Galicia sigue sin tocar techo en el consumo de antidepresivos: un 52% más en diez años

La pandemia elevó las peticiones de ayuda para problemas de salud mental | Expertos asocian el alto uso de medicamentos a un sistema que prioriza la solución farmacológica

Aumento del consumo de antidepresivos en Galicia

Aumento del consumo de antidepresivos en Galicia / FDV

C. Villar

Ansiedad y depresión. Son los dos diagnósticos que más se repiten en las consultas de los profesionales de salud mental en Galicia, y no solo entre los especialistas que trabajan en el Sergas, sino también en los despachos privados. En unos y en otros, desde la irrupción de la pandemia, los ciudadanos tienen que armarse de paciencia para conseguir una cita. Las últimas listas de espera difundidas por la Consellería de Sanidade muestran cómo, en el caso de los psiquiatras, se han batido los récords de los últimos años, con 10.431 pacientes pendientes de un encuentro con estos facultativos a finales de 2023, casi 1.600 personas más que un año atrás, y tienen que aguardar 23 días más de media que entonces.

Y eso se produce a pesar de que el sistema de salud mental de Galicia está sobre todo enfocado a la psiquiatría, más que a la psicología, como señalan desde el Colexio Oficial de Psicólogos de Galicia. De hecho, para el presidente de la Sección de Psicoloxía e Saúde de la entidad, Xacobe Abel Fernández García, el que la salud mental se aborde de esa manera, priorizando las soluciones farmacológicas, tiene mucho que ver en que la comunidad gallega marque un año más —con datos de 2023 publicados por el Ministerio de Sanidad— un máximo histórico en consumo de antidepresivos. Y ya van once consecutivos de incremento continuo.

Con ese comportamiento, además, Galicia vuelve a erigirse en líder del Estado en el recurso a este tipo de medicación, con el dato de 152 dosis diarias por mil habitantes, que representan un 49% más que la media del conjunto autonómico, que evoluciona también al alza con 102, 6 dosis diarias por mil habitantes. Solo la vecina Asturias le pisa los talones a la comunidad gallega, al rozar las 150 dosis, y en eso tiene también que ver la demografía: en ambos territorios la población mayor va ganando terreno y se trata de un colectivo que demanda una mayor asistencia sanitaria, incluida la psicológica y la psiquiátrica, que la media, como apuntan expertos.

No obstante, esa no sería la única explicación a esa progresión constante sostenida a lo largo de más de una década, con un salto sustancial de un 20% desde que hizo su aparición el COVID. En esa situación de crisis sanitaria afloraron muchos problemas de salud mental y, de hecho, la Xunta elaboró un plan específico para abordarlos en la pospandemia al entender, siguiendo los augurios de la OMS, que las repercusiones de la emergencia sobre el estado anímico de los ciudadanos se prolongarían a medio plazo.

Aunque no hay datos actualizados sobre la prevalencia de este tipo de problemas en la comunidad, la Encuesta Europea de Salud de 2020 apuntaba, ya entonces, que más de 76.000 gallegos padecían cuadros depresivos mayores y casi otros 53.000 presentaba otras de menor intensidad. Y eso antes de la irrupción de la pandemia. Hay que tener en cuenta que solo desde ese año, el consumo de antidepresivos se incrementó en la comunidad un 16%.

Pero ¿qué es un “antidepresivo”? Fernández García lo explica en ese contexto de priorización de la solución farmacológica que pone en cuestión. Para este psicólogo, la industria farmacéutica sabe “mucho” de cómo “vender” su producto y antidepresivo, esa palabra como tal, señala, “no deja de ser un nombre más o menos comercial”. “Tú cuando vendes un antihipertensivo, sabes que es para que la tensión te baje; un antipirético, la temperatura. Si decimos antidepresivo, parece que te baja la depresión, pero no deja de ser un mecanismo de venta de algo que puede ser útil en ciertas personas que están pasando por momentos de tristeza o de falta de ánimo o de placer de las cosas que antes hacían con placer, pero no revierte la depresión por sí misma porque no hay un indicador que baje con ese fármaco”, aduce. No es comprobable ni matemático como en los otros casos, dice.

La cuestión entonces sería para qué sirven estos fármacos. El presidente de la sección de Psicoloxía e Saúde del Colexio Oficial de Psicólogos de Galicia lo resume así: “Para aumentar el control ante un descontrol emocional”. “Digamos”, explica, “que restringe el abanico de emociones intensas y permite a las personas bajarle un par de grados de fuerza a esas emociones y con eso gestionarlas mejor”. Así, concede “quizás” utilizar este tipo de recursos para “salir” de un “círculo vicioso” donde esa “intensidad de las emociones” tiene un papel “activo”. Pero, avisa, “hay muchos casos en que esa bajada de emocionalidad no es suficiente o genera expectativas inadecuadas”, del tipo “esperar estar alegre por tomarte el antidepresivo o esperar que los problemas se solucionen o esperar que las cosas te dejen de doler”. En todo caso, se puede dar para personas tristes depresión o para quienes tienen ataques de pánico y pueden ser útiles en personas con tendencia a la agresividad.

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