Ritos de paso

Secreto

24.10.2015 | 00:52
Secreto

Érase un adolescente en ciernes que rondaba palabras y pensamientos, que descendía por los valles de las ideas y se perdía en bosques de sinécdoques. Érase un adolescente casi persona, que continuaba rondando con igual fiereza, verbos absurdos y versos de arte menor hasta el cansancio. Érase un joven lector empequeñecido por las circunstancias de su tiempo. Érase un triste escribidor demediado por la impotencia de sus historias sin fin, de sus endemoniados bucles líricos, de sus epopeyas de cuarto trastero, de sus sonetos de retaguardia. Érase una piltrafa atascada en el embudo de la memoria, en la impotencia del recuerdo, en la apatía del tiempo presente y la nostalgia del que había perdido. Érase una persona, sin embargo, todavía personita, incapaz de levantar una persiana pero fuerte para abrir un libro y encontrar las puertas de los instantes de la felicidad, aquellas de sus primeras lecturas que ahora resultaban irrepetibles, pues Verne, Crompton y Stevenson estaban cada noche más cansados. Érase aun con todo, un superviviente, por eso abrió otro libro, de José Agustín Goytisolo, Poesía completa editado con cariño y esmero por Lumen, en 2009; lo abrió al azar, no era la primera vez que frecuentaba al poeta barcelonés por excelencia, en ese y en otros volúmenes, y se topó con un pequeño poema, breve, casi umbrío, pero dotado de esa sencillez formal aparente de la que Goytisolo era un maestro, y de la profundidad simple de los conceptos más importantes que dan al verso el ritmo y la belleza. Secreto se titula el poema, y dice: "Antes yo no sabía/ por qué debemos todos/ -día tras día-/ seguir siempre adelante/ hasta como se dice/ que el cuerpo aguante./ Ahora lo sé./ Si te vienes conmigo/te lo diré". Érase un despistado porque ese poema estaba y está a continuación de Palabras para Julia pero jamás había reparado en él hasta que le atrapó sólo una vez. Érase un candidato a Cioran, querer matarse y no poder hacerlo, o un aprendiz de Goytisolo, que se precipitó a la calle desde el balcón de su casa, sin causa ni motivo, "no pueden determinarse las causas de la caída", escribió la jueza que realizó el levantamiento del cadáver. Érase un ser humano que pensó, después de leer aquel poema, que Goytisolo se fue con el motivo, con el secreto, duro e insoportable, ese del que no entienden ni los güisquis ni los vinos. Érase un joven, de provincias, claro.

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