No hay deportista más famoso que Wout van Aert en Bélgica, ni siquiera el más hábil con una pelota en los pies. Lo quieren los flamencos, por supuesto, pero no hay valón, por muy francófono que se sienta, que no desearía que el líder del Tour se convirtiera en uno de sus hijos. Cuatro etapas resueltas y Van Aert ha sido segundo en tres y este martes, primero, tras un ataque increíble, exclusivo de una estrella de altísimo nivel, a 11 kilómetros de la meta de Calais, en el estreno francés de la Grande Boucle.

Tan bueno es Van Aert que su equipo, el Jumbo, le permite correr con un patrocinador privado en el casco. Es el único ciclista del concierto internacional que mantiene tal privilegio. Y no es para menos. En diciembre, antes, durante y después de Navidad, gana todas las carreras de ciclocrós. Y si este año no ha estado tan brillante como habría querido en las clásicas de primavera fue porque en esa época cayó noqueado por el covid, el único rival que lo ha dejado fuera de combate esta temporada.

En Calais, muy cerca de la frontera, se dan cita los seguidores belgas, los que no quieren perderse el festival de su hijo distinguido. Chillan y desbordan felicidad cuando ven por la pantalla gigante de la meta que el Jumbo lanza la ofensiva cerca de los acantilados de la costa, en una cota explosiva que traducida al castellano se denomina el Cabo de la Nariz Blanca. Allí está Tiesj Benoot, amigo, gregario y compatriota, para lanzarlo. Se le engancha Jonas Vingegaard y también Primoz Roglic y es entonces cuando acostumbra a ocurrir lo que a veces pasa en el deporte; no es el día perfecto porque Roglic levanta el pie, se descuelga y enseguida lo captura el resto del pelotón donde están todas las estrellas, entre ellas Tadej Pogacar, sorprendidas por el ataque del Jumbo. ¿Acaso Roglic no está tan fino como debería? ¿Acaso Vingegaard es el hombre fuerte del equipo?

Antes de que se resuelva la duda Van Aert ya camina como un llanero solitario hacia la meta. Y allí solo, sin el escudo del pelotón, descubre que lleva un mono, en vez de un 'maillot' y un 'coulote', tal cual estuviera disputando una contrarreloj; todo preparado de salida, todo dispuesto para un demarraje que se transforma en victoria, la que anhelaba, porque había repetido en Dinamarca que vale, muy bonito vestir el amarillo del Tour, pero que él lo que quería, lo que anhelaba, era la victoria que este martes consiguió en Calais para orgullo de sus paisanos, da igual que fueran valones o flamencos, que lo aguardaban en la meta cercana a ese puerto del que parten cada hora los ferrys que comunican Francia con Inglaterra.

La anécdota del día

Y es también en la meta donde se produce la anécdota del día. A 8 segundos llega el pelotón. Se prepara el esprint y otro belga, Jasper Philipsen, compañero de Mathieu van der Poel, levanta los brazos, grita de rabia, se siente fuerte y poderoso, como si fuera el mismísimo Van Aert, porque se cree ganador de la etapa. Christophe Laporte, compañero francés del jersey amarillo, que cruza la línea de meta en tercera posición, le hace un gesto con la mano y le indica claramente que hay un ciclista que ha entrado por delante; la decepción en un pozo.

Van Aert, líder también de la clasificación por puntos, la que obsequia con un jersey verde por el que quiere pelear hasta París, sabe que su Tour al frente de la general dura solo esta semana. Este miércoles en los adoquines del 'Infierno del Norte' volverá a ser el favorito a la victoria. Pero él y todo el Tour saben que el viernes, a la primera rampa de la Planche des Belles Filles se despedirá del jersey amarillo. Pero seguro que seguirá dando guerra.