Arte

Warhol instantáneo; pasión por retratar lo efímero

El excéntrico artista fotografiaba su vida y a otras estrellas con su cámara Polaroid de impresión instantánea

06.08.2015 | 16:38
Andy Warhol, en una instantánea.

Fue el primer artista en la historia que fotografió y fue fotografiado de forma masiva. Exponente del pop art y anticipador de la era de la fama efímera, Andy Warhol fue un fan de las cámaras Polaroid, que le fascinaban por su inmediatez. La editorial Taschen ha recopilado en un libro la obra más instantánea de este artista visionario.
 
Andy Warhol, uno de los artistas clave del siglo pasado, era un excéntrico y, como tal, adoraba las cosas fuera de lo común. Entre ellas, el modelo Big Shot de la firma Polaroid, considerada la más incómoda de las cámaras fabricadas por esta mítica compañía, pionera en la fotografía instantánea. Lanzada en 1971, la Big Shot era un armatoste de diseño cuestionable, motivo de mofa de muchos fotógrafos. Sin embargo, la calidad de los retratos que producía era exquisita, y Warhol trabajaba tanto con ella que Polaroid, sabedora de su apego, continuó reparando las Big Shot del artista mucho después de 1973, año en que dejó de fabricarlas.

A Warhol también le gustaba el modelo SX-70: plegable, compacta y elegante. Con ambas hacía una de las cosas que más disfrutaba: fotografiar. Una actividad que realizaba compulsivamente. "Una foto significa que sé dónde estuve cada minuto. Por eso las saco. Es un diario visual", decía. No mentía. Su producción fotográfica es masiva, casi paralela a la cantidad de imágenes que existen de uno de los artífices del pop art americano.

La fascinación era recíproca: aquel artista de rostro pálido e inexpresivo, siempre pertrechado tras sus gafas, era una especie de imán para los famosos de la época. Nadie se resistía a Andy. Para él posaron presidentes, modelos, cantantes, poetas, artistas, deportistas y actores. Desde Pelé hasta Jimmy Carter, pasando por Audrey Hepburn, Yves Saint Laurent y John Lennon. Nombre un famoso de la segunda mitad del siglo pasado y probablemente estará en Andy Warhol.

Polaroids es un libro que publica la editorial Taschen, donde han recopilado su ingente obra con este medio. Desde finales de los años sesenta hasta su muerte, en 1987, Warhol fue con su Polaroid a todas partes (sus primeras imágenes las hizo en blanco y negro con la película conocida como Type 47).

La cámara, un prodigio de la técnica del siglo pasado, permitía ver el revelado in situ. Este sistema le servía a Warhol tanto para documentar una jornada de trabajo como para preparar un anuncio de vodka o uno de sus célebres retratos. Pero, especialmente, lo utilizaba para fotografiar a sus amigos, muchos de ellos esas celebridades a las que él, el visionario que predijo que en el futuro todo el mundo gozaría de 15 minutos de fama, adoraba.

Hijo de un matrimonio de inmigrantes de la actual Eslovaquia, Andy Warhol nació en Pittsburgh, Pennsylvania, en 1928. Sus padres modificaron el apellido original, Warhola, para adaptarse a su nuevo entorno que, sin embargo, nunca aceptó bien a su hijo. Fue un niño enfermizo, acosado en el colegio y marcado por el mal de San Vito; enfermedad que padeció a los diez años y afectó a su pigmentación y a su sistema nervioso. La dolencia hizo que pasara buena parte de su infancia en la cama, donde se dedicó a dibujar de forma incansable.

Aunque la enfermedad le convirtió en un hipocondríaco pero con terror a los médicos, la consideró una lección de vida, que le permitió descubrir su vocación como ilustrador. Por ello, tras acabar la escuela, se matriculó en la Universidad Carnegie Mellon, de Pittsburgh, donde estudió arte comercial. En 1949, con 21 años, se trasladó a Nueva York que, en cierto modo, lo estaba esperando.

Durante la década de los cincuenta, la ciudad se rindió a su peculiar talento y Warhol se convirtió en un solicitado diseñador free-lance. Los años sesenta supondrían su reconocimiento como artista y la eclosión del pop art.

Warhol sorprendió, escandalizó y deslumbró con sus latas Campbell, su homenaje a la Coca-Cola (para él, epítome de la democratización del consumo) y con los retratos de iconos de la cultura americana, como Marilyn Monroe y Elvis Presley.

En su taller, apodado The Factory, combinaba su producción artística, producida prácticamente en serie, con su trabajo en el cine, su faceta de productor musical de la Velvet Underground y de editor de la revista Interview.

Su cámara le acompañaba el día en el que una excolaboradora, Valerie Solanas, le pegó dos tiros en las oficinas de The Factory. El atentado le marcó, física y emocionalmente, y le hizo refugiarse todavía más en disciplinas como el arte, el cine y la fotografía.

En los últimos años de vida, además de con sus Polaroid, fotografiaba ávidamente con dos cámaras analógicas: salía a rollo diario y casi siempre en blanco y negro, según Richard Woodward, autor del prólogo del libro de Taschen. En una era en la que el éxito se mide en el número de likes colgados en las redes sociales, atiborradas de imágenes, Woodward recuerda la conexión que Warhol veía entre la fama y la fotografía y se pregunta qué hubiera hecho con un iPhone?

Warhol, apunta también este crítico de arte, se adelantó a la exaltación de lo cotidiano que impera en las redes sociales al declarar que no le gustaba fotografiar "los grandes momentos", como las bodas y aniversarios, sino "poner todas los cosas al mismo nivel". ¿Se hubiera unido a Twitter, Facebook o Instagram? "Probablemente", escribe

Woodward, aunque matiza que, como bien se demuestra en su biografía, el artista "nunca fue alguien a quien le gustara hacer lo que hacía la masa".

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