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Una de escandinavos en Catoira

Un centenar de guerreros y tres drakkar protagonizan el Desembarco Vikingo ante unas 40.000 personas, que además disfrutaron de los puestos de comida y el mercado de artesanía

El Desembarco Vikingo reúne a más de 40.000 personas en Catoira

Manuel Méndez

Manuel Méndez

Catoira

Rebuscando en la historia del pueblo de Catoira pueden encontrarse sobrados indicios de la presencia en épocas pasadas no solo de vikingos —los más conocidos y estudiados—, sino también de musulmanes, romanos y almorávides. A los que hay que sumar piratas como los del Caribe, griegos inspirados en héroes legendarios como Aquiles y Hércules, gladiadores como los de la película protagonizada por Russell Crowe e incluso indios, no de la India, sino de esos que aún se ven en los largometrajes inspirados en el antiguo Oeste.

Unos y otros compartieron protagonismo ayer a los pies de los restos romanos de Turris Augusti, ahora conocida como Torres de Oeste y levantada en el siglo IX a modo de conjunto defensivo, siendo reforzada en el XI por la Corona leonesa y ampliada en el XII, a manos de la Mitra Compostelana.

Es ahí, en esa joya arqueológica y patrimonial rodeada de los mismos petroglifos que los vecinos catoirenses quisieron proteger frente a las hordas vikingas, donde cada primer domingo de agosto se desarrolla el popular Desembarco Vikingo, una dramatización que ayer volvió a reunir a más de 40.000 personas.

Los vikingos, con o sin casco —con o sin cuernos—, aparecen en escena armados con escudos, espadas de doble filo, mazos, hachas y todo tipo de armas.

Compartiendo protagonismo en Catoira, como queda dicho, con un creciente número de espectadores que se suman a la celebración disfrazados, aunque los trajes antes referidos de piratas, romanos, griegos y similares poco o nada tengan que ver con esta historia.

Todo ello para rememorar, aún sin saberlo, que en el año 850 la ría de Arousa y el bajo Ulla sufrieron el primer ataque de los vikingos, quienes «devastaron la costa y se apoderaron de Iria Flavia, provocando la huida del obispo y del Cabildo a Compostela», según cuenta la historia. Incursiones que se repitieron en los años 859 y 968, siendo contenidas en las Torres de Oeste e impidiendo que los invasores alcanzaran Jakobsland (Santiago).

En ese mismo lugar en el que fueron repelidos entonces volvieron a quedar retenidos los vikingos ayer, quizás porque no pudieron resistirse a enfrentarse a la multitud que los esperaba en las orillas del caudaloso río Ulla, ayer radiante gracias a la pleamar de mediodía, que contribuyó al mayor lucimiento de la fiesta.

Lo que sucedió fue que tras poner pie a tierra y librar cruentas batallas, los vikingos ya no quisieron marcharse, sino que se quedaron a saborear el vino tinto del Ulla. Un preciado botín que se servía junto a 1.200 kilos de mejillones de la ría de Arousa, aportados por la cooperativa grovense Amegrove y servidos a 5 euros la ración por la empresa Eventos Piñeiro, la misma que se ocupó del Xantar Vikingo y gestionaba algunas de las barras instaladas en el recinto.

Esas barras también hicieron que los «hombres del Norte» llegados a Catoira en tres «barcolargos» o «drekar», actualmente conocidos como drakkar, decidieran poner pie a tierra. ¿O lo habrán hecho siendo sabedores de que la multitud presente en las Torres de Oeste podía ofrecerles churrasco, pulpo «á feira», bocadillos de todo tipo, quesos, chorizo, empanada de múltiples sabores y un largo etcétera de sabrosos platos? Incluso puede que los guerreros se dejaran convencer por los objetos de artesanía, cuernos, espadas, collares, pulseras y demás abalorios a la venta en el Mercado Vikingo situado en la calle Estación.

Algunas personas extraviadas, mareos a causa del sofocante calor, los carteristas de costumbre y algunos asistentes muy perjudicados por la ingesta de alcohol son algunas anotaciones que figuran en el parte de sucesos. Pero poco más.

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