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De Valencia a Galicia huyendo del cambio climático

Cansados del «calor asfixiante» y de «la invasión del mosquito tigre» del litoral mediterráneo, una pareja de valencianos se muda a una aldea de Pontevedra y se convierten en los primeros emigrantes climáticos de la zona

Xan Salgueiro

Lalín

En Portos, una aldea de la parroquia de Madriñán, en la provincia de Pontevedra, el día se cuenta de otra manera. No empieza con tráfico ni con prisas, sino con lo que Yarima describe como «sentir el canto de pájaros, sentir el río pasar, escuchar el agua», y con esa idea, tan simple y tan difícil de recuperar, de vivir lejos de «esa contaminación de la ciudad». «Aquí siembras y todo se da por castigo, es una tierra muy fértil», se maravilla. En este paisaje, ella y su pareja, Álvaro, han ido poniendo fechas, rutinas y nombres propios a su decisión de mudarse al rural gallego para quedarse. Otro granito de arena contra la sangría demográfica; no hay que olvidar que Portos tiene en el último padrón 30 vecinos, una decena menos que hace diez años.

Venían de La Pobla de Vallbona, a 18 kilómetros de Valencia, donde habían residido 16 años. No es que no conocieran el rural: «Vivíamos en el campo y en un pueblo», recalca él. Pero el entorno se les fue haciendo cuesta arriba. Álvaro nombra el motivo principal sin ambages: «La cuestión climática», «no soportar el calor asfixiante durante meses» y, como síntoma de un verano perenne, «la invasión de mosquito tigre».

Para Yarima, nacida en Pinar del Río (Cuba) hace 46 años, el norte tenía una promesa que se entiende a simple vista. «Soy de origen cubano», y el verde, ese «verde de verdad», le tira. No habla de una postal, sino de un descanso para la mirada, de una calma distinta. En Valencia, el calor les marcaba el calendario; aquí, la sensación es otra: el tiempo se abre, y con él la posibilidad de vivir con menos presión.

La pregunta era dónde. Y ahí entra una historia que no nace de un anuncio inmobiliario, sino de una banda de música y de una amistad que ha sobrevivido al calendario. Álvaro, de 49 años, conocía la comarca desde 1994. Llegó entonces como músico de la Banda de La Gineta (Albacete) en un intercambio y, alojado en Taboada (en el municipio pontevedrés de Silleda), entabló relación con su anfitrión: el trombonista Alfonso Ferreiro, hoy vecino de Palio (Lalín). «Nació una amistad que perdura», cuenta Álvaro. Y lo refrenda con una prueba inapelable: «Yo vine a su boda». Desde aquel primer viaje hasta hoy han transcurrido más de 30 años, cambios y distancias, pero también un hilo: el de regresar a lugares que se sienten familiares.

Antes de llegar a Deza, barajaron otras posibilidades en una Galicia que conocieron veraneando. Vigo se les quedaba grande: «Está demasiado masificado» y «es una zona ya cara», apuntan. Buscaban otra cosa, partiendo de la premisa de que «si nos vamos, nos vamos a un sitio donde se viva bien». Un punto intermedio: rural, sí; aislado, no. Álvaro analizó el histórico de lluvias de Galicia y llegó a la conclusión de que la zona «más seca» estaba «al sur de Santiago», entre Lalín y A Estrada. Y a través de su amigo Alfonso, les surgió la opción de Madriñán.

El aterrizaje, sin embargo, no se mide solo en paisajes y clima, sino en lo que se aprende a hacer y en lo que se vuelve a hacer. En su nuevo hogar, la despensa ya cuenta parte de la historia: «Tenemos nuestras patatas, nuestra conserva de tomate, paté de hígado de cerdo celta de la matanza del vecino» y el orgullo de haber ayudado en esta tradición. Hay huerto, gallinas, ovejas y colmenas, una explotación agropecuaria en ciernes. Rutinas que no caben en un fin de semana de turismo rural: te atan a la tierra y te obligan a mirar el cielo con otros ojos, a calcular con la meteorología y a asumir que todo lleva su tiempo.

Vivir en comunidad

También hay comunidad. Álvaro reconoce que en esa parte Yarima, actriz de profesión y con muchas «habilidades sociales», lleva ventaja. En su primer año se implicó en actividades de la parroquia, ayudó a mover la vida social y organizó un belén viviente. Tan bien se ha integrado que ha sido elegida presidenta de la asociación de mujeres. Él, por su parte, colaboró como músico en iniciativas locales. «Yo creo que son la base del funcionamiento social», dicen sobre las relaciones personales y el «engranaje social».

Ese engranaje se alimenta de gestos: ir a una comida cuando te invitan, dar conversación a «vecinos y vecinas», aprender a hacer las cosas «como se hicieron siempre» y aportar lo que uno trae de fuera sin imponerse. En su relato aparece una integración hecha de pequeñas responsabilidades, de estar, de ayudar y de dejarse ayudar.

Pero no todo es idilio. Entre sus reclamaciones plantean que Madriñán cuente con una red de alcantarillado como la vecina Anzo. «Si se quiere que haya nuevos vecinos, hay que dotar a las aldeas de infraestructuras básicas», dice. Aun así, el relato se llena de razones pequeñas: el agua, el silencio, la comida que se conserva, los animales, la charla con el vecino, la sensación de tiempo recuperado. Aquello de «estáis locos por venir aquí», que les decían al principio, se va deshaciendo a medida que pasan los meses y la vida se vuelve rutina. En Portos, el cambio no se entiende como una renuncia, sino como una forma de elegir.

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