25 de abril de 2019
25.04.2019

La violencia de género sí existe

24.04.2019 | 21:26

Cuando la volví a ver, sus párpados se habían transformado en dos persianas a medio cerrar y llevaba el pelo recogido en una especie de maraña escondida detrás de su nuca. Su rostro, pálido hasta en el verano, parecía tatuado por dos surcos violáceos y asimétricos que un día habían sido simplemente ojeras. Apenas quedaban resquicios de la belleza de antaño y, su sonrisa forzada, jugaba al escondite con su huidiza mirada. La observé con detenimiento y pude percibir que destilaba miedo por sus poros. Un terror subyacente que, bajo aquella piel temblona por el devenir de los años, había dado lugar a aquella mujer enjuta que aparentaba dos décadas más de las cuatro que arrastraba su osamenta.

Tardé muchos meses en ganarme nuevamente la confianza perdida por la distancia. Tiempo intermitente de idas y venidas, excusas y moretones enterrados bajo una gruesa capa de maquillaje que, sin embargo, no lograba almohadillar su alma? No recuerdo exactamente cuándo comenzó a hablarme de los golpes que su esposo le propinaba de forma incesante, pero de lo que sí me acuerdo con nitidez es de que cualquier pretexto era válido para iniciar la lluvia de bofetones: la comida fría o quizás demasiado caliente, su exceso de puntualidad o unos pocos minutos de retraso, un tropiezo, un ruido inoportuno, una cuchara en el cajón de los tenedores o una camisa mal planchada? Todo servía para comenzar lo que ella nunca sabía exactamente en qué momento estallaría.

Se había acostumbrado a vivir acompañada por el terror y, hasta a veces, cuando no tenía motivos para percibirlo porque su marido estaba lejos, se sentía sola. Extrañaba vivir de puntillas. Echaba de menos al pavor pisándole los talones. Después de tanto sufrimiento producido por la frustración ajena, su espíritu estaba roto en mil pedazos y le costaba reconocer algo de sí misma en alguno de aquellos retazos. Había perdido la seguridad que antaño había sido su estandarte y se sentía extremadamente frágil y titubeante, porque había llegado a dar crédito a todo aquello que él le había hecho creer: no era inteligente, era fea, vieja, todos se reían de ella a sus espaldas y nadie la quería cómo lo hacía él.

Entre sollozos me contó que su cónyuge tenía parte de razón, que ella se equivocaba continuamente y que, con su estúpida actitud no lo ayudaba a escalar profesionalmente, pero es que ella no sabía cómo lograrlo porque, como él bien decía, carecía de mundo. Aquella premisa desataba la furia más feroz de su compañero. Poco antes de que estallara el terremoto, él la obligaba a pensar, pero las ideas nunca llegaban tan deprisa como los golpes.

Algunas veces, él se mostraba contento. Entonces la casa brillaba, pero ella nunca se lo creía del todo y actuaba con recelo hasta la siguiente oleada de golpes. En ocasiones, cuando los puñetazos se le iban de las manos, le prometía en vano que todo iba a cambiar; pero jamás sucedía? Tras escuchar aquel estremecedor relato, la acurruqué entre mis brazos y le ofrecí ayuda. En un primer instante vaciló, pero poco después susurró un "si" casi imperceptible. Era suficiente. Recogimos unas cuantas cosas suyas y repartimos su vida entre una bolsa, un cuerpo lleno de cardenales y un alma por reconstruir.

El complejo engranaje contra la violencia de género funcionó de forma inmediata y con la precisión de un reloj suizo. No tardaron en regalarle otra vida y ha logrado sanar sus lesiones, sin embargo, teme por las demás, por las que sufren maltrato en silencio o por las que lo padecerán en un futuro por haberse equivocado de pareja pero, sobre todo, le desgarra la hipocresía de aquellos que prefieren mirar hacia otro lado, minimizar el problema o compararlo, amparándose en un puñado de testimonios falsos de mujeres sin escrúpulos. Agujas en pajares o, tal vez, excusas de ciertos hombres para volver a un pasado en el que muchos de sus congéneres se erigían a sí mismos jefes supremos de hogares en que proliferaban las vejaciones a sus mujeres. Machos cabríos que, a día de hoy, eligen optar por pasarse por el forro algunos de los avances adquiridos en política social, tales como las leyes que protegen a las mujeres maltratadas y aquellas que castigan- tal y cómo corresponde- a los maltratadores.

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