27 de noviembre de 2018
27.11.2018

Adiós al último emperador del cine europeo

Fallece Bertolucci, el italiano que radiografió el fascismo en 'El conformista', glorificó la revolución en 'Novecento', rompió moldes con 'El último tango en París' y conquistó Hollywood con la vida de Pu Yi

27.11.2018 | 01:36
Bernardo Bertolucci.

Imágenes poderosas. Inolvidables. Marlon Brando acosado por la desesperación en la calle del olvido. El fascista Attila acorralado. Dos niños tumbados sobre la vía de tren. El niño emperador atrapado en la Ciudad Prohibida. Y muchas, muchísimas más. El creador de todas ellas, Bernardo Bertolucci, murió ayer a los 77 años por culpa de un cáncer. Deja un legado con obras de culto como El conformista, El último tango en París o Novecento. Hollywood le cubrió de Óscar por su lustrosa pero superficial epopeya El último emperador. Pasó los últimos años de su vida en una silla de ruedas por una grave lesión de espalda y la polémica de El último tango... revivió décadas después cuando dijo que él y Marlon Brando, para que se sintiera "de verdad violada" y vejada, engañaron a la actriz Maria Schneider, de 19 años, en la famosa escena de la sodomía con mantequilla. Tras el revuelo, el cineasta aclaró que "hay quien ha pensado que María no estaba informada de la escena sexual, pero es falso. Lo sabía todo, ya que había leído el guión en el que todo estaba escrito".

Fue un escándalo a posteriori por una película que ya en su día (1972) turbó a propios y extraños, y que disgustó profundamente al propio Brando al sentirse vampirizado por la mirada de voyeur de Bertolucci. Dejaron de hablarse. Aquel título que llevó a miles de españoles a Perpignan para ver lo que la censura franquista prohibía hizo de su creador un símbolo del cine transgresor que rompe moldes y busca una comunión irreverente entre ética y estética, un cineasta de hondas raíces políticas (marxistas, para ser exactos) que también rinde culto a la belleza oculta o evidente y rinde homenaje a los soñadores que un día lucharon por un ideal aunque finalmente perdieran la batalla. Fue un director que se sentía a gusto en el intimismo de penumbra y dolor pero que no daba la espalda al gran espectáculo, como demostró con El último emperador, una buena excusa para que la Academia de Hollywood le subiera al altar: nueve Óscar en 1988.

Nació en Parma el 16 de marzo de 1941 en el seno de una familia en la que literatura y cine eran el plan nuestro de cada día. Su padre Attilio era un poeta de ideales marxistas que heredó su hijo. A los 20 años trabajó como ayudante de Pier Paolo Pasolini en Accattone (1961). Al año siguiente ya se atrevió a llevar las riendas con La commare secca (1962), en la que la sombra de su mentor era evidente al contar desde varios puntos de vista el asesinato de una prostituta. Más depurada fue Antes de la revolución (1962), la historia de soñador que ronda el comunismo al tiempo que vive un romance incestuoso con su tía. Desencanto generacional, ilusiones rotas, protestas a voz en grito. Y amores prohibidos. Política y sexo: Bertolucci en estado puro y más libre que nunca. La poco conocida Partner (1964) le permitió recurrir a Dostoievski ( El doble) para lanzar una coz demoledora contra la burguesía intelectual italiana. En Amor y rabia (título muy apropiado para parte de su cine), Bertolucci compartió cartel con ilustres como Marco Bellocchio, Jean-Luc Godard o Pier Paolo Pasolini.

En 1968 escribió para Sergio Leone el guión de la poderosa Hasta que llegó su hora, en la que se pueden apreciar también esbozos de sus obsesiones (la explotación capitalista, el amor maldito, el rencor social, la violencia catártica). Dos años después tejió La estrategia de la araña (1970), aproximación a las entrañas podridas del fascismo de la mano de Jorge Luis Borges, que tendría una prolongación excepcional al año siguiente con El conformista, que le valió una candidatura a los Óscar por el mejor guión adaptado. Basada en la novela Alberto Moravia, la película era un retrato implacable sobre un fascista de cuerpo entero que se unía a las hordas de Mussolini para integrarse en la suciedad anónima.

En 1972 arranca una segunda etapa con el tumultuoso éxito de El último tango en París. Fue nominado al Óscar y Brando también entró en la carrera como mejor actor, si bien la estrella, que no atravesaba su mejor momento, llevó muy mal que el cineasta le hubiera exprimido sin contemplaciones para arrancarle una interpretación de costuras autobiográficas. La trágica historia de amor entre el maduro Brando y una jovencísima Maria Schneider fue censurada en muchos países por sus -entonces- explícitas escenas de sexo, que salpicaban una historia amarga y fatalista.

Gracias a ese éxito, pudo rodar la ambiciosa Novecento (1974-1976), un retrato dividido en dos actos -con grandiosa música de Ennio Morricone- de la vida campesina en la Italia de la Gran Guerra y el fascismo. Robert de Niro, Gérard Depardieu, Burt Lancaster o Donald Sutherland fueron las estrellas elegidas para una cinta monumental que daría paso a una etapa más intimista. En 1987 abordaría su proyecto más ambicioso en cuanto a calado internacional: El último emperador (Óscar a la mejor película, mejor director y mejor guión), sobre la figura de Pu Yi, el emperador de China derrocado por la revolución de 1911, y para la que logró permiso para rodar en la Ciudad Prohibida de Pekín.

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