12 de noviembre de 2019
12.11.2019
La Opinión de A Coruña

Empobrecer la riqueza

11.11.2019 | 20:55

Ahora que ha pasado Halloween, puedo decir que el disfraz que más pavor me causó fue el de millenial ofendido. Un chaval envuelto en papel de burbujas, "frágil" y cara de haber comido limones. Un perenne ofendido sí que da miedo. En 1993, alertaba Robert Hughes en La cultura de la queja de una nueva sensibilidad en la que los únicos héroes son las víctimas. Todo el mundo busca su reconocimiento como damnificado, los demás tienen la culpa y los derechos se expanden sin sus consiguientes responsabilidades. La queja da poder, aunque sea a costa de disparar los niveles de culpabilidad social.

Resulta que leo a gente indignada en redes sociales porque unos "inmigrantes españoles en Cataluña que regentan una panadería contestan "buenos días" a un " bon dia". Convirtiendo el hecho de que uno responda en su lengua materna en una ofensa irreparable o un agravio definitivo. Cuando no impide el entendimiento y, además, es lengua cooficial. Me he pasado semanas enteras sola en Italia o Portugal sin hablar una sola palabra de inglés –ni italiano, ni portugués–. Simplemente, porque nos entendemos. Afortunadamente. Qué fácil debería ser. Las lenguas son instrumentos maravillosos para comunicarnos. Lo que –se supone– nos diferencia de los animales.

Les voy a contar una anécdota de mi infancia. Cuando me llevaron por primera vez a la escuela de infantil, una de sus responsables llamó a mi madre muy preocupada para preguntarle si habían notado en casa que fuera sorda. "Es que le hablamos y no contesta". Mi sufrida progenitora empezó a recordar las veces que sonaba el teléfono y yo me llevaba un susto o lo habladora que ya era con tres añitos. Y no entendía nada. Hasta que se le ocurrió preguntar en qué idioma me hablaban. En castellano. "Claro, es que la niña no ha oído una palabra de castellano en su vida". Dice mi madre que en tres meses hablaba perfectamente. Yo no recuerdo nada de eso, pero me considero perfectamente bilingüe. Aunque mi lengua materna sea el catalán.

No saben la de veces que he deseado volver atrás y pedirles que me llevaran otros tres meses a un colegio inglés, francés, chino, árabe y los idiomas que fueran posibles. Cada uno de ellos es una riqueza. Y el hecho de que me escolarizaran en castellano no ha impedido que aprenda catalán. Al contrario. Me matriculé en todas las asignaturas de lengua catalana de filología –con su gramática generativa incluida– y me saqué el nivel D. Porque adoro mi lengua materna. Por eso me hacen tanta gracia aquellos que vienen a darme lecciones sobre amor propio con tres faltas de ortografía por frase.

Claro que pretendo que la gente que viene de otras partes haga un esfuerzo por entenderme. Por eso no soporto a los cafres de "a mí me hablas en cristiano" a los que hay que contestar en catalán por el simple y grato placer de molestar. O a los que intentan impedir preguntas en catalán en una rueda de prensa futbolística. Pero no me parecen menos zafios que quienes quieren que un castellanoparlante les responda en catalán, aunque le entiendan perfectamente. O se quejan del castellano en un parlamento. Al fin y al cabo, se trata de pretender imponer al otro lo que cada uno siente como propio, en lugar de intentar convivir. Caso aparte es el de la administración pública, que debe garantizar la atención en todos los idiomas cooficiales. Que estas y no otras sean las principales preocupaciones de algunos demuestra que nos ofenden cuestiones de primerísimo mundo.

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