Entrevista | Sandra Parente Escritora
Sandra Parente: «Me atrae acercar al público aspectos menos conocidos de figuras históricas»
Parente rescata la vida de la hija y la nieta del emperador Augusto en su nueva novela
Sandra Parente / Alba Villar
Ágatha De Santos
Julia la Mayor y Julia la Menor, hija y nieta de Augusto, son las protagonistas de Las máscaras de Julia (Desperta Ferro Ediciones), una novela ambientada en la Roma de Augusto escrita por la arqueóloga y autora Sandra Parente (Toulouse, Francia, 1980). La obra surge a raíz de su debut literario, El rey de Nemi, centrado en Calígula y galardonado con el Premio Hislibris de Literatura Histórica a la mejor novela histórica y al mejor autor novel. La escritora, que reside desde hace varios años en Vigo, presentará esta novela el próximo día 18 (20.15 horas) en Vigo de Papel.
¿Cómo surge esta novela?
Durante la documentación para escribir El rey de Nemi descubrí que estos dos personajes aparecían de forma tangencial y me parecieron interesantes. Me atrae la idea de llevar al público aspectos menos conocidos de ciertas figuras históricas.
¿Qué es lo que le resultó más interesante de ellas?
Lo más interesante, desde el punto de vista novelístico, es que detrás de los supuestos adulterios de ambas Julias podría haber sendas conjuras contra Augusto. Atacar a sus mujeres era una forma indirecta de atacarlo a él, y además resultaba menos vergonzoso que reconocer una conspiración. A lo largo de la historia, la forma de desacreditar a una mujer ha sido acusarla de adulterio.
¿Cómo eran en realidad?
Sobre su carácter no hay demasiada información, especialmente de Julia la Menor. Las hijas de Augusto, Julia la Mayor y Julia la Menor, fueron principalmente instrumentos políticos. Como hija única del emperador, el matrimonio de Julia la Mayor determinaba la sucesión y marcó toda su vida. A los dos años ya fue prometida por primera vez. Aunque tras tener cinco hijos con Agripa, su segundo esposo, obtuvo por ley el derecho a no volver a casarse, su padre la obligó a casarse con Tiberio. Las mujeres de la familia imperial eran utilizadas como piezas políticas, algo especialmente evidente en ambas Julias.
¿Cómo construyó estos personajes a partir de tan pocos datos?
De Julia la Mayor sabemos que tenía sentido del humor y cierta retranca, como se dice en Galicia. Las fuentes lo mencionan, así que intenté darle ese punto de alegría y capacidad para darle la vuelta a las cosas. En cambio, a Julia la Menor le di un carácter más ordenado y metódico. La novela empieza cuando ella recibe un aviso de que quizá lo que le han contado sobre su madre no es cierto. Comienza a investigar enfadada, sintiendo que la deportación de su madre fue un abandono. A lo largo de la investigación, se va acercando emocionalmente a ella.
La novela presenta también a Livia, primera emperatriz y esposa de Augusto, de una manera muy distinta a la imagen que tenemos de ella.
Livia tiene un papel más importante del que suele aparecer en otras obras sobre Augusto. Mi intención fue humanizarla. Las fuentes tienden a caricaturizar a los personajes: la Livia que nos ha llegado es, en gran parte, la que aparece en Yo, Claudio, una envenenadora despiadada. Sin embargo, la investigación histórica sugiere que era una mujer con control del entorno, sí, pero no una asesina en serie.
¿A qué responde esta imagen tergiversada?
Durante mucho tiempo, la mujer fue tratada como algo tangencial —la mitad de la humanidad reducida a un papel secundario—, y no se empezó a investigarla en serio hasta los años 70. En los últimos cincuenta años han surgido numerosos estudios que nos sorprenden por el papel que en realidad desempeñaron. En la Antigüedad ya existía la idea de que solo los hombres podían ser moderados; se atribuían a las mujeres la lujuria o la ambición desmedida. Así, cuando se quería atacar a una mujer, se hacía por alguno de esos dos caminos, o por ambos.
¿Hay muchos estereotipos sobre la Antigua Roma?
Muchísimos, y son los que más venden. Muchos proceden del siglo XIX, una visión muy deformada que el cine ha perpetuado. Augusto fue un maestro de la propaganda, y la imagen que nos llega de personajes como Cleopatra y Marco Antonio está profundamente marcada por esa propaganda, que se ha perpetuado como si fuera incuestionable.