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Los vikingos de Catoira desembarcan este año en una gran Torre de Babel

Decenas de miles de personas asisten a la 64º Romaría Vikinga en una celebración que quiso reencontrarse con sus orígenes

Los vikingos de Catoira desembarcan este año en una gran Torre de Babel

RAC

Manuel Méndez

Catoira

Hace ya mucho tiempo que los vikingos no toman las Torres de Oeste. Lo que hacen es invadir la gran Torre de Babel en que se ha convertido ese lugar llamado Catoira. Un pequeño pueblo bañado por el río Ulla en el que se reúnen decenas de miles de personas ansiosas por ver de cerca a los bravos guerreros nórdicos. Es la Romaría Vikinga una Fiesta de Interés Turístico Internacional que refresca la memoria de todos recuperando una parte de la historia y la cultura de Galicia y Europa.

Un guerrero se ‘refresca’ con vino tinto del Ulla. |   // GUSTAVO SANTOS

Un guerrero se ‘refresca’ con vino tinto del Ulla. | // GUSTAVO SANTOS

La programación está repleta de actuaciones teatrales, espectáculos musicales y otras muchas propuestas que llegan a su punto culminante cada primer domingo de agosto, cuando se escenifica el Desembarco Vikingo. Una invasión en toda regla que anima Catoira cada verano desde hace ya 64 y ayer reunió a ciudadanos de Andalucía, Madrid, Castilla, País Vasco, Asturias, Canarias y otras regiones españolas, y una buena cantidad de extranjeros, sobre todo nórdicos y británicos.

Todos —cerca de 40.000— desafiaron ayer a un sol de justicia para, refrescados tímidamente por la suave brisa del Ulla, seguir de cerca las evoluciones de los bravos guerreros que cada verano, hambrientos de conquistas y gloria, se asoman desde la ría de Arousa en sus barcos de guerra. Fueron esas ganas de estar lo más cerca posible de los guerreros las que llevaron a visitantes y lugareños a esas míticas Torres de Oeste que tanto se parecían ayer a esa otra Torre de Babel en la que los pueblos del mundo hablan diferentes lenguas. Lenguas que, a buen seguro, estarán hablando de ese espeso vino tinto del Ulla que parecía sangre y recorría los cuerpos de los vikingos, por dentro y por fuera.

Como hablarán de la entrega de unos guerreros que, junto al Concello de Catoira, quisieron recuperar la esencia de la fiesta. Por eso se acordó en semanas previas que este año no iban a participar barcos llegados de otras localidades, los cuales eran decorados como si fueran naves vikingas. Lo que se hizo esta vez fue aprovechar los drakkar de la propia localidad catoirense, que son réplicas de barcos de guerra vikingos originales. De ahí que fueran tres, y no cinco o seis, como otros años, las naves invasoras.

No fue la única novedad en esta 64 edición, pues también se acordó previamente que junto al patrón de cada nave estuvieran dos de los más experimentados guerreros catoirenses, tratando así de que la dramatización resultara lo más llamativa y segura posible.

Veteranos como Ramón Bouzón, un sexagenario de la localidad que fue homenajeado por los demás guerreros durante el propio Desembarco, ya que era el número 50 de los que ha protagonizado desde que era adolescente y trabajaba en la desaparecida empresa Cedonosa, una de las grandes impulsoras de esta fiesta. Hay que destacar el papel del Ateneo Vikingo, una entidad que contribuyó a elevar el evento a lo más alto y que, sin barco desde hace unos años, esta vez protagonizó una llamativa invasión terrestre del recinto amurallado de las Torres de Oeste.

El mismo espacio en el que se repartieron mejillones sorprendentemente grandes y se registraron los contratiempos de costumbre.

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