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La Opinión de A Coruña

Más de 50.000 personas en la mayor incursión que recuerda Catoira

El Desembarco Vikingo se consolida tras dos años ausente por la pandemia

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Los vikingos conquistan Catoira en un desembarco multitudinario Gustavo Santos

Europa se fijó ayer en Catoira, donde se celebraba el día grande de una de las citas más destacadas del circuito cultural del viejo continente, como es la Romaría Vikinga, declarada de Interés Turístico Internacional.

Quizás por eso, algunos de los ciudadanos que ayer se encontraban en el municipio arousano para asistir al Desembarco Vikingo de cada primer domingo de agosto —excepto en pandemia—, hablaban alemán, mientras que otros lo hacían en francés o italiano. Al igual que los había portugueses, algún asiático y, como no podía ser menos, irlandeses y daneses.

No estaban solos, sino que se hicieron rodear de una multitud de españoles, tanto gallegos como llegados de otras muchas regiones del país.

El salto de los vikingos. A la izquierda, uno de losguerreros catoirenses más veteranos, que se lanza ante su hijo, con los brazos abiertos. | // GUSTAVO SANTOS

Ellos, con su sola presencia, fueron los grandes protagonistas de una nueva edición del tradicional Desembarco Vikingo.

Podría contarse lo sucedido tirando de tópicos, para decir que los bravos guerreros gritaron eso de “Úrsula, Úrsula”, que los sanguinarios vikingos remontaron el Ulla ansiosos de conquista, que los dioses estaban de su lado o que el vino tinto del Ulla corrió como si fuera sangre...

Incluso podría contarse una película de vikingos, y nunca mejor dicho, inspirada en los hombres del norte y esas naves de guerra diseñadas para incursiones en aguas poco profundas.

Pero lo cierto, lo único cierto, es que el vivido ayer en Catoira fue un día espectacular en el que se superaron todas las expectativas.

El vino color sangre corrió a raudales // GUSTAVO SANTOS

Se sabía que la Romaría Vikinga de este año iba a ser apoteósica, después de dos ediciones ausente a causa de la pandemia.

Y así fue. Pero si esas ganas de fiesta no eran suficiente motivo para acercarse a Catoira, resulta que la ría de Arousa y el río Ulla amanecieron cubiertos de un espeso manto de niebla, de ahí que muchos pensaran que no era día de playa y que lo mejor sería acercarse al municipio catrines para disfrutar del tradicional Desembarco Vikingo.

Por unas razones u otras, mientras los cinco drakkar que iban a protagonizar la incursión permanecían ocultos entre esa niebla, ciudadanos de todo el continente ponían rumbo a las Torres de Oeste, sin saber que acabarían batiendo todos los récords posibles.

Este año fueron cinco los drakkar queremontaron el Ulla. | // GUSTAVO SANTOS

Es muy difícil calcular la cifra exacta, pero los agentes de la Guardia Civil consultados, efectivos de emergencias, vecinos de Catoira y, sobre todo, los vikingos curtidos en mil batallas, aseguraban que ayer, en la 62 edición de la Romaría Vikinga, había “más gente que nunca”.

García y Caamaño

Algo en lo que coincidían dirigentes políticos como el edil conservador Iván Caamaño, disfrazado para la ocasión, y el veterano alcalde socialista Alberto García, gran artífice de la proyección internacional alcanzada por esta fiesta y por su Concello durante las tres últimas décadas

Una afirmación, esa referida a la masiva afluencia de público, que parece totalmente acertada y permite hablar de más de 50.000 personas reunidas a orillas del Ulla, en un pueblo que apenas llega a los 4.000 habitantes.

Los ciudadanos de Tenerife, Bilbao, Madrid, Asturias, Vigo, A Coruña, Ourense y demás procedencias coincidían al destacar tanto la originalidad del evento —aquellos que nunca habían estado— como el gran ambiente festivo que se respiraba en el recinto amurallado de las Torres de Oeste.

Un ambiente que comenzaba a vivirse desde las diez de la mañana, cuando empezaba a llegar la gente, formando largas colas que no finalizarían hasta bien entrada la tarde.

La llegada de los vikingos, este año más vistosa de lo habitual, se produjo pasadas las 13.00 horas. Y hasta ese instante las pasarelas que conducen a las Torres siempre estuvieron repletas de público tratando de acceder al recinto.

La llegada de los guerreros. | // GUSTAVO SANTOS

Al igual que estuvieron a tope cuando finalizó la dramatización del desembarco, ya que a quienes regresaban a casa se sumaban los que aún querían entrar a la zona de fiesta.

Mejillonada

Un espacio lleno hasta la bandera en el que se sirvieron mejillones cocidos gratis y vino tinto del Ulla durante toda la mañana.

Y donde se situaba una buena cantidad de puestos de hostelería en los que saborear pulpo á feria, churrasco y otras viandas.

No faltaron, en el mercado medieval, los puestos de venta de espadas, escudos, cuernos y ropas vikingas, además de comercializarse pan, quesos, empanadas, adornos celtas, rosquillas, helados y todo tipo de artículos.

También funcionaron diversas barras, que no dejaron de servir bebida; negocios que hicieron su particular agosto en cuanto finalizó el desembarco y comenzó el almuerzo campestre.

Mención especial merece la labor de los integrantes de los grupos Troula y Upsala Medieval, que no dejaron de animar el recinto.

A los que se sumaban la música de gaitas y panderetas y el sonido de los cuernos que algunos vikingos utilizaban con maestría.

Una animación a la que contribuyeron los cientos de personas que acudieron vestidas para la ocasión, entre las que cabe citar a los integrantes de la asociación cultural Ateneo Vikingo, que es una de las referencias históricas de esta fiesta. Este año sus miembros no pudieron participar con su barco de guerra, pero animaron la fiesta igualmente, “combatiendo” en tierra firme.

Ataviados como guerreros, contribuyeron a realzar la espectacularidad de la fiesta y el recinto, dejándose fotografiar por los turistas que se lo pidieron.

Al igual que hicieron los ciudadanos que se vistieron de vikingos a título individual, algunos de corta edad. Entre ellos muchos catoirenses, ya que algunos viven esta fiesta con auténtica pasión.

Pero también los llegados de lejos de las fronteras gallegas, como los vascos y tinerfeños que se vistieron de guerreros nórdicos y acudieron por primera vez a Catoira para, según decían, “experimentar una fiesta apasionante”.

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