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La cumbre del clima demanda ambición como remedio ante el negacionismo

La agenda incluye reforzar los planes de reducción de emisiones y una hoja de ruta global para la adaptación climática

valentina raffio

Barcelona

En 1992, hace poco más de 30 años, Brasil organizó la primera cumbre del clima y logró, por primera vez en la historia, poner sobre la mesa la necesidad de actuar frente a una crisis climática que, por aquel entonces, parecía un escenario lejano. Tres décadas más tarde, mientras el mundo registra un inédito auge de desastres naturales y extremos climáticos, el país vuelve a convertirse en el epicentro del mayor debate global sobre políticas climáticas. «Ya no nos podemos permitir una cumbre basada en promesas y buenas intenciones. Este debe ser un encuentro enfocado en soluciones, en acciones concretas y, sobre todo, en la ambición», destacó ayer André Correa do Lago, presidente de la cumbre del clima de Belém (COP30), durante la inauguración oficial de este encuentro. «Debemos guiarnos por la filosofía de la «mutirão», una palabra indígena que nos invita a dejar atrás las divergencias y trabajar de forma conjunta por el bien común», añadió durante el primer plenario de esta cumbre, que aspira a movilizar a más de 50.000 personas.

Las negociaciones de Belém empezaron con un llamamiento generalizado al «diálogo, movilización y esperanza». El presidente de Brasil, Lula da Silva, intervino durante la apertura del encuentro para recordar que este es el momento de «acelerar la acción climática» y, sobre todo, «dejar atrás a aquellos que promueven el negacionismo y las guerras», en una clara alusión a Donald Trump y sus políticas anticlimáticas. Frente a esto, Lula pidió a los gobiernos del mundo que refuercen su compromiso con la causa, cumplan con las promesas recibidas y avancen de forma clara en cuestiones como, por ejemplo, el refuerzo de los planes de reducción de emisiones, la movilización de fondos para programas climáticos y el despliegue de iniciativas de adaptación a escala global.

También apeló a la esperanza Simon Stiell, secretario ejecutivo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, quien afirmó que «la curva de emisiones está empezando a descender gracias a los acuerdos que se tomaron en salas como esta» pero que, aún así, «todavía falta mucho por avanzar tanto en los objetivos de mitigación como en los de adaptación y financiación climática».

Agenda ambiciosa

El primer encuentro formal de esta cumbre sirvió para desplegar, ya de forma oficial, cuáles serán exactamente los temas de debate de esta cumbre. Así pues, los países acordaron centrar las negociaciones en el refuerzo de los planes nacionales de reducción de emisiones para lograr limitar el calentamiento global por debajo de la línea roja de los 1,5 grados de media. También se pactó avanzar en la elaboración de una hoja de ruta global sobre adaptación climática y en los mecanismos para movilizar hasta 300.000 millones al año para ayudar a los países del sur global a hacer frente a los efectos del caos climático.

La agenda de negociaciones es una de las más completas y ambiciosas planteadas en los últimos años aunque, claro está, aún es pronto saber si todos los debates llegarán a algún acuerdo concreto.

Belém ha arrancado la cumbre poniendo el listón muy alto. En parte, porque la urgencia climática lo requiere. Y en parte, quizás, porque en tiempos de fragmentación política urge rascar acuerdos en todos los ámbitos posibles.

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