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La Opinión de A Coruña

León de Aranoa abre en canal a Joaquín Sabina

El documental ‘Sintiéndolo mucho’ es un retrato íntimo, casi un testamento vital, del músico de Úbeda

Leyva, León de Aranoa y Sabina, en San Sebastián. | // JUAN HERRERO

“Las grandes obras están escritas por borrachos, drogadictos y pendencieros”. “Siempre me propuse envejecer sin dignidad, y creo que lo estoy consiguiendo”. “El amor tóxico da unas canciones cojonudas”. “La hora antes del concierto no debería existir”. Son algunas de las frases lapidarias que Sabina pronuncia en Sintiéndolo mucho y que bastarían para llenar varios artículos como este si fueran recopiladas todas juntas. Dirigido por Fernando León de Aranoa y articulado alrededor de una larga conversación entre el cineasta y el músico, el documental transcurre a lo largo de 13 años durante los que el uno ha sido la sombra del otro, desde aquel día de 2009 cuando Sabina se fue en coche a Rota junto al poeta Benjamín Prado a escribir el disco Vinagre y rosas.

La película, eso sí, no es un recorrido cronológico sino una sucesión de momentos esporádicos aglutinados a través de sucesivos saltos en el tiempo. “Pronto descubrimos que no tendría sentido imponerse una estructura narrativa”, afirma el director madrileño desde el Festival de San Sebastián, donde la película se presentaba ayer fuera de competición. “El guion mismo era la ausencia de un guion. Alrededor de Joaquín siempre pasan cosas, y se trataba de abrazar ese caos magnífico”.

Tango y novelas

Sabina, en efecto, empieza la película entre los bastidores del concierto del Wizink que dio junto a Joan Manuel Serrat en febrero de 2020, justo antes de la caída que le llevó a ser operado de urgencia y le ha apartado del gran público desde entonces. “Coño, Fernandito, no me jodas, no irás a empezar la película con la hostia que me di, ¿no?”, se queja el artista en una de las primeras escenas , y de ahí va viajando a Ciudad de México, a su Úbeda natal, a la intimidante plaza de Las Ventas y luego a la de Aguascalientes, el día en que José Tomás casi pierde la vida por una cornada y a él lo vemos retorcer el rostro de dolor y terror.

A lo largo del viaje, el cantante reflexiona sobre carrera, familia, historias de amor y fans; refleja en el rostro la alegría que causa componer una estrofa hermosa; se declara apasionado de las rancheras de José Alfredo Pérez y sugiere que quizá todas sus canciones sean tangos —“el tango tiene todo lo que a mí me gusta: el arrabal, los malevos, los cuchillos, las putas”— y confiesa que su plan de vida inicial fue “ser un profesor de instituto de provincias y pasar los fines de semana escribiendo una gran novela que no leería casi nadie pero que los críticos aclamarían”, hasta que la guitarra lo truncó.

Sabina se pone emotivo al visitar Úbeda, donde lee en voz alta unos versos escritos por su padre y justo después lamenta: “Uno de los nubarrones que llevo en el alma es que cuando empecé a tocar en sitios grandes, mi padre estaba con alzhéimer y mi madre muy enferma. Murieron enseguida. No pudieron disfrutar del éxito del niño, y lo habrían disfrutado como locos”. “Una de mis intenciones con la película es tomar el icono y matizarlo retratando a la persona que se esconde tras él”, comenta el director de Los lunes al sol y El buen patrón. “Me interesan sobre todo sus vulnerabilidades, su fragilidad, esa capacidad única para cuestionarlo todo y contradecirse a sí mismo”. El Sabina de Sintiéndolo mucho es una paradoja con ojeras. Se define a la vez como anarquista y liberal, ateo devoto de la Semana Santa y animalista enamorado de la fiesta de los toros; lleva décadas poniéndose al público en la palma de la mano y aun así sigue sufriendo ataques terribles de miedo escénico. “Parece mentira que con 40 años de profesión me pase esto”, protesta mientras sale del baño después de vomitar, media hora antes de un recital, y declara no estar seguro de si la adoración del público lo hace sentirse “un Dios, o un gilipollas, o tal vez un Dios gilipollas”.

Se muestra sin complejos borracho, desnudo y deprimido, fumando como un carretero y bebiendo whisky y cava y tequila, arrancándose las flemas con carraspeos de violencia alarmante. Recuerda que escribió 19 días y 500 noches “durante sesiones de tres días sin dormir y mucha coca”, y que su vida se compuso mucho tiempo de sexo, drogas y rock’n’roll, esencialmente. “Duró hasta los 50 años. No está mal, ¿eh? Para mí fueron experiencias felices. Y cuando dejaron de serlo simplemente lo dejé”.

Tras sufrir un ictus en 2001 y conocer a Jimena, su compañera actual, Sabina descubrió la fe, que es buena para la salud pero “fatal para escribir buenas canciones”. Hoy tiene 73 años y muchos planes. Los haga realidad o no, el nuevo documental posee la carga simbólica de un testamento o, al menos, la significancia de un homenaje destinado a nutrir la posteridad al lado, por supuesto, de las composiciones más célebres de su repertorio. “No soy capaz de mejorar viejas canciones que he hecho. Me considero incapaz de mejorarlas”, reconoce, sintiéndolo mucho.

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