«El valor que Asorey da a la tradición es lo que lo relega en las revisiones del arte»
La exposición «Francisco Asorey, una recuperación necesaria», inaugurada recientemente en la Cidade da Cultura de Santiago, profundiza en el mundo creativo del que probablemente sea el escultor más destacado de Galicia. El comisario de la muestra, Miguel Fernández-Cid, analiza la importancia de rescatar del olvido al que sin duda fue uno de los grandes renovadores de la escultura española del siglo XX

Miguel Fernández-Cid, director del MARCO. | I ALBA VILLAR
Carolina Sertal
Detrás de la exposición «Francisco Asorey, una recuperación necesaria», inaugurada la semana pasada en el Museo Centro Gaiás, se encuentra el director del Museo de Arte Contemporánea (MARCO) de Vigo, Miguel Fernández-Cid, quien junto a la nieta del propio artista, Carmen Asorey, han comisariado y coordinado una muestra que profundiza en el mundo creativo de uno de los grandes maestros renovadores de la escultura española del pasado siglo.
¿Qué puede encontrar el público en esta exposición?
Es una exposición muy visual y, aunque tú me preguntas qué encontramos, yo siempre tengo la tendencia de empezar diciendo lo que no encontramos. No es una exposición de muchos datos, de esas que continuamente te están marcando que en este momento él vive aquí o le pasa algo determinado, sino que es un intento de mostrar las obras de Asorey directamente, haciendo guiños entre unas y otras. La exposición se plantea como respuesta a cuestiones que a mí me sorprendieron antes y durante el transcurso de la preparación de la muestra. Asorey fue un artista que en vida fue considerado «El escultor», tenía un prestigio extremadamente grande, lo que se ve en que cualquiera institución que quería realizar un gran monumento pensaba en él, de manera que tiene monumentos en todas las grandes ciudades gallegas y villas y pueblos importantes. También se puede comprobar en que cada vez que le encargaban algo, la prensa enseguida lo recogía, por lo tanto era una figura muy visible. Intelectuales como Castelao, Cabanillas o Valle-Inclán le tenían gran aprecio e incluso, durante su vida, buena parte de sus obras principales, tales como «Cabaleiros negros o «Tesouros», fueron reproducidas en Cerámica Celta con tiradas muy grandes y que se agotaban. Todo esto quiere decir que estamos ante un escultor que tenía el aprecio del mundo intelectual, institucional y, al mismo tiempo, estaba presente en muchos hogares a través de reproducciones. Lo más llamativo para mí fue que, con todo este reconocimiento, Asorey no aparece cuando se quiere repasar la mejor escultura española del siglo XX. La exposición parte de esta pregunta: ¿Cómo alguien con tan amplísimo reconocimiento queda en una situación de medio olvido? De ahí esa «recuperación necesaria».
¿Y a qué cree que se debe ese olvido?
A mí me parece que, primero, Asorey es un artista que tiene una idea de escultura muy ligada al monumento y la tiene en un momento en el que ese concepto de la escultura pierde fuerza. Es un escultor de monumento, pero en su época ya se empieza a hablar de obra pública más que de monumento, de intervención en los espacios más que en levantar volúmenes en los espacios. Precisamente, él es un escultor de volúmenes y la innovación de aquella pasaba por jugar con los vacíos y otros materiales: mientras que él es de madera, de piedra, de granito, de mármol, otros escultores apuestan por ensamblajes con piezas de metal. La gente del mundo del arte, cuando repasamos la historia, normalmente nos fijamos en las innovaciones, por lo que tengo clarísimo que su manera de dar valor a la tradición es lo que relega a Asorey a una escasa presencia en las revisiones del arte de su época. Sin embargo, hay períodos suyos que son extremadamente reivindicables: en sus obras de los años 20 y 30 podemos ver a un escultor que parte de la tradición, de una talla de madera que luego se recubría con estuco y se pintaba, pero que él en esa época deja de cubrirla y pinta directamente sobre la madera, añadiendo incluso en ocasiones pequeñas puntas de metal que le dan brillos a la escultura para decorar los vestidos, por ejemplo. Esto es un detalle de clara modernidad, son recursos de alguien que claramente está innovando.
Para diseñar la muestra ha trabajado con Carmen Asorey, ¿cómo ha sido ese proceso?
Carmen no conoció a su abuelo, pero a través de su padre sí le llegaban muchos comentarios y, en esta exposición, en el catálogo, se ocupa del texto más biográfico, lo que me ha permitido a mí descansar de los datos y buscar los enfrentamientos, la parte más visual. El trabajo ha sido excelente, porque nos compenetramos muy bien y ha sido fantástico. Algo muy importante para mí fue que yo no sabía que Asorey no había salido nunca de España y, cuando lo encontré, se lo pregunté directamente a ella y me respondió que no. Para mí aquello era inimaginable, porque estamos ante un escultor con tantos recursos que yo tenía claro que habría conocido el arte italiano, el francés, el mesopotámico, y das por supuesto que lo conoce en directo, pero resulta que no, que no había salido de España. Y ahí aparece la otra novedad, que es que Asorey tenía una excelente biblioteca de consulta, de uso, que tenía en el taller.
En la exposición pueden verse varios ejemplares de sus libros con un doble objetivo: que se vea que tenía excelentes libros, de contenido alemán o inglés, y mostrar que tienen huellas, incluso de haber estado en contacto con granito, por lo que se demuestra que los tenía para trabajar. Es muy significativo porque viendo parte de su biblioteca uno se da cuenta de que se documentaba muchísimo antes de ejecutar sus obras.
Y de la exposición, ¿cuáles son las piezas que más destacaría?
El «Cristo de Moià», que es su última gran obra, encargada por un industrial catalán y en el que la figura humana está desapareciendo en la cruz, con una expresión muy innovadora también para la escultura de la época. Para mí esta es una pieza absolutamente central. También hay una serie de retratos que hasta ahora se han valorado poco y en los que él, para buscar efectos más pictóricos, más plásticos, junta granitos de diferentes colores o granito y mármol. En estas piezas existe una clara reivindicación de la figura de Asorey y, por otra parte, tienen presencia las obras reproducidas a través de las cerámicas, que no son propias, pero que aportan ese punto de conexión con su época.
«En el MARCO, destacarán en 2026 el crecimiento de la biblioteca y el impulso de más exposiciones»
Con 2026 a la vuelta de la esquina, ¿cuáles serán sus principales líneas de trabajo al frente del MARCO a lo largo del próximo año?
Vamos a tener próximamente un patronato en el que ya se va a fijar todo el programa de exposiciones del próximo ejercicio y, como innovación más importante del año que viene yo destacaría el crecimiento de la biblioteca. También se van a impulsar más exposiciones que ahora y seguiremos trabajando en la línea de que las exposiciones que albergue el MARCO vayan acompañadas de publicaciones, lo que ya se ha convertido en un elemento característico de nuestro museo y que es valorado, especialmente fuera, porque la gente que conoce la publicación sabe así el perfil de la exposición que se lleva a cabo. Por otra parte, seguiremos abriéndonos a distintas colaboraciones con otras entidades de la ciudad de Vigo, que es algo que yo pienso que es muy necesario. Las líneas de trabajo del próximo año van por ahí.
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