21 de octubre de 2011
21.10.2011

Lo irrenunciable y lo posible

21.10.2011 | 02:00

Puede ser imposible lo irrenunciable? ¿Somos conscientes del alarmante entreguismo de la llamada izquierda de siglas, no sólo en muchas de las políticas que lleva a cabo, sino también -y lo que es más preocupante aún- en sus propias propuestas? Porque, a poco que reparemos en ello, la izquierda en su conjunto, así como la mayor parte de los movimientos sociales, decidieron renunciar no sólo a la utopía, sino también al inconformismo. Sus lemas -fijémonos bien- llevan siempre el término "posible". ¿Es de recibo una izquierda que en sus postulados teóricos no vaya más allá del mero posibilismo?

Y es que la llamada crisis de la izquierda no es sólo una cuestión que afecte a los partidos y movimientos sociales que se reclaman progresistas; lo grave y alarmante es que no haya un pensamiento al que tomar como referencia. O bien no lo hay, o, en todo caso, no resulta reclamo suficiente para ser asumido y reivindicado en el discurso político.

En un momento como éste en el que el movimiento del 15-M sigue, por fortuna, vivo y dispuesto a no enmudecer ni a dejarse embaucar por políticos oportunistas que se acerquen a los indignados por un electoralismo sórdido y grosero, son los ciudadanos los únicos que levantan la bandera del inconformismo, frente a unos políticos que se encuentran más desorientados que nunca.

Piense el lector por un momento en la forma en que se produjeron las elecciones primarias en el partido socialista francés, implicando en ellas a ciudadanos no militantes, abriendo paso, por tanto, a la sociedad, siguiendo sus dictados. Estaría por asegurar que, por el momento, nadie espera que haga algo así el PSOE que, en el mejor de los casos, se cerrará sobre sí mismo para elegir al próximo líder del partido tras el fracaso, más que previsible, de Rubalcaba en las próximas elecciones.

Así pues, en España, los partidos políticos que se llaman de izquierdas, sobre todo el PSOE, no tienen ventanas abiertas a la sociedad a la que aspiran a representar solicitando su voto. Así pues, la izquierda política que tenemos, además de posibilista, es hermética. Y, para mayor baldón, no tiene un discurso claro. El PSOE se declara socialdemócrata, pero las políticas que viene llevando a cabo se compadecen muy poco con ese credo. En cuanto a IU, la confusión no es ciertamente menor. Se supone que son marxistas, pero en su programa no hay planteamientos que claramente lo manifiesten. En el más favorable de los supuestos, no van más allá de una intentona de dulcificar a los mercados. Y, por otro lado, parten ya de una contradicción insalvable: en tanto políticos profesionales, no pequeña parte de los dirigentes de IU aceptan de facto unos privilegios sobre el resto de los ciudadanos que contradicen escandalosamente sus supuestos postulados teóricos.

No sólo no cuaja el discurso comunista tras la caída del Muro, tras la constancia que a muchos les costó demasiado tiempo reconocer de que el llamado socialismo real fue una pesadilla totalitaria que ni siquiera redundó en una igualdad de la que tanto se vanagloriaban y que, en el fondo, no tenían. Es que además, a día de hoy, nadie parece estar convencido de la pertinencia de la ideología socialdemócrata, ni siquiera en los países en los que se convirtió durante un tiempo en un modelo a seguir que se envidiaba en mucho más de medio mundo.

Todos tendríamos que preguntarnos si es de recibo renunciar a lo irrenunciable: si lo que toca es la resignación y el entreguismo, si la izquierda debe ser tan descafeinada, si la rebeldía, en un sistema teóricamente democrático, tiene que buscar su enclave en el discurso antisistema por el mero hecho de que la izquierda de siglas ni la recoge ni tampoco la acoge.

El hecho cierto es que lo irrenunciable para la izquierda ha dejado de tener existencia real, más allá de la defensa de unos servicios públicos que en su momento no fueron cuestionados ni siquiera por los partidos de derechas. Y el hecho cierto es que, como ya escribí más de una vez, estamos huérfanos y ávidos de un pensamiento que nos sirva como referencia.

Una izquierda que renuncia al inconformismo y a la rebeldía se desvirtúa de tal modo que se convierte en un mero envoltorio en cuyo interior habita la nada.

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