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La Opinión de A Coruña

La pelota no se mancha

Antoñito, el ‘componedor’ del Dépor

Antoñito, en el medio, abraza a Mario Soriano en la celebración de su gol a la UD Logroñés. CARLOS PARDELLAS

Antoñito está derribando mitos con la misma insistencia y fogosidad con la que se afana en pegarse carreras por la banda cerca del minuto 90. Arriba y abajo, una y otra vez. Hasta el infinito, hasta que cayó el penalti. Fue una demostración más de que desde que llegó a A Coruña hay pocos límites y convenciones para un futbolista en su estado, de su condición. En paro, con años en las piernas, con meses sin catar un entrenamiento profesional, con el vestuario y el equipo por conocer. Todo en contra, ante todo soluciones. En un mes se ha puesto en forma, se entiende con el que se tercie, se ha metido a Riazor en el bolsillo e incluso, de manera indirecta, ha recolocado al Dépor. ¿Alguien da más? Solo pónganlo a prueba.

El sevillano fue, junto a Yeremay y Doncel, uno de los protagonistas de ese último arreón del equipo coruñés en los anexos del Nuevo Zorrilla. Conocía hasta la extenuación ese césped y, como alguno de esos varios pulmones que tiene aún respondía, quiso más. El Dépor también. Más allá de matices y pinceladas correctoras, alegra la vida ver al grupo con esa fe después de todos los golpes que se ha llevado, percibirlo con esa hambre hasta el último respiro del partido después de que le hubiesen arrebatado entre los dientes ese bocado tan deseado que era el ascenso directo.

Es insaciable para correr la banda y derribar mitos: los jugadores en paro pueden rendir en menos de un mes

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Todo viene de una cabeza limpia, de que aquella subida que se daba por segura empieza a ser enterrada y de que el equipo, a su manera, se va encontrando más cómodo en el terreno de juego. Con los de siempre, con la línea de cuatro, los laterales profundos, el trivote recitado de carrerilla y con Miku y Quiles jugando juntos y haciendo goles. Seguridades. Es otro Deportivo, también el mismo. Con cicatrices. Pretende, en gran medida, volver sobre sus pisadas, algo en apariencia sencillo, pero que le ha costado una barbaridad durante muchos tramos de 2022.

Sin Víctor y Trillo, el Dépor jugaba con un parche en el ojo. Ya es profundo por las bandas y todo se ha recolocado alrededor

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Y uno de los culpables de que se vaya reencontrando es Antoñito. Hacía tantos meses que Víctor y Trilli se habían marchado y que Diego Villares se había puesto de guardia como ‘2’ que Riazor y el deportivismo ya casi habían olvidado lo terapéutico que es para este Dépor de Borja tener un lateral largo, que apure línea de fondo, que recoloque todo. Una torre de equilibrio a la que le iban quitando piezas y piezas, más sensibles de lo que parecían. Inestable, fue como jugar a medias durante meses, como si uno de los flancos de ataque estuviese capado. El mediocentro vilalbés ya bastante hacía con cumplir, con cerrar la banda, pero el puesto pedía una profundidad, una llegada y un desborde que él no tiene. Su entendible incapacidad y las reverberaciones en el ecosistema de todo el equipo hicieron encallar al Dépor. Era como esa rueda hundida en el barro que, por mucho que se pisase el acelerador, ahí seguía, en el mismo sitio.

El año mágico del Dépor juvenil no podía acabar sin que defendiesen su título. Disfrútenlos, son casi irrepetibles

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Y Antoñito le sacó de la lama. Ya ataca por las dos bandas, ya ha vuelto Villares a su sitio y Álex y Juergen se sienten más cómodos junto a él, ya Quiles tiene espacio por dentro porque los defensores deben preocuparse por una flecha que le dobla jugada sí, jugada también. No está todo andado, pero el Dépor va de camino. Y se le nota más suelto.

Es el paso al frente que ha dado un equipo que siguió tomando forma en Pucela. Hay que valorarlo en su justa medida. No es que sea redondo, ni del todo fiable, pero es mejor, va a más y ese 0-4 le recarga el ánimo. Eso sí, debe seguir atento a las señales, a las debilidades que también asomaron en ese partido. Golpeó hasta tumbar al Valladolid Promesas. Hay que rascar. Porque sufrió, sobre todo, en la primera mitad. Dispuso en ese tramo de menos oportunidades que su rival y vio las estrellas en cada transición, cada vez que tenía que correr hacia atrás. Todo partía casi siempre de una descoordinada presión arriba y ahí se desencadenada un tsunami que a punto estuvo de llevarse por delante a Mackay en más de una ocasión. Orejas tiesas, ojos abiertos.

Un sueño juvenil

El Dépor de Manuel Pablo, mientras tanto, seguirá viviendo ese sueño eterno en el que se instaló hace un año. Campeón del grupo, el mejor de España, canteranos en el primer equipo, Riazor rugiendo con sus niños en las noches europeas... Todo una irrealidad, todo tan palpable, todo fruto del talento y el trabajo de una década con dos de las mejores generaciones que acunó Abegondo.

Casi en el tiempo de descuento y como regalo de Reyes atrasado, les llegó una participación en la Copa de Campeones con la que ya ni contaban. Defenderán título. Lo mínimo que merecen por todo lo que han conquistado y han transmitido a una afición y a una ciudad. Llega el reto tras una temporada en la que es innegable que en liga les penalizó el esfuerzo de la Youth League y los vaivenes entre equipos. Es un grupo joven, el Dépor apuesta fuerte y el que toca la puerta es lanzado hacia arriba. Así es la formación: devorar etapas.

Será el último baile en una categoría de juveniles que algunos ya ven con cierta distancia. Habrá que comprobar con quién contará Manuel Pablo porque muchos están ya en dinámica del Fabril, pero hay futbolistas como Jairo, que se perdió la fase final a cuatro de Marbella, o Martín Ochoa, que no pudo gozar en plenitud de su Champions, que querrán hacer ruido. Es su momento. Disfrútenlos, son casi irrepetibles.

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