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IX Foro de Educación

Oriol Rosell, docente y divulgador cultural: «Los chavales ya saben que una canción no va a cambiar nada»

El analista cultural participará en el IX Foro de Educación para dar respuesta al título de su último ensayo, Matar al papito: Por qué no te gusta el reguetón (y a tus hijos sí), una conferencia perfecta para los padres de los adolescentes de hoy

Oriol Rosell será uno de los ponentes del IX Foro de Educación, el sábado 27 de septiembre en Vigo.

Oriol Rosell será uno de los ponentes del IX Foro de Educación, el sábado 27 de septiembre en Vigo. / FdV

Uxía Miranda

¿Qué les ha parecido a sus hijas que su padre investigue sobre el reguetón? ¿Son fans del género?

No les he extrañado demasiado porque siempre han tenido un padre medio raro (risas), porque vengo del periodismo cultural. Tengo una hija mayor que lo había escuchado en el pasado, pero ahora está en plena regresión y le gustan los Smiths. Y tengo una pequeña que no, ella está abducida con el K-pop, un mundillo que algún día habrá que investigar. Pero la verdad es que he hablado mucho con ellas para el libro, sobre todo para confirmar algunas ideas y captar sensaciones. Si lo leen algún día, que no lo han hecho, creo que les gustará.

Abordemos el elefante en la habitación. El reguetón tiene unas letras sexistas, directas. Pero, ¿hasta qué punto cree que dejan un pozo real en la forma de pensar de los adolescentes?

Bueno, sería idiota decir lo contrario, sí, es sexista, la evidencia es monumental, ¿no? También hay que tener en cuenta que la música popular, la música pop, siempre ha sido sexista, si bien no de una forma tan explícita: siempre ha estado hablando de relaciones románticas, de un patrón heteronormativo y una mirada radicalmente masculina. Pero también ha cambiado el marco sensible. Cuando Los Ronaldos cantaban «prometo pegarte y atarte» o Loquillo decía «la mataré» nadie se escandalizaba. El escándalo ha sido a posteriori, en esta revisión histórica perpetua en la que estamos embarcados.

Por otra parte, vivimos tiempos muy explícitos, donde no queda mucho espacio para la metáfora o la ambigüedad, y vivimos en una paranoia de vigilancia muy grande.

Sin embargo, sobre lo que me preguntas... Los adultos seguimos creyendo que la música pop tiene un peso específico como elemento nuclear en la construcción de la cultura juvenil. Yo creo que esto se ha acabado. Hoy día el peso específico lo tienen los influencers y los tiktokers, no las canciones.

¿Entonces la música es algo que solo se pone de fondo?

Es algo que no te constituye identitariamente como antes. Por ejemplo, prácticamente no hay nuevas subculturas a día de hoy, después de los heavys, los punks... Las nuevas subculturas giran en torno a otros fetiches que no son la música, como el manga. Los que seguimos insistiendo en que la música pop es arte somos los mayorzotes. Precisamente por esto, yo creo que los chavales y las chavalas no le dan tanta trascendencia a las letras de las canciones, porque ya saben que una canción no va a cambiar nada. Entonces, yo creo que todo tiene que ver con un despiste generacional por parte de los adultos y, de algún modo, con ser más papistas que el papa.

«Vivimos tiempos muy explícitos, donde no queda espacio para la metáfora o la ambigüedad»

Oriol Rosell

— Docente, crítico y divulgador cultural

También hay que tener en cuenta que estas músicas, sobre todo el reguetón, vienen de marcos socioculturales muy distintos al nuestro. donde ya tradicionalmente la sexualidad se ha expresado de otra manera. Son entornos muchas veces extremadamente precarizados donde ya te digo yo que si vas con tu discurso feminista a ver qué te dicen.

De ese marco sociocultural diferente deriva también toda una simbología propia, ¿no?

Sí, en ese sentido me parece muy ilustrativo el tema del dinero. De algún modo, los que escuchábamos pop queríamos salirnos del núcleo del capital, seguir una promesa de emancipación y libertad. Para estos chavales y chavalas, la idea es salir de la precariedad y acercarse lo máximo posible al núcleo del capital. Justo al revés.

¿Y esa mentalidad que impulsa a los jóvenes a querer ser el número uno y ganar mucho dinero no cree que sí les marca? Porque también viene acompañada de un discurso en redes. Solo hay que ver a todos esos youtubers que les animan a invertir y hacerse ricos.

Sí, por supuesto, pero la música popular, en cierta medida, es un síntoma, no una enfermedad. Siempre bromeo con que vivimos en una cultura Frenadol; el Frenadol no te cura el resfriado, corta los síntomas. Es muy distinto.

La música es la punta del iceberg, digamos. Mucho tendría que cambiar para que ella cambie.

Claro. Una de las cosas que para mí hacen que la música popular sea fascinante es que tiene un doble fondo. Por una parte, tiene que conectar con las constantes de lo que se supone que es la adolescencia: el surgir de la erótica, la emancipación de los padres, el afecto por el grupo de iguales.... Y , al mismo tiempo, tiene que conectar con las angustias y los miedos de su época para resignificarse. Tiene cierta capacidad de espejo. Si tú eres joven, la música debe ser capaz de visibilizarlo de alguna manera para que puedas conectar con ella. Por eso, los chavales de hoy en día, que viven en una precariedad rampante, no pueden conectar con la sensibilidad de una canción de Nirvana, por ejemplo. Es lógico, igual que los de mi generación no sintonizábamos con la sensibilidad de una canción de los años 60 o 70. Nos podía gustar musicalmente hablando, pero no participaba de esa construcción de la identidad.

Si el reguetón es el espejo de la precariedad y la desesperanza de los jóvenes, ¿debemos asumir que serán adultos sin ánimos de cambiar o mejorar el mundo?

¿Pero quién cree que puede cambiar las cosas? Nosotros somos los primeros que hemos tirado la toalla. Además, el reguetón mantiene muchas similitudes con el hip-hop o el rap y, aunque a los ‘blanquitos’ nos encanta pensar que esos géneros siempre han sido revolucionarios, no es verdad. Por cada Public Enemy hay 50 Snoop Dog, y él no te dice que quiere cambiar el mundo, te está diciendo «quiero ponerme hasta el culo de porros y ganar tantos billetes como sea posible». Lo que es interesante aquí es por qué y en qué momento la juventud blanca, más o menos acomodada o de clase media, se identifica con estos discursos de un ámbito tan precario. Y tiene que ver con la falta de esperanza en el futuro, con el fracaso y la caída estrepitosa de la meritocracia.

«Estamos hablando de la música pop como si Britney Spears fuera el Che Guevara»

Oriol Rosell

— Docente, crítico y divulgador cultural

Uno de los artistas más famosos del panorama es Bad Bunny. Su último álbum es una gran reivindicación contra la turistifación o el expolio en Puerto Rico. ¿Cree que se puede hacer un reguetón más combativo?

Por supuesto. Igual que se puede hacer música pop más combativa, que también estamos hablando de la música pop como si Britney Spears fuera Che Guevara. Si nos ponemos un poco serios, en realidad, y miramos las listas de éxitos de los últimos 40 o 50 años, artistas masivos que tuvieran conciencia política no hay tantos. Y también me quito el sombrero ante Bad Bunny por cancelar su gira de conciertos por Estados Unidos en protesta por las deportaciones. Soltar eslóganes es gratis, ser coherente es más complicado.

En una entrevista afirmó que los adultos no pueden aceptar el cambio de las cosas porque aún se sienten parte de ellas creyéndose relevantes. ¿Qué efectos considera que tendría sobre el panorama cultural la muerte de la adolescencia infinita?

Pues que habría adultos y habría jóvenes. Justo lo hablaba ahora con un amigo que es artista, y es que la sensación de presente, en gran medida, se ha perdido, parece que vivimos en una suma de pasados que siempre están ahí. Por eso yo menciono mucho el concepto de Grafton Tanne de porsiemprismo. Actualmente, te sientes joven porque no puedes sentir nostalgia; para poder sentirla primero tiene que haber una ausencia. El fenómeno musical de este verano fue el retorno de Oasis.¿En serio? Unos tipos que tienen 60 años, que sus grandes discos salieron en 1994. Imagínate que en el año 2000 volviese alguien de los 70. La reacción sería «¿y este viejo chocho?». Pero ya no lo sentimos así.

Sin embargo, la nostalgia sí parece usarse para vender. Para muestra, las carteleras de cine.

Grafton Tanne pone el ejemplo de la Guerra de las Galaxias y explica que no es que vuelvan con películas nuevas, es que su u niverso solo se expande. Queremos volver una y otra vez a lo que ya conocemos porque es un hogar, un lugar seguro. Una cosa que suelo hacer en mis clases o en mis conferencias es pedir que levante la mano quien piense que el futuro será mejor que el presente. No la levanta nadie. Y si pensamos que el futuro será peor que el presente, asociamos el cambio o la novedad a ir a peor. Vivimos en una desconfianza continua por el futuro.

Otra cosa que me tiene fascinado es algo que la gente joven a la que doy clase ha verbalizado: sienten que han nacido tarde y que todo lo importante ya ha sucedido.La paradoja está en que me lo están diciendo cuando estamos a las puertas de una guerra mundial.

¿Cree que no se puede hacer nada para poner una nota de esperanza desde la cultura?

No creo que sea necesario, creo que es una obligación ética. También creo que hay que adoptar más una postura de «si no hay futuro, pues no pasa nada». Igual va siendo hora de romperde que el mundo siempre hacia delante, hacia más y mejor. No por volvernos todos maníacos depresivos, sino por empezar a prescindir un poquito del futuro y preocuparnos más del presente.

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