Se levantó de la cama y, con lo puesto, salió de casa. Josefa Padilla, con 76 años, cruzó la puerta de madrugada. Desde entonces no está. Buscan, pero no encuentran. Tenía Alzhéimer. Aunque no lo sufría en estado avanzado, la cruel enfermedad se volvió indomable. Mostró su peor cara por la noche, mientras sus cuidadores dormían. En camisón, con zapatillas de estar por casa, salió con sigilo. Cuando se despertaron ya no estaba. La Guardia Civil, su familia, y cientos de voluntarios y amigos llevan dos años gritando su nombre. Aquella noche algo se paró en El Cortijuelo, una pedanía de Quesada (Jaén). Con unos 66 habitantes censados, desde el 3 de septiembre de 2019 falta Josefa.

Cada año desaparecen en España decenas de personas mayores. En la mayoría de los casos, se trata de ancianos con enfermedades neurodegenerativas o deterioro cognitivo. Mayores con episodios de demencia, Alzhéimer, que es fácil que se desorienten y no sean capaces de regresar a su domicilio. En 2020 se denunciaron 75 desapariciones con este perfil. Según el informe publicado por el Centro Nacional de Desaparecidos (CNDES) del Ministerio del Interior, 26 siguen sin localizar. 

Josefa Padilla celebrando su último cumpleaños en familia.

Josefa Padilla siempre fue una mujer muy fuerte. Activa, trabajadora. Todoterreno. "Tuvo seis hijos. Vivió y se forjó en el campo. No dejaba de trabajar. Cuidaba de sus padres, de su suegra", recuerda María José, su hija. "No tenía miedo a nada y con todo podía. Tiraba adelante y afrontaba lo que viniera. Ella se encargaba: las cuentas, la casa, las compras, las obras", cuenta. La vida cambió en 2014. "Empezó a perder la memoria, a hacer las comidas muy raras". Llegaron los despistes, "se dejaba el gas (encendido). Se dejaba la ropa sucia, cuando eso era impensable en ella". Llegó el diagnóstico: Josefa tenía Alzhéimer. 

Hasta esa noche, la del 3 de septiembre, la enfermedad se mostró en una fase poco avanzada. "Nos conocía a todos. Conocía a la gente. Lo que más había cambiado es que su vida se volvió sedentaria. Había que obligarla a caminar, a salir", explica su hija. Aquella noche, la del 3, la cruel enfermedad hizo que caminara sola. La desorientación, traicionera, llegó de repente. 

"A las seis de la mañana, cuando mi hermano fue a su habitación, mi madre ya no estaba"

"A las seis de la mañana saltó la alarma. Mi hermano, que se había quedado con su pareja en casa para cuidarla, se levantó para ir a trabajar. Cuando fue a la habitación mi madre ya no estaba. Revisó la casa. Por dentro y por fuera. Salió a la calle. No había rastro. A las siete y media ya preguntaba a todo el que pasaba por la puerta. A las ocho y media había más de cien vecinos buscándola. Salió con lo puesto, en camisón y zapatillas. No hemos echado en falta nada".  

Inmediatamente se puso en marcha un amplio dispositivo que contó con la colaboración de vecinos de Quesada y de otras pedanías. A las nueve de la mañana ya estaba en la zona la Guardia Civil y se había activado al 112 Emergencias. "Lo primero que hicieron fue comunicar al pantano que cortaran el agua del río, porque cerca de casa está el Guadiana Menor. Iba con mucho caudal porque estaban desaguando el pantano. Al día siguiente vinieron los GEAS (Grupo Especial de Actividades Subacuáticas de la Guardia Civil), los perros de la Unidad Cinológica. Esa misma noche vinieron drones, el helicóptero, Seprona, Medio Ambiente… y muchísimo voluntario. Incluso desviaron el río con excavadoras. Pero no hubo rastro, ni indicios. Nada. Mi madre no está", cuenta con dolor María José, "mi madre no aparece".  

Josefa Padilla en la boda de su nieta, tres meses antes de desaparecer.

Josefa Padilla en la boda de su nieta, tres meses antes de desaparecer.

Desde el arranque, la hipótesis principal fue el accidente. Los investigadores apuntan a que Josefa salió de casa y se desorientó. El perro rastreador de la Unidad Cinológica marcó el camino. "De casa fue directo al río. Marcó hasta ahí. Ya no sabemos si se cayó… Se paró en el río", explica María José.

"Solo quiero pensar que no sufrió", afirma con dolor, que suena también a ruego. "Nunca había salido de casa sola. Nunca de noche. Solo puedo pensar en que quizá ocurrió porque ese día cambió algo su rutina", piensa en alto, intentando encontrar una explicación al terrible momento. "Mi padre había estado ingresado cuatro días en el hospital. Él era el cuidador principal. Le dieron el alta el día 2 de septiembre. Se trastornaron un poco sus hábitos. Fueron a Jaén, a una hora de camino, a casa de su hermana. Recogieron a mi padre y los llevaron a casa. Lo que pensamos es que no se dio cuenta de dónde estaba esa noche, de que estaba con mi padre, y salió buscándolo".

Son incontables las batidas y "enorme el compromiso de la Guardia civil" en la búsqueda de Josefa. "Cuando desapareció mi madre, el Sargento Robles, encargado del caso, anuló sus vacaciones. Su apoyo es constante". Sin palabras para agradecer el gesto de asociaciones y voluntarios, siguen y seguirá buscando. Con dolor, desgarro, pero sin tregua.  

Este 21 de septiembre es el Día Mundial del Alzhéimer. Del total de desapariciones activas no resueltas, el 8 % son de mayores con deterioro cognitivo. Como Josefa, se encuentran Teodoro, Jesús, María, Abdon, Ángel, Lucía y una larga lista a la que su familia busca. Salieron desorientados. No regresaron. No pueden. No saben. Están perdidos. Desaparecidos.