Cartas a Laila

La banda

01.08.2015 | 01:03
El rey Felipe VI y el presidente de la Generalitat, Artur Mas, antes de su reunión en la Zarzuela el pasado mes de julio.

El debate político en este país es, querida Laila, como aquellos conciertos domingueros y mañaneros de las bandas municipales en las villas y ciudades, tan provincianas todas ellas, en los viejos tiempos. Llegaban los músicos al quiosco, de aires o pretensiones modernistas, en la alameda del pueblo; se sentaban en las sillas de tijera, colocaban su atril y afinaban sus instrumentos con notas sueltas, algún redoble y cháchara entre ellos, mientras el personal se iba arremolinando en torno al palco. No había programa previamente conocido y se esperaba al director que, una vez en su tarima, se dirigía a la banda indicándoles algo que no se oía. Los músicos removían sus partituras, las sujetaban cuidadosamente al atril con aquellas pinzas de madera, se iba haciendo el silencio en torno a los brazos erguidos del director con su batuta en la derecha y, a la señal, allá iba: El sitio de Zaragoza. Y luego La revoltosa, España cañí y así hasta la hora de comer.

En nuestro concierto veraniego de la política española la última pieza programada fue Grecia. El sitio de Grecia, podría haberse titulado. Ahora, para agosto y setiembre será Cataluña. La Revoltosa, podría titularse. Son las piezas de un concierto que no se sabe bien quién programa, pero que todos escuchamos, valoramos, denostamos o aplaudimos. Cataluña será inexorablemente nuestro tema de verano. Los coros mediáticos del país se entregan a fondo y atacan los primeros compases. La gran obertura, clamorosa y estridente, se interpretó en el Camp Nou con el himno de fondo y la sardónica sonrisa de Artur Mas en preferencia, haciendo alarde de satisfacción contenida por el fracaso inevitable de la autoridad del Estado, que dice sentir cono opresor. Lo percibí, querida, como la revancha impune, tan gozosa como fugaz, del súbdito en las mismas barbas de su señor. Muy ancien regime todo ello. La respuesta la obtuvo Artur Mas en el dueto que interpretó con el Rey en la Zarzuela, nunca lugar más adecuado. Don Felipe recibió al catalán, como por imperativo legal, con gesto estudiadamente adusto e impostadamente frío para que fuese nítido el mensaje de reproche. Mensaje que fue bien difundido y amplificado por la cadena mediática. Imagínate ahora, amiga mía, que en un tiempo, el que sea, el jefe del Estado español haya de recibir, por imperativo político, al presidente de la República de Catalunya y que tales dignidades recayesen entonces en las mismas personas que hoy ostentan las actuales. ¿Cuáles serían en este caso los gestos de los mismos mandatarios? En fin, es lo que pasa en las mejores familias: que se trata mejor a sus miembros cuando se van y cuanto más lejos están.

Lo esencial es que el espectáculo zarzuelero ha empezado ya. Da igual que el tan cacareado crecimiento económico sea monstruoso porque trae mayor desigualdad por hipertrofia, tanto de la riqueza como de la pobreza; da igual que se llame creación de empleo a estimular el subempleo, donde el trabajo no te saca de la miseria; es lo mismo que los servicios públicos vayan pasando, con más prisa que pausa, de ser la satisfacción universal de un derecho a una limosna discrecional de la beneficencia; da igual que las libertades y el ejercicio de los derechos democráticos se embriden con la mordaza de las leyes o con leyes mordaza. Lo importante es vaciar la política de su contenido esencial, que es el bienestar de las mayorías, para rellenarla de sucedáneos que son los juegos del poder y las ceremonias de la confusión. Para ello, en el final del verano, los de la banda solo tocarán una pieza del vodevil: Cataluña. Lo mejor será hacer que se vayan con su música a otra parte porque, querida, esta banda está borracha y resulta asaz cansina.

Un beso.

Andrés

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