Kiosco La Opinión de A Coruña

La Opinión de A Coruña

Escritora

Vivian Gornick: “Siempre he deseado ser una mujer negra en Nueva York”

“El feminismo fue mi gran formación. Me abrió los ojos y me dio un objetivo vital”

La escritora norteamericana Vivian Gornick. | // MITCHELL BACH

Vivian Gornick es la gran maestra de la autoficción. El Bronx, Nueva York, 1935. De padres judíos comunistas, descubrió que era escritora a los 35 años, cuando encontró una causa para ello: el feminismo, convirtiéndose en una de sus voces más autorizadas en Estados Unidos. Sus relatos y ensayos de la memoria acarician el alma a machetazos. Publica El fin de la novela de amor (Sexto Pisto), donde cuestiona el supuesto poder transformador de este sentimiento, que viene a ser el gran apego o la rémora de su vida. Lo hace, una vez más, a través de algunas de sus lecturas favoritas, de autores como Willa Cather, Virginia Woolf, Grace Paley, Richard Ford, Raymond Carver o Jane Smiley. Es una representante del “periodismo personal”, que deleita al lector como habían hecho Truman Capote o Tom Wolfe, y mucho antes aún, Mark Twain o Daniel Defoe. Un género que Gornick iba a derivar en algo así como crítica personal, donde ella misma es siempre la narradora y la primera persona que está en el lugar de los hechos o las emociones.

¿Alguna vez sintió que había nacido en el lugar y las circunstancias equivocadas? Dice usted misma que quienes así se sienten llevan inoculado el gen de la anarquía y el anticonvencionalismo.

Sí, me siento así con frecuencia. De hecho, siempre he deseado ser una mujer negra en Nueva York durante la Segunda Guerra Mundial. Ser una joven profesional negra en aquellos años, luchando por ser independiente, se me antoja fascinante. En una sociedad civil todavía desarmada, me entiende, ¿no?

Sí, claro, sé de su grave preocupación por las armas “civiles” en su país. Empezó a escribir para The Villlage Voice a los 35 años y por puro azar. ¿Cómo es que se convirtió en crítica literaria en lugar de dedicarse a los asuntos sociales, dado el compromiso que entonces adquirió con la lucha feminista?

Oh, es que yo considero que hago crítica social, desde el principio. Eso significaba escribir en el Village: todos éramos analistas sociales y era el lugar donde mejor practicar el periodismo personal; donde yo me sentía cómoda, utilizando la experiencia personal para hacer una crítica social muy vinculada al feminismo.

¿Y la crítica literaria, de dónde surge?

La literatura es mi otra gran pasión. Mi vida siempre ha estado unida de forma natural a los libros y, después de dedicarme unos años en exclusiva a ser reportera del movimiento feminista, empecé a practicar la crítica literaria, que en el fondo siempre estuvo ahí. Fui creciendo en esta faceta pero no sé explicar cómo ni por qué. Pero mi crítica literaria siempre ha estado construida desde un punto de vista social: no es estética.

Lo cierto es que al principio no se tomaba a sí misma en serio, cuenta en Mirarse de frente, hasta que no fue consciente de que aquello que escribía era “periodismo personal”. ¿Podría explicarnos con exactitud cómo es este tipo de crónica?

Es un género donde el escritor se utiliza a sí mismo y su experiencia personal para iluminar e interpretar el asunto del que trata. Obviamente el narrador no solo habla en primera persona, sino que es el mismo escritor. Y no pretende ser objetivo sino que es un narrador declaradamente subjetivo, comprometido con el mundo.

Escribe sus opiniones y observaciones de un modo tan lírico y a la vez contundente que, ¿sería ajustado hablar de ensayos poéticos, al modo que también nos referimos a la prosa poética?

Oh, es muy halagador, gracias. Creo que esta impresión viene dada porque me empeño de tal modo en escribir frases tan claras y simples… Es lo que mejor se me da. No me pregunte por qué, nunca he escrito poesía, pero la claridad lo es todo para mí y siempre trabajo en pos de ella.

Bueno, no era un cumplido sino una impresión. ¿La vida es tan terrible y fabulosa al mismo tiempo que no ha sentido nunca la necesidad de inventar un argumento ficticio?

No, no es ese el motivo por el que nunca he escrito ficción, de hecho lo intenté, pero no salió nada bueno: las historias no tenían vida. La ficción procede de una zona de la imaginación que no se puede obviar, porque sería terrible, es importante que exista, como la poesía. La ficción nos cuenta historias, y nada hay más interesante, todo aquel que escribe quiere contar una historia. La ficción será siempre necesaria. Pero yo descubrí que no era una escritora de ficción, que necesitaba escribir directamente desde mi experiencia, desde mi propia voz y no desde un narrador imaginado, y uno se debe al único género que le es natural y el mío no es la ficción sino la narrativa personal. También los novelistas crean personajes a través de los que hablan y en los que se proyectan, pero yo tengo esta relación especial entre mi voz real y la prosa.

Construye de hecho relatos hipnóticos a partir de la más pequeña experiencia, un trayecto en autobús, pongamos. ¿Se siente pionera de la autoficción?

Una más de entre otros muchos y anteriores escritores que han practicado la narrativa personal o autoficción, que sí, está muy de moda hoy.

Tomemos como ejemplo a Natalia Ginzburg, que es una de sus referencias clave: su forma de narrar es casi siempre memorialística o personal, y sin embargo sus obras se presentan como libros de ficción. ¿Cuál es la diferencia entre sus novelas y cuentos de la memoria y los de Vivian Gornick?

Ginzburg escribió ambos géneros, novelas de ficción y relatos personales de la memoria no ficticios, que en mi opinión es lo mejor que ha hecho; ensayos memorialísticos, como Las pequeñas virtudes, que considero su obra mayor, mientras que sus novelas me parecen menores.

Fue usted en cierto modo una adolescente hasta que a los 35 años abrazó el feminismo y se liberó de la dependencia del amor, pero ¿qué fue primero, la lucha por la emancipación de la mujer o su huida del romanticismo?

Bueno, nunca he logrado liberarme de esa dependencia, ojalá lo hubiera conseguido. El feminismo fue mi gran formación y me proporcionó un motivo de lucha por la liberación de la mujer. Me abrió los ojos y me proporcionó un objetivo vital.

¿No es anacrónico que las mujeres estemos todavía reivindicando la igualdad? Estoy pensando en los 21 millones de mujeres estadounidenses que acaban de perder su derecho al aborto, por ejemplo.

Es algo terrible y vergonzoso, y una muestra más de lo larguísima que está siendo esta lucha, lo que cuesta cambiar el punto de vista de una sociedad. El derecho al aborto es algo tan básico y, mire, está costando más de cien años garantizarlo.

Teniendo en cuenta su experiencia, o sea su literatura, ¿podríamos aseverar que uno no es maduro hasta que no acepta su propia soledad?

Me parece un buen axioma, yo no podría formularlo mejor (risas).

¿Cuándo empezó usted a sentirse cómoda en esa soledad?

Nunca (se ríe más), lo siento; vivo con ello, pero no me siento nada cómoda en mi soledad. No creo que el ser humano sea una criatura solitaria. Necesitamos compañía y es duro renunciar a ello.

¿Ha conseguido al menos tener un corazón endurecido o sigue siendo vulnerable al amor?

Sigo siendo vulnerable, y sigo luchando contra ello. Es verdad, es mi forma de ser.

Usted misma ha contado que cuando era niña deseaba profundamente ser chico para emanciparse de las limitaciones del género. ¿Alguna vez ha tenido dudas sobre su orientación sexual?

No, jamás.

¿Le gustaría ser joven ahora y tener al alcance de la mano la enorme variedad de opciones sexuales que hoy se contemplan?

Esta cuestión de transgénero no tiene nada que ver conmigo, no tengo ese tipo de impulso: nunca me sentí dentro de un cuerpo equivocado ni dudé de mi condición femenina. Al contrario, siempre he reivindicado mi feminidad, pero sí deseaba tener los mismos derechos de los que disfrutan los hombres en esta sociedad tan masculina.

¿Realmente cree que hombres y mujeres somos dos especies animales diferenciadas?

Creo que en el género humano se dan dos versiones, y me gustaría vivir en un mundo donde la irrevocable humanidad inherente a cada uno de nosotros tuviera mucha mayor importancia que la masculinidad y la feminidad.

Compartir el artículo

stats