11 de junio de 2018
11.06.2018

Las siete magníficas de la danza moderna

Una muestra rescata el arte de Isadora Duncan, Tórtola Valencia, Doris Humphrey, Martha Graham, Loïe Fuller, Joséphine Baker y Mary Wigman

11.06.2018 | 01:08
Dos espacios de la muestra.

Isadora Duncan (San Francisco, 1877-Niza, 1927) nació a la orilla del mar. Solía decir que todos los grandes acontecimientos de su vida habían ocurrido junto a él y que su primera idea del movimiento y de la danza le habían venido del ritmo de las olas. Duncan, coreógrafa y bailarina, pionera y visionaria, es una de las protagonistas y el hilo conductor de la exposición La bailarina del futuro. De Isadora Duncan a Joséphine Baker, que se exhibe hasta el próximo día 24 de junio en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid.

Junto a ella otras seis mujeres, también bailarinas y coreógrafas, del siglo XX. Crearon nuevas formas de expresión en la danza, enfrentándose al rígido canon del ballet, ideando nuevos movimientos, haciendo una personalísima puesta en escena, llevando un estilo de vida transgresor y huyendo de todo corsé, empezando por el que debían vestir. Siete mujeres abanderadas de la libertad creativa e individual, fundamentales para explicar la modernidad de la danza, que actuaron en los grandes teatros europeos y norteamericanos, así como en cafés, music-halls, cabarés y salas de proyección cinematográficas. Y ausentes, la mayoría, de los manuales de Historia: Isadora Duncan, Loïe Fuller, Joséphine Baker, Tórtola Valencia -la única española-, Mary Wigman, Martha Graham y Doris Humphrey.

Comisariada por María Santoyo y el asturiano Miguel Ángel Delgado, la exposición, que se divide en siete espacios, uno para cada protagonista, cuenta con el asesoramiento de Ibis Albizu, experta en teoría de la danza, y la participación de la bailarina Agnès López Río, que recrea los movimientos más conocidos de estas bailarinas. Uno de sus aciertos es la inteligente combinación de recursos museográficos tradicionales (carteles, fotografías, pinturas, cerámicas, reproducciones de vídeo, vestuario y material escenográfico) con modernas instalaciones audiovisuales e interactivas.

El oleaje marino y las figuras de las cerámicas griegas fueron, junto a la poesía de Walt Whitman y la pintura de Sandro Boticelli, las fuentes de inspiración del baile de Isadora Duncan, que ella ejecutaba descalza, con túnica y pelo suelto. Rechazaba el encorsetamiento y la verticalidad del ballet y su propuesta era el movimiento libre, sinuoso y fluido, subrayando el protagonismo de la bailarina. A falta de registros gráficos o audiovisuales sobre sus actuaciones, quedan escritos, reseñas, críticas teatrales y representaciones de artistas plásticos. La exposición recoge una interesante selección de acuarelas del pintor modernista estadounidense Abraham Walkowitz que representan los movimientos de su baile.

Loïe Fuller (Fullersburg, EEUU, 1862-Francia, 1928) inspiró su danza en las leyes de la refracción de la luz y todo tipo de luminiscencia. Al parecer, en una visita a Notre Dame, quedó embelesada por los colores que las vidrieras estampaban en su vestido y comenzó a interesarse por las leyes de la ciencia. Se relacionó con científicos como el matrimonio Curie y Camille Flammarion. En sus espectáculos usaba la luz eléctrica de una forma que no se había visto nunca. En la muestra puede verse un extracto de la película La bailarina.

Joséphine Baker (San Luis, EEUU, 1906-París, 1975), también conocida como Sirena de los Trópicos o La Venus de Ébano, revolucionó el París de los años 20 con una danza salvaje, basada en saltos enérgicos atrevidos, torso desnudo, mímica y violentas contorsiones. Esta mujer valiente, que participó en la Resistencia francesa y defendió los derechos civiles en su país de origen, actuó en Madrid en 1930, en el desaparecido Gran Teatro Metropolitano. La exposición recoge las crónicas de su llegada y su actuación.

La española Tórtola Valencia (Sevilla, 1882-Barcelona, 1955) embrujó al público europeo con sus danzas orientales inspiradas en los trabajos de Isadora Duncan y Loïe Fuller. Con tan sólo 15 años, en 1908, debutó en el Gaiety Theatre de Londres y se hizo famosa por su danza La serpiente. Triunfó en el Folies Bergère de París, en Copenhague, en Grecia, en Turquía, en Rusia, en la India y en Latinoamérica. Enemiga de todo límite que se quisiera imponer a la mujer, debutó en Madrid en 1911 en el Teatro Romea, en un estreno en el que fue ovacionada por intelectuales como Emilio Pardo Bazán, Pío Baroja, Valle-Inclán, Gregorio Marañón, Jacinto Benavente y el asturiano Ramón Pérez de Ayala. Abandonó la danza en 1930 y se convirtió en una destacada coleccionista de arte.

La pieza coreográfica La danza de la bruja (1914) y la máscara ceremonial que Mary Wigman (Hannover, 1886-Berlín, 1973) mandó crear, influida por los teatros Noh y Butoh japoneses, como símbolo de los miedos de la sociedad europea de entreguerras, centran el espacio dedicado a esta bailarina y coreógrafa que mantuvo una estrecha relación con el expresionismo alemán.

Martha Graham (Pittsburgh, 1894-Nueva York, 1991) ha sido la creadora de un lenguaje coreográfico autónomo, capaz de comunicar pasiones esenciales y vigente en la educación de todo bailarín contemporáneo. Es la más intelectual y la que más influencia sigue teniendo en las generaciones que la siguieron. Su estilo es conocido y se caracteriza por la contracción y relajación del cuerpo, la caída controlada, los saltos del hombre y un desarrollo de imágenes que va con los movimientos.

La muestra se cierra con la coreógrafa también estadounidense Doris Humphrey (Oak Park, 1895-Nueva York, 1958), la primera en el mundo de la danza en romper con la estructura jerárquica y piramidal de la prima ballarina e imponer movimientos basados en la horizontalidad del grupo. Destaca en este espacio una triple instalación audiovisual que recrea la caída del cuerpo controlada, jugando con el control del equilibrio y el desequilibrio, lo estático y el movimiento, mostrando el concepto que Humphrey denominó "kinestesia".

"Si pudiera decir lo que siento, no valdría la pena bailarlo", se lee como despedida. La frase es de Isadora Duncan, prematuramente fallecida -todavía no había cumplido los 50 años-, cuando el largo pañuelo de seda que llevaba al cuello se enredó en los radios metálicos de una de las ruedas traseras del descapotable que conducía.

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