09 de agosto de 2018
09.08.2018

¿Hay un camino transitable a la derecha?

09.08.2018 | 01:24
¿Hay un camino transitable a la derecha?

V a a reforzar Pablo Casado la ideología del Partido Popular, acusado de tener un pensamiento "débil" bajo el liderazgo de Rajoy? Y en tal caso, ¿con qué mimbres se propone hacerlo? Más aún: ¿a qué llamaríamos hoy un pensamiento "fuerte" predicado de una derecha democrática como el Partido Popular?

En su interesante libro acerca de los modos de pensar de nuestras derechas en la última centuria ( El pensamiento político de la derecha española en el siglo XX. De la crisis de la Restauración (1898) a la crisis del Estado de partidos (2015), editado por Tecnos), escribe el profesor P. C. González Cuevas que cuando el PP estuvo en el poder fue incapaz de dar respuesta a dos retos de singular importancia política y cultural: el asunto de la "memoria histórica" y la articulación de un nuevo nacionalismo español. Ahora bien, sobre lo primero hay que decir que ni el PP podía presentarse como heredero del franquismo, cosa que honradamente no ha sido, ni le era exigible más que aceptar, como muestra de reconciliación nacional, la revisión simbólica promovida por las izquierdas, como éstas aceptaron, y el PSOE lo sigue haciendo, la institución de la Corona y la bandera rojigualda.

En cuanto al segundo reproche, es cierto que el sistema político de 1978, según observa igualmente Cuevas, no ha sido capaz de crear una simbología integradora como expresión de la unidad nacional. Pero en esto tienen igual responsabilidad derechas e izquierdas. Ni unas ni otras han podido vencer el temor a sufrir la descalificación como "fascistas" por parte de los independentistas catalanes y vascos. Que el himno nacional carezca de letra lo dice todo acerca de la fuerza psicológica de los enemigos de la unidad nacional y de la correspondiente debilidad anímica de sus defensores. Y al respecto ya no cabe seguir echando la culpa al patrioterismo franquista como perenne inhibidor del sano patriotismo democrático. ¡Para patrioterismo vocinglero el de las "Diadas" de cada 11 de septiembre! No espero nada, pues, de Pablo Casado en esta materia. Para mí está claro que una nación que se avergüenza de su unidad histórica y actual no merece permanecer unida. Así que atengámonos a las consecuencias.

Discrepo igualmente de González Cuevas cuando considera fracasado el modelo autonómico por no haber conseguido integrar a los nacionalismos periféricos, por haber favorecido las tendencias centrífugas y por implicar unos costes económicos excesivos. Desde luego, no creo que el PP deba decantarse por un regreso al centralismo. La descentralización política llevada a cabo a partir de 1978, en sí misma un bien porque ha acercado el poder a los ciudadanos, ha constituido un gran éxito y contribuido no poco a la revitalización de una España hasta entonces mortecina y polvorienta. Sin duda, los separatistas han incurrido en deslealtad hacia el Estado de las Autonomías, en el que han conseguido el mayor nivel de autogobierno jamás alcanzado por sus territorios en toda su historia. Pero a mi juicio el problema ha sido propiciado por los pactos del PP y el PSOE con los partidos nacionalistas cada vez que en el Congreso han necesitado de sus votos. Esos pactos, tan celebrados como signo de responsabilidad y estabilidad, destruyen lo más propiamente federal del Estado autonómico -el multilateralismo- y confieren al sistema territorial un sesgo de Antiguo Régimen y una apariencia de geometría variable que es fuente principal de las desdichas secesionistas actuales (y de las que están por venir, que ya asoma la nueva ofensiva de los abertzales vascos). Por eso, una reforma legislativa que, sin incrementar la barrera electoral, disminuya el protagonismo de las taifas nacionalistas en la gobernación del país resulta cada vez más urgente, y tanto el PP como Ciudadanos pueden hacer de ella bandera, sabiendo, eso sí, que todo tiene un precio y un límite, y que hay que mantener en todo caso la legitimidad representativa del sistema político.

Refiriéndose a la derecha española actual, observa Cuevas, por último, que un importante sector de su base social y política se muestra partidario del respeto a las tradiciones, al código moral católico y a las ideas de patria y religión. Sin embargo, añade, estos principios chocan cada vez más con la realidad de un orden socioeconómico global que necesita fluidez, ausencia de fronteras y de tradiciones y que, en definitiva, se basa en el cambio permanente. Bajo la jefatura de Mariano Rajoy, los populares no pudieron o no quisieron sintetizar ambas perspectivas. En lo fundamental, el PP ha optado por la segunda opción y por lo que el filósofo Peter Sloterdijk ha denominado la "razón cínica". Bajo el Gobierno del PP, en suma, se produjo, concluye Cuevas, una clara desmovilización de la sociedad civil derechista.

Bien, puede ser. Pero eso revela la modernidad de la derecha española desde el inicio mismo de la Transición, como es de justicia reconocer. Pablo Casado no debería desandar ese camino y transitar nuevamente por los senderos del conservadurismo reaccionario, como algunos quisieran. Aznar, por supuesto, no lo hizo en ninguno de sus dos mandatos. Tampoco serviría a España un PP demagógicamente contrario a los flujos migratorios. Estos deben, claro está, hallarse estrictamente controlados, a lo cual nada ayudan los discursos incendiarios ni los lamentos sobre la pérdida de nuestra identidad nacional.

Los cambios tecnológicos deben propiciar un cambio de mentalidad. España es nuestra patria y el mundo nuestro proyecto vital como nación. No es hora de refugiarse, sino de avanzar en campo abierto.

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