23 de octubre de 2019
23.10.2019
La Opinión de A Coruña

Reparto

22.10.2019 | 21:39

La economía es una ciencia incapaz, como se sabe, de anticipar lo que puede suceder mañana. Al igual que los entrenadores de los equipos de fútbol, que son capaces de explicar qué fue mal en el último partido pero no saben qué hacer para que salga bien el siguiente, los gurús de la economía describen con gran detalle cada una de las circunstancias que nos llevaron a la crisis anterior pero ni siquiera aciertan sobre el momento en el que llegará la próxima. Los administradores de la cosa pública, es decir, los políticos, tampoco destacan por sus capacidades para mirar en la bolita mágica y decirnos lo que va a suceder; por más que paguen fortunas a sus asesores, ni siquiera se fían de lo que estos les auguran, y así nos va.

Recordar en estos momentos que el presidente de infausta herencia, Rodríguez Zapatero, negó la crisis de 2007 incluso cuando la tenía encima se ha convertido en un lugar común. Así que, quizá a título de intento de exorcismo preventivo, el sucesor directo de Zapatero, el presidente en funciones Sánchez, ha tardado muy poco en declarar que él sí que le ha visto las orejas al lobo. Lo hizo en un mitin dado en Barakaldo a principios de este mes y de manera un tanto elíptica: arengando a sus huestes que, si hay una crisis económica, él la afrontará repartiendo las cargas en vez de acumularlas -seguimos con las palabras de Sánchez- sobre las espaldas de la clase trabajadora como hizo Rajoy.

El condicional de la frase del presidente en funciones no engaña a nadie: estamos seguros de que la crisis nos caerá encima antes incluso de que hayamos logrado sacudirnos los sinsabores de la anterior. Y ya sabemos lo que promete hacer Sánchez: repartir el drama. Lo que no queda nada claro es cómo se realizará tal reparto pero sí que resulta trasparente la estrategia. Consiste en admitir que nos van a caer chuzos de punta y que, en vez de buscar un paraguas, lo que hará es ponernos a todos bajo el aguacero.

Aviados estamos. Por más que los expertos en economía suelan fallar en sus predicciones, al menos se esfuerzan en minimizar los daños venideros. A tal respecto, los organismos que manejan las finanzas del planeta, con los bancos centrales y el Fondo Monetario Internacional a la cabeza, están poniendo todos sus esfuerzos en dar con una fórmula que permita mantener el crecimiento, aunque sea modesto, ahora que los mecanismos de las políticas expansivas como la bajada de los tipos de interés no dan más de sí. La clave que se busca ahora es la del consenso, entendido como la voluntad de remar todos hacia el mismo lado. Pues lo tenemos bien en este país. ¿Consenso con la que está cayendo en Cataluña y las amenazas que llegan de Euskadi? Ya se sabe lo que suele hacerse para apaciguar a los nacionalistas: aumentar sus privilegios. Así que lo que nos van a repartir a todo el resto es hostias hasta en el carné de identidad.

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