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TOUR VINTAGE

De las antípodas al Tour: ¿qué hace un ciclista como tú en una carrera como esta?

En 1928, tres ciclistas australianos y un neozelandés se embarcaron en una aventura imposible y formaron el primer equipo anglosajón que compitió en el Tour de Francia

Hubert Opperman, antes de participar en el Tour de 1928

Hubert Opperman, antes de participar en el Tour de 1928

Javier Giraldo

Javier Giraldo

El Tour de Francia, un invento tan francés, fue territorio vedado para los anglosajones durante muchos años. Cuestión de carácter, de idiosincrasia, de idioma, de diferencias culturales… y de comunicaciones, que a principios del siglo XX eran más bien precarias.

Hasta 2012, con la victoria de Bradley Wiggins, un británico no ganaría el Tour. Luego llegaría la racha de Chris Froome (nacido en Kenia de padres británicos), ganador del Tour en 2013, 2015, 2016 y 2017. (Es el único corredor con cuatro Tours, una marca que Tadej Pogacar está a punto de igualar).

Pero mucho antes de que los anglosajones del siglo XXI dominasen el Tour, hubo otros. Llegados de mucho más lejos y dispuestos a hacer historia en la ronda gala. Fue el caso de los integrantes del Ravat-Wonder-Dunlop, el primer equipo enteramente anglosajón que disputó el Tour de Francia, cuatro ciclistas llegados nada menos que desde las antípodas. Eran tres australianos y un neozelandés. Ocurrió en 1928.

(Dos australianos, llamados Don Kirkham e Iddo Munro, ya habían corrido el Tour en 1914, aunque de manera individual. Kirkham fue el 17º y Munro, el 20º).

El Ravat Wonder Dunlop que participó en el Tour de 1928

El Ravat Wonder Dunlop que participó en el Tour de 1928 / -

La aventura del equipo oceánico –formado por los australianos Hubert Opperman, Percy Osborne y Ernest Bainbridge, además de por el neozelandés Harry Watson- arranca en Australia, donde Opperman destacó pronto como ciclista.

A finales de 1927, dos periódicos australianos y uno neozelandés (‘Melbourne Herald’ y ‘The Sporting Globe’ en Australia y ‘The Sun’ en Nueva Zelanda) pusieron en marcha una suscripción popular para recaudar fondos. El objetivo era llevar un equipo oceánico al Tour.

Logrado el dinero, los cuatro ciclistas se embarcaron en abril de 1928. Para Opperman, el viaje era una oportunidad: demostrar en Europa su enorme valía como ciclista, sobradamente demostrada en las pistas y los velódromos de su país. Para el resto, el viaje fue más bien una aventura exótica. Huelga decir que tanto Opperman como sus compañeros de viaje eran unos perfectos desconocidos en Francia.

En inferioridad de condiciones

Los ciclistas procedentes de las antípodas llegan a Francia y se instalan a las afueras de París. Se apuntan al Vélo Club Levallois, dirigido por Paul Ruinart, para entrenarse. Intentan reclutar a otros ciclistas europeos para reforzar su equipo, pero no lo logran. Frente a otros equipos formados por ocho o diez corredores, el suyo, el Ravat-Wonder-Dunlop, será solo de cuatro corredores: Opperman, Osborne, Bainbridge y Watson.

El detalle no es menor, ya que aquel Tour de 1928 se corrió, en la mayor parte de su recorrido, como contrarreloj por equipos, una idea Henri Desgrange, el patrón de la carrera, para dinamizarla y evitar amaños.

“Desgrange estaba convencido de que los equipos se estaban combinando para arreglar el resultado de la carrera. En el mejor de los casos, incluso si eran honestos, ayudaban a un ciclista más débil a hacerlo bien. También creía que en las etapas planas los ciclistas no se esforzaban, guardando energía para las montañas”, escribió el historiador estadounidense Bill McGann.

La milla invisible (David Coventry)

La milla invisible (David Coventry) / -

Compitieron en desventaja, pero nunca le perdieron la cara a la carrera. Opperman llegó incluso a ser apadrinado por los patrones del equipo francés Alcyon, uno de los más potentes del pelotón. Su director, Ludo Feuillet, lo adoptó y lo ayudó con consejos y neumáticos. Opperman acabaría ese Tour en la 18ª plaza.

Años después, Opperman escribió sus recuerdos de aquel Tour. “Mientras la bicicleta golpeaba y se sacudía por el terreno irregular, uno anhelaba compañía, otra persona cuya conversación pudiera compartir la angustiosa miseria de esas horas. El francés es el esperanto de la fraternidad ciclista, así que me aventuré con unas palabras en ese idioma. C’est dur (es duro), pero solo recibí un gruñido. Pedaleamos en silencio un kilómetro, luego de nuevo en francés, intenté: 'Este Tour es muy difícil, todos estamos cansados.' Solo recibí un ruido gruñón. '¡Cállate, charlatán francés, no entiendo ni una maldita palabra de lo que estás farfullando!', y entonces me di cuenta de que había estado pedaleando sin saberlo junto a Bainbridge”.

Watson acabaría el Tour en el puesto 28º y Osborne, cuarto por la cola. Bainbridge fue el único que no logró terminar el Tour.

Y después del Tour, ¿qué? No hubo demasiadas noticias de Watson, Bainbridge y Osborne, pero sí de Opperman: regresó a Europa, y en 1931 llegó a ganar la Paris-Brest-Paris, una locura de 1.166 kilómetros que consiguió completar en 49 horas y 21 minutos. Ese mismo año corrió de nuevo el Tour y no le fue mal del todo: acabó duodécimo.

De la bici al escaño

De vuelta a su país, Opperman hizo carrera política: llegó a ser ministro de Marina y Transportes, primero, y de Inmigración, después: desde su despacho, ayudó a relajar las normativa australiana sobre inmigración, tradicionalmente bastante rígida. Falleció en 1996, a los 91 años.

La historia de los australianos (y el neozelandés) del Tour está recogida en un libro y en un documental: el libro es obra del escritor neozelandés David Coventry y se titula ‘La milla invisible’.

El documental, obra de Phil Keoghan y Bill Cornell, se llama ‘The ride’ y recrea ese Tour de 1928, con el foco puesto en aquellos ‘locos’ que se aventuraron en el Tour de 1928 desde las antípodas, cuando no imaginaban ni por asomo que uno de sus compatriotas llegaría a ganar la carrera muchos años después: Cadel Evans lo logró en 2011.

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