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Un terremoto emocional

Joan Manuel Serrat selló su carrera en los escenarios con un recital de fuerte carga conmovedora en el que recorrió sus clásicos ante un público especialmente expresivo

Joan Manuel Serrat, durante el concierto en el Palau Sant Jordi. | // ALEJANDRO GARCÍA/EFE

Ya antes de que empezara el concierto se percibía en el Palau Sant Jordi un punto de inflamación superior al de noches anteriores, acaso una mezcla de ansiedad civilizada, emoción a flor de piel y tal vez un poco de duelo, aunque Serrat insistiera luego en que “esto es una fiesta”. A media interpretación del primer tema, Temps era temps, irrumpió una salva de aplausos, como si el público no pudiera aguantarse más para expresar al artista su integral adhesión espiritual.

La del pasado 23 de diciembre fue la última de las tres sesiones en Barcelona de la gira El vicio de cantar 1965-2022 o, en otras palabras, el último concierto de Serrat, una frase que se hace rara de escribir. Despedida “por voluntad propia”, certificó, practicada “con alegría”, evitando la solemnidad. “Será mi último concierto, pero me lo quiero pasar de cojones”, deslizó en su dicharachero catalán de la calle Poeta Cabanyes, en Poble Sec.

Presencias institucionales

Defendió la conveniencia de dar esquinazo a la tentación de la nostalgia y nos pidió que hiciéramos el favor de evitar secarnos las lágrimas con la manga del vecino. En el palco, las más altas figuras institucionales, atendiendo a la llamada de la historia: el presidente Pedro Sánchez, el ministro Miquel Iceta, la consellera Natàlia Garriga y la alcaldesa Ada Colau (el president Pere Aragonès había acudido al recital el día anterior).

Seguro que alguna que otra mejilla se humedecería al son de Cançó de bressol o Me’n vaig a peu, esas tonadas profundas que establecieron en su día lazos profundos. Pero hubo mucha vivacidad esa noche en el Sant Jordi, palmas en Me’n vaig a peu, y ovaciones nada pautadas entre las estrofas de No hago otra cosa que pensar en ti o Algo personal. Un tema que no sonó la primera noche (sí la segunda) fue Pueblo blanco, con sus vistas a la ahora conocida como España vaciada: “Escapad, gente tierna / que esta tierra está enferma”.

Hay que hablar del Serrat intérprete, del preciso y sentido modo de decir las letras, paladeando cada inflexión en las Nanas de la cebolla, de Miguel Hernández, poema que musicó el “amigo y compañero” Alberto Cortez. Y bombardeando todas las defensas anímicas del público con el retrato sentimental de El meu carrer y La tieta, y alzando el tono con poderío en un pletórico Barcelona i jo.

El catálogo de Serrat es oceánico y, aún en una selección de una veintena de títulos, quedaron en el tintero otras tantas piezas de leyenda: Lucía, Penélope, La saeta… ¿Y aquel delicioso Conillet de vellut, con ecos de Bocaccio y la Barcelona chic de 1969? Somos limitados. Y se trataba de ampliar el encuadre respecto al repertorio más remoto: dio cuartel una composición más moderna, Es caprichoso el azar, dueto con la violinista Úrsula Amargós (hija de Joan Albert Amargós).

Lucha contra el tiempo

La cuenta atrás era inflexible, y el peso de la despedida se fue haciendo más palpable, dramático incluso, a medida que transcurrían las estrofas de Mediterráneo y Cantares. “Pero es inevitable que todo lo que empieza debe terminar”. Inclemente consumo de pañuelos en un Paraules d’amor cantado a todo pulmón por todo el Sant Jordi, y el paso triunfal de Fiesta.

Y luchando contra el tiempo, y sellando la noche, y toda una vida en el escenario, una vuelta última a la esencia bautismal del trovador: Serrat, dando gracias a la vida, recordando a tres amigos desaparecidos (Salvador Escamilla, Quico Sabaté y Joan Ollé) y entonando La guitarra, regreso a donde un día empezó todo.

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