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Entrevista

Javier Martínez Torres, experto en IA: "La tecnología puede ayudar a combatir la soledad y reforzar la autonomía de las personas mayores"

El reto no es tecnológico, sino social: "alfabetizar, acompañar y crear herramientas seguras que completen –no sustituyan– los cuidados"

Javier Martínez

Javier Martínez / FdV

Elena Ocampo

Vigo

En plena conversación pública sobre el impacto de la inteligencia artificial, hay un terreno donde su potencial empieza a cobrar una relevancia especial: el envejecimiento. Sobre este problema, la IA se perfila como una posible aliada para acompañar, informar y reforzar la autonomía. Pero su implantación, advierte Javier Martínez, experto en inteligencia artificial y profesor de la Universidade de Vigo, exige algo más que innovación: hace falta formación, supervisión y una mirada ética. "¿Por qué pensamos siempre en tecnología que sustituye a persona y no en tecnología que aumenta a persona?", plantea.

-¿Qué papel puede jugar la IA en una de las regiones más envejecidas de Europa?

-Puede jugar un papel importante. La tecnología ya está disponible, incluso en versiones gratuitas, aunque esa no sea necesariamente la mejor opción. El problema es que muchas instituciones y muchas personas siguen partiendo de una idea equivocada: "como eres mayor, esto ya no va contigo". Yo no lo creo así. Conozco gente de 70 años que es absolutamente curiosa con estas herramientas, que investiga y que quiere entenderlas. La IA puede servir como apoyo cotidiano, como acompañante, como herramienta para resolver dudas o simplemente para conversar.

-¿Estamos preparados, a nivel institucional y social, para integrarla en la atención a las personas mayores?

-La tecnología existe, pero no la estamos usando bien. Y en muchos casos se usa mal porque se recurre a herramientas gratuitas como si fueran inocuas. Y no lo son. "Cuando una compañía monta algo y te lo da gratis, el producto eres tú»". Eso vale para la IA y vale para muchas otras plataformas digitales. En el caso de las personas mayores, ahí hay un riesgo añadido. Otra cosa distinta sería que una institución pública o una entidad social ofreciera una herramienta controlada, pensada como un servicio de acompañamiento, no como sustituto del cuidado humano ni como recurso médico, sino como complemento.

-Usted insiste en la idea de la compañía. ¿Es ahí donde ve una de las aplicaciones más prometedoras?

-Sí, sin duda. Para mí es un acompañante digital, sin lugar a dudas. Me parece la aplicación más transformadora en este ámbito. Puede conversar, responder preguntas del día a día, sugerir actividades o ayudar a detectar ciertas señales de alerta. No sustituye a una persona, pero puede complementar. Igual que existe el teléfono de la soledad o iniciativas parecidas, se podría dar un paso más en esa dirección.

-¿Qué soluciones concretas están funcionando hoy?

-Hay proyectos en marcha, también dentro de la propia Universidade de Vigo, vinculados al acompañamiento, a la mitigación de la soledad o al Alzheimer. Existen 'chatbots' inteligentes orientados a acompañar y también herramientas con capacidad predictiva para ayudar en el prediagnóstico. No para que la máquina diagnostique por sí sola, ni mucho menos, sino para ayudar a los profesionales en la toma de decisiones. En el ámbito médico eso está ya bastante avanzado; en lo social todavía menos.

-¿Están funcionando ya a gran escala o siguen siendo experiencias piloto?

-En muchos casos siguen siendo pilotos. Porque al final aparece siempre la misma pregunta: ¿quién paga esto? Si se hace bien, requiere máquinas, desarrollo, supervisión y mantenimiento. Más allá del proyecto de investigación, alguien tiene que sostenerlo. Y ahí es donde muchas veces se frena todo. Hay recursos públicos destinados a lo social, pero no siempre se están contemplando este tipo de iniciativas.

-¿Dónde ve hoy más avance: en salud o en el ámbito social?

-En salud, claramente. En prediagnóstico, en análisis de imagen, en apoyo a la decisión clínica o en investigación farmacológica hay mucho trabajo previo. Ahí la IA lleva años desarrollándose. En el ámbito social, en cambio, no hay todavía grandes iniciativas consolidadas que permitan decir: esto ya forma parte del sistema de cuidados. Lo que hay, sobre todo, son proyectos y experiencias. Queda mucho por hacer.

-Usted defiende que la IA puede ayudar a prolongar la autonomía y retrasar la dependencia. ¿En qué sentido?

-Lo creo firmemente. No hablo de que una persona tome decisiones médicas porque se lo diga una máquina. Hablo de otra autonomía: la de seguir aprendiendo, consultar información, resolver dudas, organizar actividades o explorar intereses sin salir de casa. Para una persona con problemas de movilidad eso puede ser muy valioso. Tienes una enciclopedia en tu casa, en tu móvil. Desde ese punto de vista, sí creo que puede ayudar a ganar autonomía.

-¿También puede servir para reducir la brecha digital?

-Puede servir, pero solo si se acompaña bien. El gran reto no es que la herramienta exista, sino cómo se enseña a usar. Para mí el reto es alfabetizar a toda esta gente. Hay muchas personas mayores que podrían beneficiarse ya de estas herramientas, pero necesitan que alguien les explique para qué sirven, qué riesgos tienen y cómo utilizarlas con criterio. Y eso no se está haciendo con la intensidad necesaria.

-¿Más que grandes proyectos, entonces, falta pedagogía?

-Exactamente. Yo creo que a veces pensamos demasiado en el gran proyecto y muy poco en la alfabetización. La cuestión es contarle a la gente mayor lo que puede hacer con la IA en su vida normal. Hay personas que podrían empezar a usarla de una forma sencilla, ver sus ventajas y luego dar pasos más seguros. Pero si nadie les descubre ese mundo, es difícil que lo incorporen.

-Desde una mirada crítica, ¿no existe el peligro de deshumanizar los cuidados?

-Yo creo que no. Las personas queremos personas. Cuando alguien va a un psicólogo, quiere un psicólogo, no un bot. La necesidad de contacto humano no desaparece. La cuestión es otra: si la tecnología puede aumentar la capacidad de quienes cuidan. ¿Por qué pensamos siempre en tecnología sustituye a persona y no en tecnología aumenta a persona? Ese es el enfoque. Si un profesional tiene un tiempo limitado, quizá pueda combinar atención presencial con apoyos digitales. No para reemplazar, sino para llegar mejor. Podría saber qué consultas farmacológicas realiza, o si se sospecha de automedicación, por solo citar un ejemplo.

-¿Cómo se garantiza un uso ético en un colectivo especialmente vulnerable?

-Hay dos caminos. Uno, que la herramienta esté controlada y supervisada por una institución o una entidad que ofrezca garantías. Y dos, si eso no existe, apostar por la alfabetización. En Europa tenemos un ecosistema más controlado de lo que a veces se piensa, y eso es positivo. Pero si tú no proporcionas una herramienta segura y adaptada, entonces necesitas formar a la gente para que sepa qué comparte, qué no comparte y cómo debe usarla. El uso ético hay que construirlo.

-¿Echa en falta más implicación institucional?

-Sí. Porque esto no se va a detener. Es una rueda que no vas a poder parar. Las empresas están alfabetizando a sus empleados porque saben que eso mejora su capacidad de adaptación. En cambio, en el ámbito social e institucional no veo la misma determinación. Y en una comunidad envejecida como Galicia, debería ser una prioridad.

-¿Qué cree que veremos en Galicia en los próximos cinco años?

-No me atrevo a hacer una predicción cerrada, pero sí tengo claro que el uso de estas herramientas va a seguir creciendo. Mucha gente las utiliza ya en su trabajo y se las acabará enseñando a sus padres o a sus mayores. Habrá personas que digan que esto ya no va con ellas, por supuesto, pero otras encontrarán una utilidad real. A veces pensamos solo en lo malo, y hay que controlarlo, sí, pero también hay que contar lo bueno para facilitar la adopción.

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