eso provocó que los afectados sufriesen un grado de rechazo social todavía mayor. Eran pacientes casi despreciados. Cualquier persona podía y puede contraer el VIH, pero en aquel momento se creía que era un virus de marginados y de gente que no cumplía las normas. Evidentemente, era un error”, resalta.

Álvaro Mena, en el Hospital Universitario de A Coruña. | // VÍCTOR ECHAVE

En los “dos o tres años siguientes”, los especialistas de Medicina Interna del hospital coruñés apenas veían “tres o cuatro” casos de sida anualmente, no obstante, en 1987 se optó por abrir una Unidad específica para el abordaje de esa enfermedad —el germen de la actual Unidad de Enfermedades infecciosas-VIH del Chuac—, al tiempo que se ponía en marcha otra similar en Santiago. “Ya había un grupo de médicos y enfermeras especializados en sida, y la prueba de detección se realizaba en los laboratorios de los centros hospitalarios. En aquellos años se llevó a cabo, también, una campaña nacional, muy pionera, que recomendaba el uso del preservativo, y en A Coruña fue impulsada por el gerente del hospital, Francisco Cerviño. Se llenó la ciudad de pósteres y carteles con mensajes que incidían en la prevención y tuvo un gran impacto en una época en la que no era nada fácil hacer algo así. A los profesionales sanitarios que trabajábamos en este ámbito muchas veces se nos llegó a acusar de liberalizar las relaciones sexuales”, recuerda.

El periodo comprendido entre los años 1987 y 1996 fue “muy interesante” porque “empezó a haber tratamientos, aunque poco efectivos” y “el número de casos de sida explosionó”, apunta el doctor Pedreira, quien advierte de que el pico de diagnósticos se produjo “en 1992 y 1993”, cuando solo en A Coruña se llegaron a ver “más de cien casos de sida cada año”. “Eso significaba que los positivos eran entre seis y diez veces más”, subraya. En 1987 se inició el primer tratamiento con zidovudina y, “a partir de ahí, empezaron a aparecer otros medicamentos”. “Los pacientes llegaban a tomar 18 pastillas al día, sin demasiada efectividad. Algún enfermo se llegó a mantener durante un tiempo, pero con muchos efectos secundarios”, señala el especialista coruñés, quien destaca que “el gran cambio” se produjo en 1996, con la aparición de los inhibidores de la proteasa. “Fue, probablemente, la fecha más importante en el tratamiento del sida. Se inició el control de la enfermedad y algunos enfermos empezaron a sobrevivir. En mi consulta privada [está jubilado del Sergas] tengo, de hecho, algún paciente de esa época”, recalca.

Panorama actual

Ese punto de inflexión puso los cimientos del tratamiento actual de la infección por VIH, convertida en una “enfermedad crónica”. Ya no se habla de sida (los pacientes no llegan a esa fase) y la Unidad de Enfermedades Infecciosas-VIH del Chuac atiende a “a todos los afectados del área sanitaria coruñesa, entre 1.400 y 1.500”, a quienes se hace “seguimiento”. “El número de nuevos diagnósticos ha bajado un poco en los últimos años. Cierto es que los datos de 2020 hay que mirarlos con cautela, porque puede haber un infradiagnóstico por la falta de acceso a los recursos provocada por la pandemia de COVID”, apunta Álvaro Mena, especialista de esa Unidad, quien reconoce que los objetivos que centran, hoy por hoy, la labor diaria de los profesionales de ese servicio hospitalario son “un poco diferentes a los de hace unos años”. “Continuamos procurando que los pacientes con VIH tomen el tratamiento para que la infección sea indetectable y mejore su calidad de vida, pero esto es algo que ya conseguimos en el 95% de los casos y, por tanto, ha dejado de ser un reto. De un tiempo a esta parte, hemos generado modelos diferentes de seguimiento para adaptarnos más a la vida personal y laboral de los ciudadanos que acuden a nuestras consultas, y buscar otras cuestiones que puedan serles útiles para implementar su salud, algo que puede variar de unos pacientes a otros, porque en nuestra Unidad vemos realidades diferentes. Por un lado, están los jóvenes con infección de transmisión sexual, con problemáticas concretas que hay que solventar; por otro, hay grupo grande de pacientes mayores de 60, e incluso de 70 años, un perfil que hace 15 era inexistente. Ante esta nueva realidad, urge dar salida, también, a los problemas asociados a la edad, la fragilidad o las comorbilidades”, refiere.

La prevención ha sido siempre un objetivo prioritario en la lucha contra el VIH y, en este sentido, se han producido también importantes novedades en los últimos tiempos, con la incorporación de la denominada PrEP (profilaxis preexposición), fármacos que toman las personas en riesgo de infectarse con el virus para evitar el contagio a través de la vía sexual o del consumo de drogas inyectables. “Es una medida aceptada, útil, que también ofrecemos en nuestra Unidad y que creemos va a tener un impacto favorable en la disminución del número de infecciones”, sostiene Mena, quien expone que, vinculado con el uso de la PrEP o no, los facultativos del Chuac vienen constatando, “desde hace años”, un descenso en los diagnósticos de la infección por VIH en la demarcación coruñesa. “Estábamos registrando entre 70 y 80 nuevas infecciones cada año, pero en el último lustro cayeron los diagnósticos, en paralelo a lo acontecido en toda España, y también en Galicia, aunque en el conjunto de la comunidad gallega nuestra área bajó un poco menos. Hoy estamos en torno a 50 ó 60 nuevos casos cada año, sin tener en cuenta, obviamente, los datos de 2020,”, reitera.

En cuanto al perfil de los nuevos infectados, el especialista de la Unidad de VIH del complejo hospitalario coruñés asegura que, “en prácticamente el cien por cien” de los casos, la transmisión se produce “por la vía sexual”. “La mayor parte de los nuevos contagiados son hombres que tienen sexo con hombres y, en cuanto a la edad, en general, la mayoría son jóvenes, aunque a veces se infectan también personas mayores. En estos casos, el diagnóstico tiende a ser más tardío, algo que nos preocupa”, resalta Mena, quien especifica que “la edad y ser mujer” son los principales factores de riesgo para la detección tardía del VIH. “Muchas veces, porque no se sospecha haber contraído esa infección y, cuando se accede al sistema sanitario, quizás se enciende menos la luz de esa posibilidad”, sugiere.

A la hora de comunicar un diagnóstico de VIH, Mena reconoce encontrarse “siempre, con una dualidad”. “El paciente se enfrenta a la noticia de que tiene una infección crónica, por tanto, sin tratamiento curativo. Hay que explicarle que esto es algo que sucede en la mayoría de las enfermedades y que, además, esa parte orgánica ha mejorado muchísimo. Nuestros pacientes están, de hecho, perfectamente controlados y hacen una vida totalmente normal tomando, en la mayor parte de los casos, una pastilla al día. Pero está también la parte del estigma. Si a un paciente le dices que tiene hipertensión o diabetes, el impacto al salir de la consulta es menor. La persona con VIH tiene que enfrentarse a su vida familiar y social con esa infección y la carga, a veces, es muy pesada”, recalca, y continúa: “Es llamativo que en la parte médica, la que a priori debería resultar más costosa, tanto desde el punto de vista económico como del desarrollo científico, se haya avanzado tanto y, sin embargo, el estigma continúe siendo una losa tan pesada”, incide Mena, quien considera que “visibilizar más” la realidad del VIH, contribuirá a “que se diagnostique también más” la infección y a que “se pueda acabar con el problema del estigma”. “Ahora sabemos que las personas tratadas, con el virus indetectable, no transmiten la infección y pueden tener relaciones sexuales sin protección. Esto significa que, si todo el mundo estuviese diagnosticado y se tratase, no habría transmisiones. Si se mantienen es por la bolsa de ciudadanos que están sin diagnosticar”, afirma. Es más seguro, por tanto, acostarse con una persona diagnosticada con VIH que reciba tratamiento que con otra presuntamente sana que jamás se haya hecho una prueba e ignore que esté infectada. Y lo esté.

Esa “bolsa de ciudadanos sin diagnosticar” a la que se alude el doctor Mena es el eslabón más débil de la lucha contra el VIH. Los expertos estiman que, en España, podría haber 30.000 personas en esa situación. Someterse a un test rápido de detección del virus, si se ha mantenido alguna conducta de riesgo, es “fundamental” para romper la cadena de transmisión.

“Las pruebas de VIH son gratuitas y con un resultado muy rápido y de alta calidad. Además, existe una profilaxis posexposición (PEP), que se puede realizar en las cuatro semanas posteriores a haber tenido una relación de riesgo, y que también minimiza mucho el contagio en esas situaciones. Hay alternativas”, expone el especialista de la Unidad de VIH del complejo hospitalario coruñés, quien insiste, no obstante, en que “meter la cabeza bajo tierra, como un avestruz, no funciona”. “Ante una conducta de riesgo, es mejor afrontar la realidad y hacerse la prueba del VIH. El resultado estará en 24 horas, o incluso antes si se utiliza un test rápido de saliva, un tipo de prueba que en A Coruña ofrecen varias asociaciones. Se puede realizar de forma anónima y gratuita, y en 20 minutos está listo. Nadie va a cuestionar a quienes se realicen la prueba y nosotros, por supuesto, tampoco lo vamos a hacer”, subraya el doctor Mena. “Nuestro único objetivo es procurar el bien de las personas y la salud global. Nos limitamos a hacer educación sanitaria. No estamos para evaluar o juzgar. Ni siquiera para recomendar”, incide.

Sobre las novedades terapéuticas en el manejo del VIH, Álvaro Mena asegura que los actuales tratamientos, “en cuanto a eficacia y tolerancia, no pueden mejorar mucho”, porque “están en unos niveles altísimos”. “A principios de 2022, vamos a disponer de nuevas vías de administración de esos fármacos, como la inyectable, a la que ya se recurre en otras patologías y que hace más cómoda la vida de algunas personas, porque no se tienen que tomar una pastilla cada día. Se ponen una inyección, cada dos meses, y se olvidan. Y esto, aunque nos parezca curioso, mejora mucho también la vida de los pacientes, en el sentido de que les hace olvidar, en cierto modo, que están infectados, porque en el día a día no tienen que ver el bote de pastillas, ni el prospecto... y eso les ayuda bastante a nivel mental”, señala el especialista del Chuac, quien anticipa que a esos primeros avances en los tratamientos de acción prolongada (long acting) les seguirán otros. “Habrá distintos tipos de inyecciones, pastillas semanales en lugar de diarias... se va a trabajar mucho en formulaciones a largo plazo”, refiere.

El “siguiente peldaño”, apunta Mena, es “lograr un tratamiento curativo de la infección por alguna de las vías”, y otro “escalón” en el que “se está trabajando bastante y que también es interesante”, avanza, es “en desarrollar una vacuna preventiva”. “Quizás esto no sea tan eficiente para la población general en nuestro entorno, pero no debemos olvidar que la situación de la pandemia de VIH en el mundo occidental no es la misma que a nivel global. En el continente africano, y en otros países, sí sería muy útil que se lograse desarrollar una vacuna de este tipo”, concluye.