Iria, coruñesa en una residencia para opositores de élite: "Sin el factor de socialización la rutina se vuelve inhumana"
Cerca de una veintena de gallegos viven y estudian en este centro madrileño | El coste de una habitación sin el añadido de comedor parte de 1.100 euros al mes

Un opositor concentrándose en la biblioteca de la residencia Pío Xi / Pío XI
Patricia Casteleiro
Hay dos residencias en Madrid, la Pío XI y la León XIII, en las que duermen los aspirantes a las oposiciones más exigentes del Estado. Llegan de toda España y eligen este lugar por su dinámica única: todos los usuarios están centrados en alcanzar la nota necesaria para convertirse en funcionarios de tipo A1.
No es una opción para todo el mundo: los precios por una habitación parten de los 1.100 euros al mes sin incluir el servicio de desayuno y comedor, que se abona aparte.
Hay cerca de una veintena de gallegos que se instalaron allí hace años para lograr sus objetivos y que, para este reportaje, cuentan sus experiencias viviendo en este centro. Aunque algunos estudiaron ya en Madrid, otros acuden desde las universidades de Vigo, Santiago y A Coruña a propósito. En Pío XI aseguran ser el espacio óptimo para la concentración. Indican que las necesidades básicas como la limpieza, el mantenimiento o la comida quedan cubiertas, pero también se le ofrece a los usuarios del centro apoyo emocional.
El lucense Xosé Ferreiro, de 30 años, acaba de obtener la plaza de Inspector de Hacienda. Ya era técnico, pero quería aspirar a más e hizo el examen de promoción interna, en el que resultó ser el número uno de toda España. Eligió vivir en la Pío XI porque sabía que su vida se iba a complicar: debía compaginar un horario laboral de entre siete y ocho horas con otras cinco de estudio diario. El centro, además de disponer de numerosas salas de estudio, ofrece gimnasio y servicio de limpieza de habitaciones, de modo que no hay que asumir tareas domésticas que resten tiempo.
«Yo estaba trabajando en Madrid como técnico de Hacienda y, al empezar a opositar, necesitaba que se me facilitase la vida y ganar tiempo por todas partes. Tienes todo cerca: una ciudad así es inabarcable si no», explica el lucense.
Ya había preparado una primera oposición desde su casa, en A Coruña. Su destino fue Barcelona y, desde hace dos años, trabajaba en Madrid. Al tener que permanecer en la capital, necesitar cada minuto del día para estudiar y estar a la espera de entrar en un piso que se había comprado, la residencia se le presentaba como la opción más razonable.
Casi todos los residentes pertenecen a las ramas judiciales, laborales o económicas, por lo que entre ellos se entienden, se animan y se resuelven dudas repentinas en medio de un proceso que puede resultar angustioso para muchos.
Ahora, aunque ya terminó su oposición, Ferreiro continúa viviendo allí mientras realiza el curso de inspector.
Iria A. es otra de las gallegas que hasta hace un par de meses residía en este centro de alto rendimiento. Pasó allí cuatro años, desde los 24. En su caso estaba preparando lo que define como una «oposición de nicho». Estudiaba para ser técnico comercial y economista del Estado, y finalmente aprobó para entrar en el cuerpo de Diplomados Comerciales del Estado. Es de A Coruña, pero no tenía manera de prepararse desde Galicia: solo hay academias especializadas en Madrid. «Me enteré de esta residencia por el boca a boca. A mis padres les pareció una buena idea porque el coste es algo más elevado que el de un piso, pero allí tienes que hacerlo todo y, si quieres vivir solo, ya estás en precios similares», indica la coruñesa.
No estar solo
«Para mí fue un plus conocer a gente que estaba haciendo lo mismo que yo. Habría sido imposible viviendo en cualquier otro sitio», comenta. Su oposición es poco común y apenas se ofertan una veintena de plazas. Son profesionales que se encargan de la política y promoción comercial exterior y de dar apoyo a las empresas españolas en el extranjero.
Además de coincidir con sus futuros compañeros de profesión, también encontraba allí la fuerza para superar la rutina diaria: «Nuestro día a día consistía en levantarnos, desayunar juntos e ir a la sala de estudio. Algunos prefieren encerrarse en su habitación, pero siempre tienes ese factor de socialización, porque si no la rutina se vuelve un poco inhumana».
«También aumenta tus probabilidades de aprobar. Ver a gente intentándolo te ayuda a seguir», concluye esta coruñesa.
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