26 de febrero de 2020
26.02.2020
La Opinión de A Coruña
Shikamoo, construir en positivo

Mirones... Quo Vadis, sociedad?

25.02.2020 | 19:58
Mirones... Quo Vadis, sociedad?

Tengan buenos días de Carnaval, asumiendo que estas fechas prefabricadas nos caen a todos en diferentes momentos vitales, donde quizá estemos exultantes de felicidad... o todo lo contrario. Porque los buenos y los malos momentos se suceden cronológicamente para cada uno de nosotros, y el hecho de que sea Navidad, Carnaval o cualquier otro día coincidirá para unos, cada año, con días buenos y, para otros, con jornadas más difíciles. Por eso les deseo, sabedor de ello, que tengan los mejores días posibles, en función de cada caso. Vayamos fluyendo, que es de lo que se trata.

En mi caso, y rompo el hielo, hoy mismo hace un año de unas fechas muy duras a nivel familiar. Y por eso escribo este texto pensando también en alguien muy especial, una persona tan referente para mí, que sigue estando con nosotros en cada minuto a pesar de que su existencia física se paró hace 365 días. La vida, ya saben...

Es por eso, porque todo es una concatenación de días felices y de días complicados, de momentos de ilusión y otros de mayor preocupación, y porque precisamente el hecho de estar vivo implica todo este tipo de sinsabores y momentos dulces, por lo que pienso -cada vez más- que es fundamental la empatía, el respeto y el cariño por los otros. Pero no, estamos viendo que esta sociedad cada vez más líquida y menos consistente empieza a convertirse en un territorio algo más hostil para los sentimientos, y donde el sufrimiento de las personas se verifica cada vez más en mayor silencio y aislamiento vital.

Contra esto, repito, respeto, empatía y amor a chorro. Amor del de destinatario conocido, familia, amigos o pareja, pero también ese que significa darse sin mayor contrapartida, de forma anónima. Querer al prójimo por el hecho de serlo, y tratar exactamente a todas las personas como te gusta que te traten a ti, a pesar de que no siempre recibas lo mismo. Dentro del marasmo que supone en ocasiones la vida, creo que ese es el mejor antídoto para preservar una cierta armonía en nuestras acciones.

Desgraciadamente, las cosas no son siempre así y hay quien no toca esta canción ni siquiera de oído. Me refiero, por ejemplo, a la noticia que inspira este artículo, por la cual parece que la autoridad competente está buscando a la persona responsable, presuntamente, de haber vertido a las redes sociales las imágenes de la agonía de una víctima de accidente de tráfico. Un comportamiento ciertamente inmoral y, al tiempo, punible. Desde luego constitutivo de un presunto delito contra la integridad moral, al que podría sumársele -si fuese el caso-, otro de denegación de auxilio. Una verdadera aberración, por falta de empatía con el que sufre, hasta llegar a fallecer.

Nuestra sociedad trata de acostumbrarnos desde pequeños a la normalización de lo no normalizable. Abundan las series, películas y hasta videojuegos donde muere hasta el apuntador, con todo lujo de detalles, en escenas gratuita y descabelladamente sangrientas. O reality shows donde los sentimientos de los participantes son objeto de transacción. Y, con tales mimbres, parece que observar el sufrimiento ajeno es para algunos un documento verdaderamente imprescindible. ¿Se han fijado ustedes en que, en autopista, a veces se ralentiza de repente el tráfico en nuestra calzada cuando se produce un accidente en la circulación en sentido contrario, sin que medie mayor problema en nuestra ruta? Sí, aunque parezca extraño se ve que algunos conductores se recrean con ello. Una praxis que choca con la máxima, creo que mucho más sana, de que te impliques hasta la extenuación cuando sea determinante para ayudar al otro, y de que te apartes rápidamente cuando seas un estorbo más que una ayuda. Algo de lo que estoy convencido y que he tratado de practicar desde siempre.

Mirar ni aporta ni ayuda. Grabar y mostrar lastima y destruye. No todo vale para resultar ocurrente, impactante o quedar como el más audaz. Es necesaria una ética individual y colectiva que nos proteja frente a semejantes excesos. Porque una cosa es el Carnaval y otra, la realidad, a veces extremadamente difícil, y en la que la empatía y la solidaridad son fundamentales si no queremos ver convertido esto en una jungla.

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