Pro domo nostra

El búnker

15.02.2016 | 00:46
El búnker

No faltan demasiados días para que el calendario nos proporcione la ocasión de recordar una vez más aquella ignominia que fue el 23-F.

No obstante, debo reconocer que, habiendo cambiado tanto España desde 1981, la fecha podría haber pasado inadvertida si no fuese porque el caudillo de Podemos -y su falange morada- ha dado en repetir, impropiamente aplicado a los constitucionalistas, el sintagma que la prensa de la época utilizaba para referirse a los sectores más reaccionarios y residuales del franquismo. Aquellos que conspiraban sin tregua para acabar con la democracia en construcción y con las libertades, que los treintañeros teníamos por recién nacidas.

Sobre quién era el búnker, dónde estaba y qué pretendía, ha respondido ya Alfonso Guerra a quien, en los primeros setenta, por azar y en mi casa, me tocó esconder de la policía cuando con un grupo sevillano de teatro independiente -Esperpento- había llegado a Lugo para representar una adaptación de Cuento para la hora de acostarse, una obra de Sean O'Casey cargada de rabia y de razón.

No le enmendaré yo la plana en esto al señor Guerra aunque no me queden años ya para olvidar su posterior discurso boboré, que lo mismo servía para fustigar las formas más abyectas del nacionalismo que para darlas por buenas -y avalarlas con su voto como presidente de la Comisión Constitucional- cuando Zapatero, inspirado por Maragall y asistido del abrupto Caamaño, apadrinó en el Congreso el proyecto supremacista catalán.

Desde mi propia perspectiva, con humildad pero también con la firmeza del testigo, quisiera solo contribuir a fijar el sentido de aquel tiempo ominoso, de aquella fecha que, contra la memoria común, Podemos maneja hoy con el ignorante pero soberbio desparpajo de quien, si no ha creado el Mundo, aspira a imponer la Historia.

Vivía yo en Vigo por entonces y desempeñaba el cargo de Jefe de Estudios Nocturnos en el Instituto Femenino -así se conocía-, en la confluencia de Gran Vía con Traviesas.

Acudí ese día en coche a mi trabajo mientras la radio sintonizaba una emisora que retransmitía, en desmayada salmodia, el desarrollo de la sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo.

No se esperaba ningún sobresalto por más que en enero Adolfo Suárez, muy erosionado por la ingente responsabilidad de la Transición que el búnker pretendía impedir, pero también por el PSOE y desde luego por su propio partido, hubiera anunciado su dimisión con un discurso breve y oscuro que los ciudadanos corrientes no pudimos calar en toda su profundidad.

No se esperaba ningún sobresalto aquella tarde y, sin embargo, cuando poco antes de las 18.30 horas circulaba yo por Hispanidad y el secretario de la mesa, con idéntica despreocupación, llamaba a votar al diputado Núñez Encabo, la voz del locutor, extraviada por la confusión, se sobrepuso para informar atropelladamente del asalto que, con Tejero a la cabeza, no ofrecía ya duda alguna acerca de que el búnker era el felón.

Entretanto llegué al instituto, donde a aquella hora, no había, de ordinario, otro cargo directivo. Aunque abrumado por la situación, decidí que el centro permaneciera abierto y, con irregular asistencia -como cada día-, las horas lectivas se sucedieron de la primera a la última.

Pero también es verdad, que más que a cualquier otra cosa, todos -alumnas y profesores- estuvimos pendientes de las noticias que nos hacía llegar el profesor Escudeiro, quien había traído consigo un radiorreceptor de bolsillo.

Por él alcanzamos a conocer con enorme inquietud que la toma del Congreso era el primer paso de un golpe de estado en toda regla.

Una cámara furtiva retransmitió la impagable lección de dignidad y valor que Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo dictaron en aquellas horas inciertas y no obstante aquella zozobra que se imponía, también nos reconfortó saber de una edición extraordinaria -y heroica- que, con un grito a favor de la Constitución en la portada, había sacado El País para animar a resistir cuando la intentona parecía fraguar y la redacción se apresuraba, sabedora de que los facciosos se dirigían allí para cerrarla.

En el aprieto de aquel trance, me procuraba más coraje suponiendo que los obreros de la aledaña Citröen habrían salido ya de la factoría resueltos a enfrentar en la calle la bárbara embestida de aquella atrocidad.

Llegarían a los institutos de Coia y de Traviesas de un momento a otro y, hermanados con otros obreros y con profesores y estudiantes, a los que se sumarían sin reserva todos los progresistas que en Vigo se daban por seguros, recorrerían la ciudad llamándola a alzarse decididamente contra el golpismo.

Pero nada fue así. Nada ocurrió según la doctrina del marxismo dialéctico. No se proclamó en Vigo -ni en España- "la huelga general política".

No, los obreros no llegaron porque ni siquiera salieron. Y aún supimos más tarde que, cuando los esperamos en vano, quienes al frente de partidos y sindicatos debían promover la movilización estaban ya en Portugal?

Llegados aquí, también con nuestros errores y nuestras miserias, me pregunto ¿por qué a algunos necios recién salidos de los pañoles tras amainar la tempestad, habríamos de aceptarles el desvergonzado atrevimiento de explicarnos qué cosa fue la Transición y qué otra el búnker?

¿Por qué habríamos de entregar la verdad que nuestras retinas alcanzaron a quienes, prometiendo defendernos, nos confunden ya con aquellos que se habían propuesto eliminarnos?

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