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¿Por qué dicen relato, si en realidad es cuento?

31.10.2017 | 01:03
¿Por qué dicen relato, si en realidad es cuento?

"Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas.(?) El conejito parece contento(?) parece satisfecho de haber nacido".

Carta a una señorita en París. Julio Cortázar

A pocos les ha pasado inadvertido que los nacionalistas llamen "relato" al mito, al cuento. ¿Qué relato? ¿Hay un relator-autor conocido? ¿Hay varios? La verdad es que desde el inicio simbólico promovido por los sectores burgueses de toda la vida, me han sorprendido varios anuncios; pero, sobre todo, el del llamado "relato".

Hasta ahora el "relato" no era más que una narración breve, de menor extensión que la novela, en la que el autor contaba una breve anécdota, más o menos verosímil, más o menos fantástica, para el goce y entretenimiento de los lectores; en resumen, consiste en relatar una determinada historia, pero sin reflejarla en toda su extensión; sino más bien en presentarla compactada y solamente haciendo hincapié en algunos detalles y momentos que serán en los que más énfasis ponga el autor o relator a la hora de ofrecérnosla, él considera que son los decisivos y dejará a la libre imaginación de los lectores los detalles superfluos para que estos los compongan y completen la historia como más les plazca, porque la idea es lograr el impacto verosímil; a diferencia de lo que ocurre con el cuento, en el cual todos los indicios irremediablemente deberán llevarnos al nudo y finalmente al desenlace, exigiendo un diseño previo del autor, es decir, ficción.

Es posible, por lo tanto, que los protagonistas del llamado proceso nacionalista no nos estén relatando nada, sino que, en realidad, nos estén contando un cuento. Benditos cuentos de Julio Cortázar que cuando escribió el que encabeza, él mismo estaba padeciendo su neurosis, que, más o menos como narrador, se le calmaba cuando escribía, cuando vomitaba conejos o palabras, para terminar trágicamente.

Desde hace tiempo, del cuento sabemos cuál es la introducción, el meollo lo hemos ido conociendo y el desenlace lo dejaremos a los demiurgos, esos seres que etimológicamente trabajan para el pueblo, que dominan un arte, oficio o profesión, autores, artífices que, a menudo, formaban una asamblea de notables, por supuesto, restringida. Desengáñense, haberlos haylos, aunque en el BOE sean sustituidos por otros de su misma calaña y las mismas intenciones de hacer caja con los votos, caiga quien caiga. Sigo sin fiarme de los salvadores, ni de caperucita ni del lobo, sapos y príncipes azules; al final solo son contables de votos, relatores épicos del desencuentro pactado en el que ocultarán los casos Palau y Pretoria con Macià Alavedra y Prenafeta en el candelero bajo la sombra de Pujol.

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