Kiosco

La Opinión de A Coruña

10 años de Tinder alborotan la soltería

Vivir en una rueda sin fin de citas, descartes y rechazos provoca “hartazgo” entre un grueso de usuarios

Usuarias de Tinder muestran su perfil de la aplicación. | // ZOWY VOETEN

Swipe left. Swipe right. Match. Unmatch. Términos que resultan prácticamente indispensables para encontrar el amor en pleno 2022, pero que hace justo una década serían anglicismos totalmente vacíos de contenido. Esta semana, Tinder celebra su décimo cumpleaños, y lo hace con unas cifras al alza que no legitiman su reinado digital.

Tinder, cabe decir, no fue la primera aplicación dedicada a encontrar el amor, pero sí ha sido la que ha logrado sacudir el mercado de las citas por su fácil sistema de filtraje y la velocidad con la que se pueden consumir pretendientes. “Es la revolución del dating (citas)”, decía The Times en 2014, explicando el fenómeno de esta app (para entonces, una desconocida en auge), alabando a la vez las facilidades que aportaba y condenando con tono tremendista cómo iban a cambiar las relaciones personales. Diez años después toca reflexionar: ¿ha sido una revolución o un retroceso?

Antes y después

El mundo pre y post Tinder “es muy diferente”, corrobora la psicóloga, sexóloga y terapeuta de parejas Núria Jorba. Uno de los principales cambios es que, “tras Tinder, lo que se busca es la inmediatez”. Es decir, “hay menos flexibilidad, menos adaptabilidad y más exigencia”.

Carme Sánchez Martín, psicóloga clínica y sexóloga, coincide, y asegura que es porque con la aparición de la app en el mainstream, se creyó que sería la panacea a la hora de conocer gente nueva, una herramienta con una infinidad de posibilidades. Así, si alguien no funciona, se descarta rápido. “Es algo que veo mucho en mis pacientes”, comenta la sexóloga, quien añade que las relaciones sexoafectivas se están convirtiendo “en una cuestión de consumo”. Lo resume en la idea del “usar y tirar”, como en “un supermercado” donde los productos son humanos.

“Es agotador porque tienes que estar pendiente todo el rato”, cuenta Carla, de 41 años. “Si un día no estás mirando la ‘app’ […] quizá tu match se pone a hablar con otra persona y ya está, se acabó tu estrechísima ventana de oportunidad”, se lamenta Núria Jorba.

‘Ghosting’ inevitable

En eso coincide Miguel, de 37 años, que asegura que “el ghosting (la desaparición súbita) es inevitable cuando tienes tanta oferta a tu alcance”, porque puedes permitirte desaparecer sin dar oportunidades y porque seguro que sale cualquier otro “igual o mejor”. Para Sílvia, de 29 años, la clave es “ser cínico”. “Para mí, lo peor que me puede pasar es que me guste alguien”, afirma. “Porque entonces estoy constantemente sufriendo por si la cago. Me he pasado horas leyendo mis mensajes antes de enviarlos para que sean perfectos y que no pierdan el interés. Si hasta decidí ponerme una foto en bikini, así si la lío no me desharán el match porque estoy buena”, bromea.

Sobre este consumismo de cuerpos ha hablado largo y tendido la socióloga y autora Eva Illouz. Estadísticamente, “Tinder es una tecnomercancía emocional, es decir, una mercancía que proporciona emociones y utiliza la tecnología. Y es una tecnomercancía emocional que altera profundamente las formas corrientes de socialización”, asegura en un artículo, muy crítica con estas dinámicas que se generan en la app.

En resumidas cuentas, Illouz dice algo obvio, pero difícil de tragar para los que conservan la esperanza de encontrar el amor vía digital: Tinder es una app que funciona porque existe la soltería y, por lo tanto, su mercancía para prosperar son las experiencias emocionales.

Necesita que invirtamos en ella con nuestras ilusiones y esperanzas, y que se rompan, y así seguir en el bucle de la app. Incluso el sistema de derecha e izquierda, esos ‘matches’ (el me gusta recíproco) hechos con tanta rapidez, nos obliga a no pensar, a simplemente recibir estímulos y llenarnos de emociones, con la creencia de que en el siguiente swipe (descartas deslizando a la izquierda, y aceptas haciéndolo a la derecha) estará el match perfecto. Un comportamiento que despierta las respuestas emocionales similares al “una tirada más y ganaré” en unas tragaperras. Este constante estímulo hace que, según añade Jorba, los procesos emocionales sean también breves. Lo compara con conocer a alguien a través de amigos: “Conoces a alguien, va mal, lo digieres, te frustras, pasas el duelo y después, con el tiempo, conoces a otra persona”. Pero en Tinder, con esta constante de matches y rechazos, “se van encadenando los duelos”, advierte.

“Convives con el rechazo”

“Mi móvil es un cementerio de citas. Si pongo ‘Tinder’ en el buscador me salen más de 20 tíos con los que empecé a hablar y nunca llegamos a nada. Un recordatorio de mis rechazos”, se lamenta Joaquín, de 34 años. Algo similar le sucede a Aitana, de 27: “Es ir a un súper en el que vas mirando y descartando, y te van mirando y descartando. Convives con el rechazo y eso te hace sentir expuesta y vulnerable. Rechazas y te rechazan en un bucle sin fin”.

Ambos resumen su experiencia en la app como “hartazgo”. Y es un fenómeno muy común, tanto, que ya se habla del burn-out de Tinder. Es decir, estar quemadísimo de estas dinámicas y renegar de ligar por Internet. “Me agota el ‘hola, ¿qué tal?’, ‘bien, ¿y tú?’. Paso. No pienso tener conversaciones superfluas que no llegarán a ningún lado”, asevera Joaquín. Para la psicóloga Núria Jorba está claro: la saturación y el desgaste son fruto del sistema de la inmediatez, que dificulta la digestión emocional al proporcionar tantos estímulos constantes y, encima, negativos.

Y aunque hay sectores donde se ha demonizado Tinder, también ha sido muy laureado por aquellos que solo buscan algo rapidito: “Hacer vínculos es muy difícil, pero es útil cuando quieres tener algún encuentro casual o esporádico”, comenta Aitana. También para el colectivo LGTBI: “En mi pueblo y en mi grupo de amigos no había ningún gay. Gracias a Tinder, he conocido a gente. Toda mi vida romántica se resume a Tinder, literalmente”, dice Guillem, de 19 años.

Al final, como concluye la psicóloga clínica Carme Sánchez Martín, “es una herramienta más”, y “tiene un lenguaje propio”, y demonizarla no sirve de nada: lo mejor es entender sus códigos, y así ajustar las expectativas a un terreno asequible, para no acabar dañado, claro.

Compartir el artículo

stats