Limón & vinagre

En un país con llamas

Evo Morales | Expresidente de Bolivia

albert soler

En Latinoamérica nunca queda claro cuántas veces puede el presidente de un país volver a presentarse al cargo. Si la Constitución dice que un par, se reforma para que puedan ser cinco, y si no se reforma por las buenas, se reforma por las malas. Más al norte, en EEUU, es más sencillo, y tras un par de mandatos puede sustituir al presidente su hijo, su cónyuge o su hombre de confianza, para que todo cambie y las cosas sigan igual.

A Evo Morales se le ha puesto entre ceja y ceja —y eso que ahí no le caben muchas cosas— volver a presidir Bolivia. Bolivia está muy arriba, no en el ranking de países ricos sino geográficamente. Presidir Bolivia debe parecerse a presidir el Tíbet, con llamas en lugar de lamas y sin los chinos cerca, aunque con los norteamericanos no muy lejos, lo cual no es más tranquilizador, porque forma parte de su “patio trasero”, y los yanquis hacen en sus patios traseros lo que no se atreven a llevar a cabo en la puerta.

La Constitución boliviana no permite que alguien sea presidente muchas veces —no me pregunten cuántas, no lo saben con certeza ni en Bolivia, menos voy a saberlo yo—, pero ya hemos dicho que eso no tiene importancia en tales latitudes. Además, Evo Morales es de extracción humilde y las constituciones las suelen dictar los poderosos, precisamente para salvaguardar su posición. Morales fue en su juventud, aunque es más acertado decir en su niñez, pastor de llamas; no sé cómo funciona el pastoreo en el altiplano, pero en mi barrio tenemos un jubilado que de niño fue pastor de cabras en su Andalucía natal, y más de una vez ha contado sin ahorrar detalles sus encuentros amorosos con animales a su cargo, aunque a fuer de sinceros, los oyentes nos hemos quedado con la impresión de que, más que amorosos, eran meramente sexuales; a veces la frontera entre sexo y amor es fina como pelo de cabra. Esas cosas marcan, y alguien que pasa las horas con herbívoras solitarias, por fuerza termina albergando algún sentimiento hacia ellas. Desconozco si fue el caso también de Morales, puesto que ignoro si llamas andinas y cabras de Sierra Morena comparten furor uterino, pero no sería yo quien se lo reprochara. Morales fue también cocalero, que no cocacolero, eso lo son sus vecinos del norte. El cultivo de coca es tradición ancestral en Bolivia, que el dirigente campesino defendió con uñas y dientes, sobre todo con dientes, porque mascarla es también arraigada costumbre, y sus pronunciadas quijadas permiten intuir que se afanaba en ello. Desde España puede parecernos un vicio feo, pero, por comparar, sería como si los pastores andaluces se pasaran el día mascando jamón ibérico. ¿A que ya no suena tan mal? En cada zona geográfica se masca lo que hay a mano, por eso los pastores africanos mascan algún pedrusco, a lo sumo.

Bolivia es un país casi siempre en llamas, no en vano es su animal icónico. De hecho, toda Latinoamérica no es más que un reflejo de la madre patria de hace un par de siglos, cuando el mes que no había un intento de golpe de Estado había un pronunciamiento militar, como forma que los generales tenían de advertir a los gobernantes que no se desmadraran con sus políticas o acabarían mal. Y así solían acabar. Por eso, Evo Morales no acaba de creerse el intento de golpe de Estado que hace unos días hubo en Bolivia —autogolpe lo llama él, otra vez las icónicas llamas— contra el actual presidente, Arce, y lo atribuye a un intento de impedirle volver a presentarse. Arce, en cambio, culpa solapadamente de ello a Morales por lo contrario: para conseguir volver a presentarse a la presidencia. Nada nuevo bajo el sol, y menos en Latinoamérica, donde tanto luce.

Gas y litio

Evo es también nombre de banco, algo tendrá que ver el dinero en lo que pasa. En los últimos tiempos los países pobres se ponen contentos al descubrir que en sus tierras hay gas y litio. Si existe Dios habría que preguntarle por qué razón, millones de años después de crear la Tierra, ha permitido a esas gentes hacerse ilusiones hallando materias primas que necesitan los países ricos. Dios, si existe, nos explicaría que no deja de ser una de sus chanzas: permite crearse esperanzas para que después continúen siendo pobres, si no más, puesto que de las explotaciones se van a seguir beneficiando los países ricos y ellos continuarán igual de miserables. Dios es muy bromista. Bolivia es uno de esos países que se ha llegado a creer que por tener gas y litio va a salir de pobre, tan contentos están que ni siquiera oyen las carcajadas de los dirigentes de oligopolios internacionales riéndose de tal ocurrencia. Mientras, Morales y Arce siguen a lo suyo.