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El secundario que siempre fue esencial

Muere a los 78 años el actor pontevedrés Celso Bugallo, ganador del Goya por ‘Mar adentro’ | En la madurez desplegó una de las presencias más auténticas del cine y el teatro español

Susana Regueira

Pontevedra

Hay actores que no necesitan gritar para llenar la pantalla, les basta con estar. Celso Bugallo Aguiar (Vilalonga, 1947) pertenecía a esa estirpe de intérpretes cuya mirada parecía contener siglos de historia, de trabajo y de silencios. El actor pontevedrés falleció el sábado a los 78 años, a escasos días de cumplir los 79, dejando un vacío inmenso en una profesión que lo descubrió tarde para el gran público, pero que lo adoptó de inmediato como un referente de dignidad y oficio.

En sí misma, la biografía de Bugallo puede considerarse una película sobre la España del siglo XX. Nacido en la aldea de Lagarei, fue hijo de un mecánico ajustador represaliado por el franquismo y conoció desde niño el peso de la supervivencia. De la Vilalonga natal pasó al Bilbao industrial, donde su padre tuvo que emigrar al no encontrar trabajo en Galicia, y de ahí a la carnicería y al almacén de ultramarinos, Celso fue un hombre forjado en el trabajo manual antes que en el intelectual.

El interés por la interpretación nació en él en la adolescencia, al ver a James Dean en la película Rebelde sin causa. No obstante, el veneno del teatro lo alcanzó en Logroño, donde empezó a trabajar en la misma central lechera que su padre. Fue en la capital riojana, entre grupos independientes, cuando empezó a cincelar un estilo que huía de lo artificioso. Su labor de entonces ya vaticinaba su compromiso con el arte como herramienta social, llegando a ganar el Premio Nacional de Comedias en 1976.

Fue el genial José Luis Cuerda quien, en 1999, lo puso frente a a una cámara de cine en La lengua de las mariposas. Bugallo tenía ya 52 años y lo que siguió fue una «revelación» que en realidad para quienes lo conocían en el teatro gallego no era ninguna sorpresa.

Su rostro se volvió imprescindible para entender el cine social de las últimas décadas. Fue el José de Los lunes al sol, esa sombra de dignidad obrera junto a Javier Bardem, y alcanzó la cima del reconocimiento académico con su interpretación de José Sampedro en Mar adentro (2004). En la cinta de Amenábar, Bugallo interpretó al hermano de Ramón Sampedro con una contención tan devastadora que el Premio Goya a Mejor Actor de Reparto pareció, más que un galardón, un acto de justicia poética.

Actor fetiche para directores como Fernando León de Aranoa, con quien repitió en Amador y la reciente El buen patrón, el pontevedrés dejó interpretaciones magistrales en títulos como La noche de los girasoles, donde su cabo de la Guardia Civil destilaba una autenticidad casi documental.

Su paso por la televisión no fue menor. Desde el fenómeno de Mareas vivas hasta Fariña, Celso Bugallo fue la cara de la retranca y el honor, pero también la de la vulnerabilidad.

Apegado siempre a sus raíces y a su metodología basada en Stanislavsky, Celso Bugallo pasó sus últimos años retirado en su querida Pontevedra. Hoy, la ciudad del Lérez llora a un vecino ilustre. Como ha señalado su alcalde, Miguel Anxo Fernández Lores, se va «uno de los rostros más míticos y queridos», un hombre cuyo talento inmenso no le impidió mantener siempre los pies en la tierra que ayer lo despidió en la intimidad.

Celso Bugallo se fue sin haber necesitado nunca el artificio. Se marchó el hombre que, como el metal pulido por el agua, ordenaba la escena con su sola presencia. La pantalla pierde un rostro, pero el cine español conserva para siempre una lección de verdad. «Que a terra che sexa leve, Celso», deseaban este domingo cientos de vecinos y aficionados y asociaciones profesionales del cine, recordando al secundario que siempre fue esencial.

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