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El músico Xisco Feijóo rompe el silencio y anima a ser libres a quienes reciben un diagnóstico de VIH

El estigma del «bicho» empieza a desprenderse de la epidermis. Tras la «salida del armario del VIH» del actor Eduardo Casanova y la lección de «Romería», de la cineasta Carla Simón —pronuncia «sida» sin eufemismos—, Xisco Feijóo y su marido Alberto, recuerdan que la ciencia avanza y la valentía a veces gana el paso a la vergüenza

El músico Xisco Feijóo rompe el silencio y anima a ser libres a quienes reciben un diagnóstico de VIH

El músico Xisco Feijóo rompe el silencio y anima a ser libres a quienes reciben un diagnóstico de VIH / Marta G. Brea

Elena Ocampo

Fue bailarín en «Midas», el videoclip con el que Tanxugueiras empujó la raíz hacia lo urbano sin romperla. Y fue, durante tres décadas, buscador de cantigas: aldeas, grabadora y una paciencia de artesano para rescatar melodías y letras que ya solo vivían en la memoria del país. Ese oficio —escuchar y recomponer— lo llevó también, entre bastidores, a la cocina de «Oliveira dos cen anos», el himno del Celta que bebió de coplas antiguas. Xisco Feijóo (Vigo, 1973) acostumbra a ordenar el murmullo del mundo en forma de canto: dirigió O Fiadeiro, dio clase de música tradicional, puso voz en SonDeSeu y compartió camino con Budiño, Mercedes Peón o Carlos Núñez. Desde 2007 convive con otra partitura: es portador de VIH. Han pasado dieciocho años, la mayoría de edad de una noticia que aún se cuenta al oído. Pero él ha decidido hoy hablar en alto.

Quedamos en O Calvario. Afuera, la borrasca Ingrid arrecia. La lluvia cae con dureza y el mercado es un refugio donde una balanza antigua emerge como metáfora. Xisco lo relata sin dramatismo y sin rebajas. Sin velo. Elegante y moderno. Como la orfebría con filigrana de oro que adorna sus orejas. «Supoño que eu xa pasei o trance de ‘sair do armario’ no que respecta a ser portador do VIH e creo que é interesante e necesario dar un puliño máis para que a xente teña maior confianza, e menos medo». Allí está también su marido, Alberto De Sousa Montenegro. No hay espectáculo, tampoco vergüenza.

El primer palo, dice Xisco, no fue médico: fue social. «O primeiro golpe duro é cando che comunican que non tes unha enfermidade, que tes un contaxio. Era 2007 e foi traumático». En esa primera semana aparece una pregunta que no sale en los folletos: ¿a quién se lo dices y cuándo? No por obligación médica —la confidencialidad existe—, sino por la dimensión social del secreto.

Xisco Feijóo, en un momento previo a la entrevista.

Xisco Feijóo, en un momento previo a la entrevista. / Marta G. Brea

Durante un tiempo hizo lo que hacen muchas personas: avisó a quienes podían haberse expuesto, cuidó el entorno inmediato, y se guardó el resto. «Eu, ao momento, chamei a quen puiden chamar para advertir. Foi durísimo, porque ás veces era xente coa que tiñas un vínculo moi estreito», recuerda. Su primera llamada, confiesa, a un músico amigo.

No habla del miedo a enfermar —la medicina, explica, hace tiempo que cambió el mapa—, sino del miedo a ser señalado. A convertirse en «tema». A que una parte íntima de la vida se convierta en subtítulo permanente en la frente. En su caso, la amenaza tuvo un nombre concreto: la docencia. El aula como espacio compartido y, a la vez, íntimo; el aliento como metáfora; la ignorancia como peligro real. «Eu estaba nunha aula e por min pasaban cento cincuenta persoas á semana. E eu dicía: Que pensará esta xente? Seguirán vindo para respirar o mesmo aire ca min?… Iso era o que me martelaba na cabeza», confiesa.

De pandemia mortal en los 80 a infección crónica controlable

El virus no se transmite así. Pero el estigma sí. Y ahí aparece una de las frases que Xisco repite como quien coloca un cartel luminoso en mitad de una carretera con niebla: «Indetectable significa intransmisible». La ciencia avanzó.

Hoy el tratamiento antirretroviral permite que el VIH sea, para muchas personas, una infección crónica controlable. Pero la conversación social sigue cargando, como un archivo emocional que nunca se cerró del todo, con los fantasmas de los años 80: muerte, culpa, castigo, «algo que te buscaches». Xisco lo nombra sin rodeos. «O que provoca o estigma é a desinformación; os mínimos deberían ser coñecidos». Saber que no se transmite por compartir un vaso, ni respirar el mismo aire.

Una escena nítida emerge en el recuerdo: una sala de espera de hospital. Una puerta al lado de otras puertas. Gente que entra y sale sin saber, y miradas que parecen escanearlo todo. «Creouse unha consulta especializada. E ti estabas na sala de espera con persoas que non coñecías. Pasaba moita xente que se quedaba mirando. E igual era alumna túa. Eses momentos eran terribles».

«Cúlpaste primeiro (por que confiei…?)», admite. Hasta que un día se obligó a mirarse con dureza y a desmontar el prejuicio desde dentro: «Outras persoas teñen outro tipo de patoloxía ou pinchan insulina a diario... así que ti tes que vivir unha vida normal», se dijo.

Un segundo aprendizaje: cómo decirlo

La vida «normal», en su caso, no se resolvió solo con tratamiento, sino con un segundo aprendizaje: cuándo decirlo, cómo decirlo, qué hacer con el miedo. «Cando eu comunico que son portador do VIH ó coñecer a alguén? Nesa mesma hora do café? Despois do primeiro cine? Despois do primeiro mes?». Y lo más duro: «Logo dunha relación fracasada, as miñas vindeiras relacións xa nacían un pouco putrefactas, porque a miña actitude era de medo».

Hubo rechazos. «Respondían 'non controlo o tema, dame moito pánico', despois de contarllo. Vivín moitas veces ese rexeitamento». En esa parte de su historia aparece Alberto, su marido. En marzo cumplirán dos años de matrimonio. Para quien mira desde fuera, podría parecer una coincidencia «tranquilizadora»: dos hombres seropositivos, sin el peso de «contarlo» dentro de la pareja. Pero Feijoó corta esa lectura con una frase que no busca quedar bien. «O día que el me dixo que el tamén era positivo non me levei unha alegría; sentín mágoa ó pensar que el é un deses casos con só 17 anos... el só».

Xisco Feijóo y su marido, Alberto De Sousa, durante la entrevista.

Xisco Feijóo y su marido, Alberto De Sousa, durante la entrevista. / Marta G. Brea

Un diagnóstico que llegó con solo 17 años

En efecto, Alberto De Sousa fue diagnosticado con 17. Y su estigma no tuvo forma de silencio elegante, sino de sospecha laboral, de prejuicio en una multinacional donde trabajó 22 años —con ausencias, analíticas, citas médicas— y donde cada malestar se interpretaba como excesos de supuestas salidas de fin de semana. «Cada vez que estabas enfermo… Non o podía dicir naquel ambiente», reconoce. Y lo peor, lo que no se olvida: «chegou a dicirse: ‘levando a vida que levan, sería raro que non tivese sida’».

¿Una frase para quien reciba hoy un diagnóstico y crea que la vida se acabó? Xisco lo tiene claro: «Que confíen nos equipos médicos, que confíen en si mesmos e que sexan libres… e que na liberdade está decidir en que momento queren dicilo ou non». Alberto aclara: «os que me fixeron bullying e todo o mal que me trataron neses vinte anos, se len a entrevista, que saiban que por min, están perdoados». ¿A quienes se enteren hoy?: «Con que non digan nada, e dean un abrazo, xa está».

Lo que roba el estigma: «Faltounos un abrazo»

Xisco describe sin épica lo diferente de esta infección, con una frase sencilla: «Tes un cancro e mobilízase todo o apoio. Pero con isto… quen te abraza? Faltou un abrazo. E faltou tamén porque ti tampouco o reclamabas». Durante años, esa falta tuvo forma de silencio familiar, de no darle a su madre la oportunidad de acercarse más, de vivir como si la ternura hubiera que ganársela con discreción. Pero «non hai mal que non acabe, nin hai ben que sempre dure», repite, citando una copla popular que lo acompaña.

En plena pandemia de covid, Xisco decide hacer públicas unas fotos de su tratamiento, pidiendo que se extienda de forma universal. «A reacción… foi moi boa». También, colaboró en un vídeo con el equipo de VIH del Hospital Álvaro Cunqueiro que lidera Antonio Ocampo y sin el que —reconoce— esta travesía hubiera sido muy diferente. También, agradece el trabajo y acompañamiento que hace la Asociación Agavih en Vigo a muchas personas anónimas.

¿Cómo se sentirá después de esta entrevista?, pregunto. «Vou respirar moitísimo mellor, co peito máis ancho cando saia», admite Xisco. No busca el aplauso, ni una lección, ni un heroísmo de portada.

Él sigue cantando. Está a punto de estrenar «Xisco Sinfónico», el 21 de febrero, con la Sinfónica de Valga en el Pazo da cultura de Narón. En ese punto, piensa en cómo reaccionarán quienes no lo sabían: programadores, promotores, alumnos, familias. «Pode haber un produtor que diga ‘a este xa non o levo’… pero pode haber outro que diga o contrario», valora.

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