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La Opinión de A Coruña

¿Quién mató a Marilyn Monroe?

Cuando se cumplen 60 años de la muerte (o del asesinato) de la actriz y a mes y medio del estreno de ‘Blonde’, repasamos todos los condicionantes que desembocaron en la sobredosis de somníferos

Marilyn Monroe.

Sesenta años han pasado desde aquella noche del 4 al 5 de agosto de 1962 en la que encontraron el cuerpo de Marilyn. Joyce Carol Oates, la autora de Blonde, esa novela que no es tanto una biografía como una profunda interpretación literaria de la mujer real, lo describió así: “La mujer estaba desnuda, cubierta con una sábana blanca, como si ya estuviese en la camilla del forense. La sábana se adhería a su cuerpo febril, marcando el vientre, las caderas y los pechos de una forma a la vez excitante y repugnante”. Es el gran el tema que la autora norteamericana repite una y otra vez en sus novelas: el cuerpo de la mujer deseado y destruido (directa o indirectamente) a causa de ese mismo deseo.

Una joven Marilyn posa como modelo ‘pin-up’ a principios de los años 40.

Una joven Marilyn posa como modelo ‘pin-up’ a principios de los años 40. / L.O.

Y no hay cuerpo más carnal que el de Marilyn. Víctima de su tiempo, ese cuerpo había dejado de ser suyo para convertirse en un icono cosificado, en patrimonio mundial. Para muestra, las palabras del supermacho man Norman Mailer que en los 50 podía soltaba sin rubor perlas como esta: “No creo que Marilyn deba casarse con nadie. Pertenece a todos los hombres”.

Mientras esperamos el estreno en Netflix, el 28 de septiembre, de la adaptación cinematográfica de aquella amarga novela con Ana de Armas en el papel titular, bueno será repasar las pistas que señalan quién fue el verdadero responsable de su muerte. Sin ánimo de apuntarnos a una fácil conspiranoia —esa que señala a la CIA, a John Kennedy e incluso a su hermano Robert como culpables—, quizá la clave del enigma sea realmente mucho más compleja y apunte a la vieja fórmula de Asesinato en el Oriente Express. Estos son los principales sospechosos.

  • La industria del cine. En la última y ya mítica entrevista que la actriz dio a la revista Life y que se publicó un día antes de su muerte, una Monroe hecha pedazos habló sin filtros de la utilización que Hollywood había hecho de ella: “Los actores no somos máquinas, aunque algunos quieren que lo seamos —denunció—. Al fin y al cabo, un estudio es un lugar donde se practica un arte. Allí se han ganado miles de millones y nada de eso ha revertido en los obreros”. En su afán por convertirse en una verdadera actriz, se había trasladado al Actors Studio de Nueva York para ser algo más que un producto y solo cosechó burlas.

Ana de Armas caracterizada para ser Marilyn. // Netflix

  • Su inestabilidad. Billy Wilder, que la dirigió en La tentación vive arriba y en Con faldas y a lo loco y que exigía por ello la más alta condecoración al valor, también fue capaz de reconocer el mérito de una chica que nunca tuvo la menor oportunidad de aprender o de vivir fuese capaz de convertirse en un “monstruo de Frankenstein” a base de fama, publicidad y notoriedad. “Es natural que se sintiese confusa y aturdida”, dijo. La confusión y el aturdimiento, que la hacían llegar tarde regularmente a los rodajes, no eran atribuibles a arrogancia o a un desprecio hacia el resto del equipo, según se defendía ella, sino a la enorme presión psicológica que sentía.
  • La prensa del corazón. El 19 de junio de 1962, cuando la Fox decidió rescindir su contrato y echarla de la película Something’s go to give, que no se llegó a acabar, Hedda Hopper, la cotilla de Hollywood, remachando con saña, anunció en su columna que Marilyn era ya pasado: “Es dudoso que cualquier otro productor quiera arriesgar millones de dólares a causa de su humor y sus caprichos”. Los rumores del mundillo responsabilizaron a los caprichos de Monroe de desencadenar la muerte de Clark Gable, que falleció de cáncer nada más acabada Vidas rebeldes, y el fracaso de su matrimonio con Miller, al supuesto affaire que habría mantenido con Ives Montand. Del asesinato de Kennedy nadie dijo nada, porque todavía no había sucedido.
  • Sus maridos. “En tiempos del cine mudo habríamos hecho una admirable pareja”. Así sentenció Marilyn su segundo matrimonio, con Joey Di Maggio. El primero, con un olvidable muchacho que acabó siendo policía en Los Ángeles, apenas duró unos meses como tal. Miller, el tercer marido y más controvertido, culminó la inquietud de la actriz por lograr una educación, para que se le reconociera una curiosidad, real, que la llevó a leer Ulises y Los hermanos Karamazov, pero sobre todo por lograr una protección y un cuidado que estaba muy lejos de las intenciones del autor de Las brujas de Salem. Acabado el romance, el dramaturgo sentenció fríamente: “Marilyn es la prueba suprema, en lo que a mí concierne, de que la sexualidad y la seriedad son incompatibles”.
Marilyn Monroe.

Marilyn Monroe. L.O.

  • Su infancia. “La fama es algo poco importante para una niña abandonada. Fui educada como tal. De una forma muy distinta a la del niño americano medio que es más o menos feliz. La felicidad no es algo que yo diera por hecho”, confesó. Es difícil sobrevivir a ser la hija ilegítima de una mujer que pasó la mayor parte de su vida en un manicomio —su padre solo fue una foto enmarcada, jamás supo quién era—, a haberse criado en un orfelinato, a haber pasado por 12, ¡12!, familias de acogida y a haber sido violada a los 9 años por un amigo de una de ellas.
  • Su sexualidad exuberante. “El sexo forma parte de la naturaleza, yo estoy con la naturaleza”. La sexualidad sincera y a la vez autoparódica de Marilyn la hace hoy profundamente moderna y, aunque está claro que sus películas jamás pasarían el test de Bechdel —ese que exige que cuando aparezcan dos mujeres hablando en una película no lo hagan de hombres—, ella abre la puerta a un modelo de mujer muy actual. Sin Marilyn no existiría la Lena Dunham de Girls. Aunque ella gustaba por igual a hombres y a mujeres, una buena parte del conservadurismo norteamericano no la soportaba. “Después de todo —se defendía— descienden de los puritanos que bajaron de un barco con mal pie —¿o fueron los peregrinos?— y ese puritanismo subsiste todavía”.

Billy Wilder dirige a Marilyn en la famosa escena de 'La tentación vive arriba'.

  • Ser comunista. Quizá llamar a Marilyn comunista sea un tanto exagerado, pero no para patrones estadounidenses, en pleno fervor macartista. Al fin y al cabo, se había casado con Miller, perseguido por el Comité de Actividades Antiamericanas, que no aceptó denunciar a sus excompañeros de militancia comunista y había escrito la más clara parábola sobre el asunto en Las brujas de Salem. La actriz recibió presiones por parte de directivos de la Fox para que convenciera a Miller para colaborar con los hombres de McCarthy, so pena de acabar con su carrera. Marilyn, indignada, se negó en redondo. Un periodista requirió su opinión sobre los comunistas. “¿Están a favor del pueblo, verdad?”, respondió.
  • El síndrome de la impostora. No era fácil ser Marilyn porque ni la misma Marilyn se lo creía. Su fragilidad, su nerviosismo y su miedo —que le provocó una tartamudez que tardó mucho en controlar— jugaban en su contra. “Cuando llegó a los estudios y veo mi nombre en mi camerino, pienso que ese no es mi sitio. Que quizá sería mucho más feliz siendo la mujer de la limpieza”. En otra entrevista, no teme mostrarse vulnerable: “Se dice que el nerviosismo denota sensibilidad. Intento luchar contra él, aunque no obtenga siempre grandes resultados”. Paciente del famoso doctor Feelgood (el doctor Max Jacobson), quien, además de su fórmula secreta, recetaba drogas recreativas a medio Hollywood, era compulsiva consumidora de tranquilizantes.

Marilyn entre Robert y John Kennedy.

  • Los hermanos Kennedy. Bien, ya saben. El sensual “¡Happy Birthday mr. president!” es la imagen del supuesto affaire que la actriz mantuvo con John F. Kennedy. Aunque, en mayo de 1961 ese romance, iniciado antes de la boda de él con Jackie, ya estuviera acabado. Hay centenares de biografías que especulan con un posible asesinato de la actriz y, naturalmente, la CIA e incluso la Mafia suelen entrar en la ecuación. Lo que más intriga en su muerte es el largo lapso de tiempo entre que la asistenta descubre el cadáver poco después de la medianoche y las 4,25 de la madrugada, cuando se avisó a la policía. Hoy son muchos los que apuntan a Robert Kennedy, fiscal general de Estados Unidos, como el hombre que podría haberla acompañado la noche de las 47 pastillas de Nembutal.
  • ¿Quién mató a Norma Jean? Poco después de la muerte de la estrella, Pete Seeger se valió de la letra escrita por el poeta Norman Rosten, amigo de la actriz, para reavivar un viejo tema country: “Quién mató a Norma Jean?/ Yo, respondió la ciudad/ como deber cívico. / Yo maté a Norma Jean […] ¿Quién recogerá su sangre?/ Yo, respondió el fan / Con mi caldero./ Yo recogeré su sangre”.

La nadadora a contracorriente

“Siento una gran empatía por Marilyn”, contó en una entrevista la hoy octogenaria Joyce Carol Oates hace 10 años, cuando se decía que la actriz idónea para protagonizar la adaptación de Blonde era Naomi Watson. “La mayor parte de la gente conoce la imagen pública de Marilyn, pero yo conozco a la huérfana, una niña a la que convirtieron en una diosa. La percibo como una nadadora que va a contracorriente y finalmente se ahoga”. La escogida ha sido Ana de Armas, que ha sorprendido por su caracterización, aunque hay menos consenso con su acento. Oates se ha mostrado del todo de acuerdo con la elección de la cubana, que ofrece una imagen “fantástica” tras cuatro horas de maquillaje. “Meterse en la piel de Marilyn supone una tensión que no muchos soportarían”, afirma.

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