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De la mano de Dios a la pierna de Dibu

'Dibu' Martínez evita el gol de Kolo Muani en el minuto 123. DPA

Una podía pensar la mañana del domingo 18 de diciembre: con que la selección francesa tenga un día regular y Messi una inspiración especial, el resultado permitirá a Argentina llevarse a casa el trofeo del campeonato mundial de Catar. La selección francesa no tuvo, en gran parte del partido, es decir, hasta el minuto 80, un comportamiento regular sino francamente malo y la selección argentina contó con un Messi bastante inspirado, pero, sobre todo, con un equipo que, al igual que el de la selección de Marruecos, tenía hambre de ganar, de acabar con “las finales que perdimos”, en referencia a la derrota tras derrota hasta la Copa de América 2021. Pero este domingo 18, la inspiración de Messi y la decisión del entrenador de lanzar al campo desde el comienzo al delantero Ángel Di María, se insertaron en un equipo de pibes tan compacto como lo que fue durante años el Barça de Pep Guardiola.

Mira por dónde, fue en Catar, en 2014, cuando el ejecutivo de Telefónica, Pablo Rodríguez, trabajó con un grupo de expertos informáticos para descifrar los secretos del modelo Guardiola. El equipo analizó en el emirato los 380 partidos jugados en la Liga española durante la temporada 2009-2010. Los jugadores que se pasaban el balón (tripletes o triángulos) resultaban más frecuentes en el Barça que en los demás equipos y los pases mucho más cortos.

Y esta fue la dinámica de juego de la selección argentina en Catar y, especialmente, en el partido con Francia. Parecía que el espectro de Guardiola, delegado en Messi, flotaba en el tiki-taka con que la selección argentina mareó a la francesa, para quien solo cabía esperar la escapada de Kylian Mbappé y su maestría para el regate, el escape a toda pastilla, y el chute a gol.

Pero eso no llegó hasta muy tarde en el minuto 80, cuando Argentina controlaba de manera absolutista, con un 2-0 que podía haber llegado, por las oportunidades perdidas, a varios goles más por delante, sencillamente porque el balón, al estilo del Barça de antaño, estaba imantado a los pies de los jugadores argentinos.

Cuatro partidos en uno solo. Como en el tenis. Dos a cero, que se diría en el primer set; tres a tres en el segundo y tres a tres en el tercer set, o prórroga, y cuatro a dos en el cuarto o en los penaltis. Un partido de fútbol en cuatro sets que fue ganando, eso sí a partir de que la selección francesa, como se ha apuntado, despertó en el minuto 80, in crescendo en intensidad, peligro, suspense y emoción.

Si en el Mundial de México 1986, la selección argentina pasó a la final tras derrotar a Inglaterra con ayuda del gol de la mano de Dios, Maradona dixit, el Mundial de Qatar 2022 las manos primero y el paradón de la pierna izquierda del portero Emiliano, Dibu, Martínez saliendo al quite en el minuto 122:42 al disparo de Kolo Muani, que evitó el gol y la casi segura victoria de Francia, permitió pasar al cuarto set, siguiendo la analogía con el tenis, es decir, a los penaltis, donde también el arquero marplatense atajó de manera extraordinaria los balones de los franceses.

Lo que un brillante Mbappé no pudo conseguir —a pesar de lo que hizo— para salvar a la selección francesa, Messi pudo lograrlo porque, y esto es quizá lo esencial, no estaba solo, contaba con un equipo hambriento de victoria y muy compenetrado en la necesidad de controlar el balón.

Un hambre y un espíritu de control de la pelota inoculado también por un entrenador casi anónimo, o mejor dicho, ninguneado.

Pero, todo hay que decirlo, nadie daba en Buenos Aires un duro por Lionel Scaloni y la batuta de entrenador cayó en sus manos porque nadie estaba dispuesto a correr el riesgo de dirigir al equipo argentino. Carecían —se decía— de los recursos humanos para hacerlo.

Scaloni y su denominada “Scaloneta”, a excepción de las figuras más conocidas, aquellas que juegan en clubes europeos, se convirtió en un equipo al margen del establishment, tanto de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) como de los partidos políticos, El presidente de Argentina, Alberto Fernández, invitado, como el presidente de Francia, a ver el partido en Catar, decidió no comparecer, a diferencia de Emmanuel Macron, para alentar a su selección. La frialdad e indiferencia de Mbappé y de los jugadores de la selección francesa en el abrazo que les propinó el presidente francés fue una postal digna de guardar.

Serían cuatro o cinco millones de argentinos los que se volcaron para recibir a Messi y a la selección en el llamado AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires), la zona urbana común que forman la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y 40 municipios, una superficie de 13.285 kilómetros cuadrados y 14.800.000 habitantes.

Y se ha pretendido explicar esa gigantesca movilización por esa pasión única, aparentemente misteriosa, de los argentinos con el fútbol.

Pero hay algo más, aparte del tributo póstumo a Maradona, fallecido en 2020 durante la pandemia, casi un suicidio, y la demostración de cariño hacia Messi. Y la superación de “las finales que perdimos”.

La gente necesitaba identificarse con una fantasía, y un deseo ahora cumplido, que las clases dirigentes y el sistema que mantienen en una Argentina en crisis política, económica y social secular —con índices de pobreza, hambre y deuda exterior— les niega día tras día y año tras año desde tiempos inmemoriales. Una nación a la que cual la naturaleza ha dotado de condiciones excepcionales, de una riqueza sin par al alcance de la mano, y que las elites sucesivas –oligárquicas, peronistas y antiperonistas, o sea el péndulo argentino– han privatizado y saqueado en beneficio propio.

Es probable que al ver a los millones por las calles de Buenos Aires, copando las veredas de su antiguo piso familiar de la calle Maipú, Borges diría una vez más: «Qué raro que nunca se les haya echado en cara a los ingleses, injustamente odiados, haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el fútbol, que es uno de sus mayores crímenes... El fútbol despierta las peores pasiones. Despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte, porque la gente cree que va a ver un deporte, pero no es así…».

El portero de la selección, Emiliano Dibu Martínez, dijo que uno de sus objetivos era aportar alegría a la gente de su país en crisis económica que no podía llegar a fin de mes.

En una Argentina extraviada, eso, precisamente, eso es lo que expresaron los millones que salieron a las calles.

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